Imágenes del editor Julio Scherer

En enero de 2006, Carlos Monsiváis presentó en la Revista de la Universidad un artículo donde ubica la época y la importancia de la labor del fundador de Proceso para la democracia en México.

(Fragmento)

IV

Si en el Excélsior es muy difícil el reportaje de investigación, en Proceso es el instrumento de creación y consolidación del público que, por fin, trasciende las barreras del rumor o del chisme. El reportaje de investigación tiene limitaciones, entre ellas la dependencia creciente del escándalo y la certeza de que todas las denuncias no evitan la impunidad; sus ventajas, también no son minimizables: evita la jactancia de políticos y empresarios y el ocultamiento total del saqueo del capitalismo salvaje y acerca, hasta donde es posible, a las imágenes reales del país.

A los políticos y a los presidentes de la República les fastidia y les indigna que se les denuncie. Su apotegma se despliega: “La ropa sucia nunca se lava”. En contra de esta industria del ocultamiento, Scherer,el reportero y el editor, anima la investigación sobre los crímenes de Estado, los fraudes, las represiones, los ecocidios. Según los gobernantes, estas exploraciones de la verdad alientan el rencor que llaman memoria histórica. Scherer no se plantea la caída del régimen sino la visibilidad de los comportamientos ilegales e ilegítimos de la clase dirigente (demasiados, como se ha ido sabiendo).

El combate a la impunidad se inicia en el conocimiento detallado de los gobernantes, y a esto se ha dedicado durante veintinueve años Proceso, dirigido por Julio Scherer, luego por Rafael Rodríguez Castañeda y Carlos Marín, y desde hace siete años por Rodríguez Castañeda. Entre estas consecuencias notables del estilo editorial de Scherer es la urgencia de contar, si tal es el verbo, la situación real de los ciudadanos o, más exactamente, de los que quieren resolver sus problemas orgánicos y, simultáneamente, ejercer la ciudadanía. De modo notable, y esto es lo más arduo de reconocer, la lectura de la prensa es útil si se practica desde una perspectiva ética, si contribuye a una suerte dere arme moral cotidiano. A eso se opone el fatalismo: “Al leer los reportajes y los artículos se acrecienta mi conocimiento de la clase gobernante, pero también mi certidumbre de algo esencial: mi incapacidad de respuesta ante los poderosos”.

El reportaje de investigación y los debates consiguientes intervienen en la zona de resistencia ante la falta de contenidos de la información televisiva y ante la dispersión de las navegaciones en el internet. Sin eso no se interpreta lo que se ve.

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V

Scherer lo señala con frecuencia: el hecho constitutivo del país es la desigualdad. Ante eso, ¿cuál es la vitalidad de la prensa si sólo el seis o siete por ciento de la población extrae de ella su información básica? ¿De qué modo detienen las publicaciones el saqueo interminable de los recursos de la nación? La capacidad interpretativa de los ciudadanos depende de la lectura, porque allí se ejercen la lucidez o las limitaciones. Si bien a la prensa no le corresponde lo propio de la política, el rectificar el estado de las cosas, sí aprovisiona a sus lectores con lo opuesto al cinismo y a la resignación, el espíritu crítico. ¿Qué quiere decir lo anterior? Examínese a la sociedad que surge del 68, de la democratización, de la pérdida priísta de la Presidencia, del rechazo de las prohibiciones de la derecha, de la crítica al poder como atmósfera cotidiana, y véase lo que allí han significado el periodismo crítico, el único realmente existente y la obra de reporteros y editores como Julio Scherer García.

Fuente:

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/2306/pdfs/5-9.pdf