La la land, o el brillo de una Supernova

¿Por qué un musical auto referente está arrasando en todas las nominaciones y premiaciones cinematográficas de Estados Unidos? La pregunta se responde sola.

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por @isadorabonilla

Regeneración, 16 de febrero de 2017.-Desde hace semanas la película La la land arrasa en todas las premiaciones en Estados Unidos. Uno se preguntaría por qué, si los galardones dependen de la calidad cinematográfica, y esta no es necesariamente la mejor película que hayamos visto, Hollywood se empeña en premiar en casi cada una de las categorías a un musical.

La razón de las premiaciones consiste en lo que La la land significa para un país que ha iniciado el año enfrentándose a su peor pesadilla en términos políticos. La industria del cine es para Estados Unidos uno de los espejos en los que un país profundamente narcisista ha podido admirarse desde el siglo pasado. Y ahora tiene otro espejo delante que encarna el lado más oscuro de un carácter que, además, el propio Hollywood se ha encargado de alimentar.

Un millonario, hombre de negocios blanco, que personifica el sueño americano a la perfección está en la Casa Blanca, y fueron los estadounidenses quienes lo pusieron ahí. No, no robó votos, y aunque tampoco haya ganado el voto popular, sí tiene el apoyo de una masa importante. Mientras el arte y el cine se encargaban de construir al sueño americano como uno sostenido en las alas de la libertad, y el desarrollo. Mientras cantaban la inclusión y la diversidad que por ejemplo, la gema neoyorquina se ocupaba haciendo brillar: mientras el otrora país racista daba paso a los valores revolucionarios reivindicantes de los derechos civiles, otro Estados Unidos se gestaba por debajo del agua. Y no siempre estuvo proyectado en las salas de cine. ¿En dónde está el país de la libertad de expresión que Hollywood mostró desde finales de los años sesenta?

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La la land (SIN SPOILERS) es una tira de evocaciones a las películas más emblemáticas de los Estados Unidos. Y no sólo alude al cine, sino también al arte, por ejemplo a la pintura de Edward Hopper, que mostraba una economía pujante y una nueva vida “americana”, veloz, cosmopolita, y solitaria.

Hollywood ha sido en ocasiones el sitio de descanso de conciencia por excelencia durante las épocas más críticas de los Estados Unidos, mientras el cine se consolidaba como una mega industria.  Los héroes de guerra protagonizaban largos filmes románticos en los que el honor y las virtudes que una política belicista necesita para justificarse.

Y no es que queramos negar el amplio aporte artístico que hizo el cine norteamericano al mundo, y a la danza, y la cultura de los musicales, pero tampoco podemos ignorar que en la butaca, al aplaudir a ciertos personajes, también se estaba aplaudiendo a ciertas visiones del mundo, complejas, con sombra incluida. Y en esa película americana, el personaje millonario que pese a todo obtiene lo que quiere, acaba de salirse de control.

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Sus 128 minutos de buenas actuaciones, bailes que dejan qué desear, y una dirección de fotografía estupenda, emocionan, sí. Pero no explican que haya sido premiada 88 veces, y tenga igual cantidad de nominaciones al Óscar que Titanic. Para los aficionados a la danza y la música, la película es un caramelo que se come fácil.

Estoy segura de que si La la land hubiera aparecido durante la administración de Obama, no habría sido tan nominada, ni tan galardonada.

Hollywood necesita recordarse a sí mismo muchas cosas. Los guiños al arte y las películas que engloban el sueño americano no son gratuitos. Es un guiño de Hollywood, para Hollywood. Un baile dedicado a sí mismo. Es irónico que el carácter narcisista de un país que hoy padece de su peor crisis aguda de egocentrismo, se vea reflejado en lo que algunos actores intentan interpretar como un recordatorio necesario de lo que el arte representa para Estados Unidos. Pero que en realidad es una producción sin riesgos, aduladora, anclada en el pasado, y en evocaciones infinitas del adagio “todo tiempo pasado fue mejor”. Es divertida, gusta, pero no sobra la pregunta de si su recepción podría ser la misma en un escenario sin Donald Trump.

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Con esta película, Hollywood implanta su propia estrella en su propio salón de la fama. Aunque probablemente, como broche de oro que parece anunciar el fin de una era, se trate de una supernova, que emana su mejor y más incandescente brillo, justo antes de morir.

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