Mujeres de la primavera árabe

 

Cynthia Lub*/No debe parecernos extraño que las mujeres de los países del norte de África y la península arábiga se hicieran presentes con fuerza y protagonismo junto a los millones que se han apoderado de las calles ante las consecuencias de la crisis económica y la ira contra los regímenes dictatoriales y proimperialistas. Así lo han hecho históricamente las mujeres de Las mil y una noches quienes tienen los mil y un motivos para rebelarse: en las calles, en las fábricas, en sus familias… La historia de las mujeres árabes, musulmanas y africanas demuestra que han sabido romper los límites de las “mujeres del harén”, diagnosticando el carácter de su opresión así como las estrategias para su liberación de las dobles cadenas: la opresión ejercida por los poderes autóctonos y la ejercida por el poder colonial occidental. Por tanto, sus estrategias de emancipación han tenido que abarcar no sólo la opresión de género: sino también la lucha contra la marginación social y política, la explotación laboral, así como el legado colonial.


Hoy la visión occidental-imperialista se sorprende de ellas, ignorando que la incursión de las mujeres en la política en estos países tiene una gran historia y su rebelión estuvo muchas veces ligada a los procesos de lucha por la independencia nacional y antiimperialista antes, durante y después de los procesos de descolonización. Bajo el discurso de la defensa de los derechos de la mujer ocultan que en realidad en estos países históricamente la opresión ejercida por los poderes autóctonos estuvo acompañada por la del poder colonial imperialista. Si la opresión de la mujer es doble, como mujeres y trabajadoras, en los países coloniales o semi-coloniales la opresión de clase se intensifica para las mujeres. Este discurso hoy se materializa con la nueva agencia ONU Mujeres dirigida por la ex presidenta de Chile Michelle Bachelet quien anunció: “La desigualdad entre el hombre y la mujer y la discriminación impiden avanzar en el desarrollo, la paz, la seguridad, y el cumplimiento de los derechos humanos” (El País, 25-02-2011). Nada más cínico cuando miles de mujeres tiene marcado a fuego las atrocidades cometidas por las “tropas de paz y de ayuda humanitaria” de los cascos azules en Latinoamérica, África, Oriente Medio o los Balcanes.

Pero hoy estas mujeres salen a las calles, y las potencias imperialistas se sorprenden al ver cómo las protestas masivas se expanden y golpean a sus aliados: a Ben Ali para Francia o Mubarak para Estados Unidos. La defensa de los “derechos humanos” es el mismo discurso hipócrita imperialista que la “defensa de los derechos de igualdad de la mujer”, pisoteados éstos por más de treinta años de dictaduras brutales sostenidas por Estados Unidos, Francia, Italia, Gran Bretaña y el Estado español.
 


Las mujeres en las calles


En estas semanas hemos podido ver las imágenes de cientos de mujeres acampadas en la plaza de Tahrir en Egipto, enfrentándose a la policía, encabezando manifestaciones en Libia o Marruecos y participando en su organización y difusión. Según diversos colectivos feministas en Egipto “lo que habitualmente suponía una participación de la mujer de un 10%, en esta ocasión se sitúa entre un 40 o 50% de los manifestantes en los días previos a la marcha de Mubarak” [1].

En un país donde en el año 2010 hubo más de 300 huelgas las mujeres irrumpen hartas de cargar sobre sus espaldas la mayoría de los problemas sociales que afectan a las familias, como el aumento de la inflación en los productos básicos: “hacen malabarismos para llevar la economía casera y además, y, cada vez en mayor número, se incorporan al mercado laboral. Aunque, dicho sea de paso, lo hagan en inferioridad de condiciones económicas, en eso no difieren de sus hermanas de Occidente”. Otra cuestión es la violencia de género y el acoso sexual que sufren las mujeres en todo el mundo, y en especial en estos países las cifras también son alarmantes, según El País: “En Yemen hasta un 90% han sido hostigadas alguna vez. En Egipto, según el estudio llevado a cabo por el Centro Egipcio para los Derechos de las Mujeres (ECWR, en sus siglas en inglés), lo son el 83% de las locales y el 98% de las extranjeras y hay un incidente de acoso sexual o violación cada 30 minutos que suma 20.000 víctimas al año, según el Centro Nacional de Estudios Sociales y Criminológicos. Mientras, en otros países como Líbano la cifra es del 30%”, como lo anuncia un blog especial sobre la mujer en El País [2], que concluye. “Por eso, es fácil entender por qué las calles de Túnez y de Egipto, (…) se han llenado de féminas revolucionarias”. En Egipto las mujeres participaron activamente con pancartas y megáfonos en la convocatoria de la protesta el pasado 25 de enero.

Reem Jalifa, columnista de Alwast, periódico de Bahrein, relataba: “Las madres de varias personas que murieron los primeros días de la movilización se negaron a recibir condolencias y a realizar ceremonias hasta que la revolución lograse su principal objetivo: poner fin al régimen de Mubarak.” [3]. También en la capital de Yemen las mujeres organizaron el 24 de febrero una manifestación frente a la Universidad de Saná por la renuncia del presidente del país, Alí Abdalá Saleh. (HERALDO.es, 24-02-2011).
 


La lucha en las fábricas


La lucha de las obreras demuestra la profundidad de estos procesos: “La esperanza de cambio llega a las empleadas de fábricas de Marruecos. Los hombres en paro tienen tiempo para protestar; ellas, ni tiempo ni sindicato. Las fábricas del textil están presionadas para suministrar rápido y a bajo precio. Las trabajadoras comparten con los parados el hastío ante la corrupción” (La Vanguardia, 08-02-2011). Este mismo periódico informa cómo estas mujeres sienten bajo sus espaldas la explotación en las fábricas, con bajos salarios y duras condiciones laborales, por ejemplo en Marruecos: “Se trata de los cientos de miles de trabajadoras de la confección de ropa en Tánger, Casablanca y Rabat, el primer eslabón en la ultra flexible cadena de suministro de empresas de moda como Zara, Mango y el Corte Inglés. Mujeres como Sanaa Ibrahim, procedente de un pueblo en el norte de Marruecos que trabaja de planchadora en una fábrica textil en las afueras de Tánger: “Cobro 10,3 dírhams la hora planchando, diez horas al día, seis días a la semana”, dice.”

De las 30.000 personas que trabajan en las fábricas de confección de ropa en Tánger, el 70% son mujeres que trabajan con salarios de miseria y ritmos infernales con jornadas de diez u once horas, seis días a la semana: “Yo tengo que planchar 60 prendas infantiles por hora, una cada minuto”, cuenta Fátima, de 24 años, nacida en un pueblo a 40 kilómetros de Rabat. Vive en un piso que comparte con otras trabajadoras. Pagan 1.400 dírhams al mes de alquiler. Fátima cobra también 10,3 dírhams la hora, unos 200 euros al mes. Otra mujer que también dice llamarse Fátima, de 26 años, trabaja con una máquina de coser y cobra 11 dírhams.” En el resto de la industria, las mujeres magrebíes siguen siendo pocas. Sólo el 27% de mujeres se ha incorporado a la población activa en Marruecos –el 25% en Túnez y sólo el 14% en Argelia–. Pero lo que une a estas mujeres de Tánger con los jóvenes hombres desempleados es el hastío con sus propios gobiernos asesorados por la UE y el FMI. El contagio de estos procesos calan hondo en el conjunto de la sociedad: “Lo que ha pasado en Túnez ha tenido un impacto fuerte para levantar la moral –cuenta una de las mujeres. Notamos un cambio en las fábricas”. Es que aunque los medios de comunicación lo oculten en estos procesos los trabajadores y las trabajadoras han mostrado sus fuerzas, como las huelgas en Egipto contra Mubarak el 10 de febrero en El-Mahalla de los 25.000 trabajadores textiles de la Egyptian Spinning & Weaving Company; la fábrica más grande de la industria textil egipcia.

Estas huelgas tiene sus antecedentes en diciembre de 2006, cuando en Egipto más de 3.000 mujeres trabajadoras en el sector de vestimenta femenina se declararon en huelga con manifestaciones en el complejo industrial del delta del Nilo de Mahalla, que acoge a 27.000 trabajadores en la mayor fábrica textil de la región. Ellas demandaban unos bonos adicionales de dos meses que el gobierno había prometido en su momento. Por su fuerza y decisión fueron la inspiración de la siguiente oleada de huelgas, cuando apelaron a sus compañeros trabajadores diciendo: “¿Donde están los hombres? ¡Aquí estamos, las mujeres!” -utilizando un grito fútbolístico para llamar a los trabajadores a la acción-. Estos abandonaron sus herramientas y la fábrica textil entera se sumó a la huelga, ocupando la fábrica por tres días a pesar de la intimidación de la policía. Esta huelga triunfó, provocando la extensión de la protesta en todas las fábricas textiles del delta del Nilo, exigiendo los mismos aumentos que en El-Mahalla de Ghazl.

Las mujeres fueron la vanguardia de la protesta que luego se iba a extender a los conductores de trenes, quienes fueron a la huelga, durmieron en las vías y bloquearon los trenes por un día entero; y consiguieron todas sus demandas. Esto mismo ocurrió después con los trabajadores del cemento (Hossam El-Hamalawy, 2008). Mujeres del mundo uníos contra la hipocresía imperialista Muchos movimientos feministas de los países imperialistas caen en prejuicios raciales hacia la “mujer oriental”, y mientras la victimizan transmiten así su superioridad europea, primando la “exotización” de las mujeres árabes y desconociendo su poder de resistencia y de lucha.

Al respecto Fátima Mernissi, reconocida feminista marroquí hace una aguda crítica: “Cuando me encuentro con una feminista occidental que cree que le tengo que estar agradecida por mi propia evolución en el feminismo, no me preocupa tanto el futuro de la solidaridad internacional de las mujeres como la capacidad del feminismo occidental de crear movimientos sociales populares para lograr un cambio estructural en las capitales mundiales de su propio imperio industrial. Una mujer que se considera feminista, en vez de vanagloriarse de su superioridad con respecto a las mujeres de otras culturas y por haber tomado conciencia de su situación, debería preguntarse si es capaz de compartir esto con las mujeres de otras clases sociales de su cultura.” [4]


Las mujeres árabes, musulmanas y africanas demuestran qué lejos está la cuestión del hiyab -el velo- o la “danza del vientre” como principal problema. Sus problemas son los mismos que afectan a todas las hermanas de clase: las duras condiciones laborales, el total desamparo en derechos sociales y políticos, la violencia y acoso sexual, entre otros.

* Correspondencia internacional. (fragmento).