La sobrepoblación no es la culpable del deterioro ambiental

La degradación medioambiental no es el resultado de más población, sino de un sistema que coloca ciegamente sus beneficios por encima de las necesidades

Regeneración, 20 de noviembre de 2019. Los argumentos que relacionan la población con la degradación medioambiental, el mal uso de recursos y el hambre no son nuevos. Descansan en la idea simplista de que más población equivale a más uso de recursos. Este tipo de argumentos se remontan a lo que ya señalara el economista inglés Robert Malthus a finales del siglo XVIII.

Aquellos que relacionan directamente el crecimiento demográfico con el cambio climático y la crisis de la biodiversidad no hacen sino absolver a los verdaderos culpables.

Veamos el reciente informe de Naciones Unidas sobre la crisis de la biodiversidad.

Concluye que una de cada ocho especies –un millón de especies de animales y plantas– se encuentra en peligro de extinción.

El informe sostiene que “los principales aceleradores indirectos vienen a ser el incremento demográfico y el consumo per cápita.

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La innovación tecnológica que en algunos casos ha reducido y en otros casos ha incrementado el daño perpetrado a la naturaleza, y, de forma crucial, los problemas relacionados con la gobernanza y la responsabilidad”.

En algunos informes estos aceleradores complejos y entrelazados quedan reducidos a una sola y sencilla causa: “la sobrepoblación”.

el informe de Naciones Unidas nos “advierte que la sobrepoblación humana está dañando las mismas especies de animales y plantas de las que depende para su supervivencia”.

Concluye diciendo que “es irresponsable acoger el informe de la ONU con entusiasmo al tiempo que se promueve el crecimiento demográfico”.

Esta línea de argumentación se mueve muy rápidamente de una preocupación por la sobrepoblación a la reivindicación de que haya menos población.

En manos de la extrema derecha esta lógica puede convertirse en la justificación ideológica para aplicar políticas reaccionarias.

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El peligro es que las teorías en torno a la sobrepoblación puedan convertirse en una excusa para el racismo y en argumentos contra la clase trabajadora.

Ian Angus y Simon Butler en su excelente libro titulado ¿Demasiados habitantes? muestran cómo “grupos de demógrafos occidentales” lograron en los años sesenta y setenta convencer al gobierno de la India para que actuara para frenar el crecimiento demográfico.

Esto condujo a la adopción de medidas coercitivas no democráticas.

Pero, ¿qué decir del argumento principal que relaciona el crecimiento demográfico con una mayor destrucción medioambiental? Esto parece algo lógico visto de forma superficial.

De hecho no existe una relación directa entre población y daño medioambiental.

Como señala el escritor y científico Fred Pearce en su excelente libro titulado El seísmo demográfico, “la población de unos 3.000 millones de habitantes, los más pobres del planeta (aproximadamente un 45% del total), actualmente son responsables de tan solo el 7% de las emisiones, en tanto que el 7% más rico (aproximadamente 500 millones de habitantes) es responsable del 50% de las emisiones”.

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Para decirlo con más crudeza: el crecimiento demográfico en el mundo en desarrollo tiene menos impacto que el de las sociedades prósperas.

Aunque esto sea una forma útil de rebatir los argumentos que relacionan la población con el daño medioambiental, se debe ir más allá señalando que el problema es estructural.

La degradación medioambiental no es el resultado de más población, sino de un sistema que coloca ciegamente sus beneficios por encima de las necesidades.

En 2050 la población mundial alcanzará cifras entre 9.000 y 11.000 millones de habitantes y, a partir de ahí, lo más probable es que se nivele.

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