Por Ricardo Sevilla

¿Y ahora sobre quién enfocar nuestra efeméride? Y es que un día como hoy, 27 de abril, hubo muchos eventos, nacimientos y muertes que valdría la pena repasar con lupa. Pero la mayoría de los lectores son impacientes (y los escritores más).

En fin. Comencemos con el anecdotario: un día como hoy, 27 de abril, pero de 1998, murió el escritor y nahualista Carlos Castaneda, quien además de asegurar que trató con chamanes y diableros, (en Arizona y Sonora), un día afirmó se había transmutado en un nagual tolteca. Y es que al infotografiable e ingrabable (¿e inasible?) Castaneda le encantaba atracarse de plantitas arbustivas, y mejor si era al lado de algún maestro hierbero y psicodélico.

Recordemos que en “Las enseñanzas de don Juan”, Castaneda, que se presumía antropólogo (pero que, en todo caso, era un viajero, mitómano y novelista pachecote) apuntó: “don Juan relacionaba el uso de la Datura inoxia y la Psilocybe mexicana con la adquisición de poder, un poder que él llamaba un «aliado». Relacionaba el uso de la Lophophora williamsii con la adquisición de sabiduría, o conocimiento de la buena manera de vivir”.

Acto seguido, el personaje (¿o el escritor?) procedía a darse un buen atracón de “toloatzin” (vil toloache). Y, así, felizmente entoloachado, daba rienda suelta a esos pensamientos locochones que conforman su filosofía: “detesto la oscuridad y la morbidez de la mente. Me gusta la inmensidad del pensamiento” («El arte de ensoñar»); “Para lograr éxito en cualquier empresa se debe ir muy despacio, con mucho esfuerzo pero sin tensión ni obsesiones” (“Relatos de poder”); “Sentirse importante lo hace a uno pesado, torpe y vano. Para ser un guerrero uno necesita ser ligero y fluido” (“La rueda del tiempo”), y ese tipo de cosas.

Claro que hubo envidiosos, como el químico suizo Albert Hofmann ⎼que se jactaba de ser pionero en haber sintetizado, ingerido y alucinado con LSD⎼, y como si fuese el cardenal de los psicotrópicos y tuviese la última palabra en materia de alucinaciones, desacreditó a Castaneda y aseguró (como si hubiera estado ahí, en sus “viajes”) que el escritor jamás había experimentado directamente ninguna droga sobre las que hablaba. (en “El dios de los ácidos”. Conversaciones con Albert Hofmann).

Se sabe dónde y cuándo murió el autor de “Viaje a Ixtlán”, pero hay (mucha) confusión sobre su lugar y fecha de nacimiento. Más esquivo que el huidizo ingeniero-católico-empresario Gabriel Zaid, Castaneda llegó a dejar perplejo al mismísimo poeta Octavio Paz que, aunque renegaba de la obra literaria de Castaneda, accedió a escribir sobre él e incluso tuvo que confesar que “el secreto de su origen -¿es peruano, brasileño o chicano?- me parece un enigma mediocre, sobre todo si se piensa en los enigmas que nos proponen sus libros” (en “La mirada anterior”, prólogo a “Las enseñanzas de Don Juan”).

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Por otro lado, justo un 27 de abril, pero de 1988 ⎼tres días antes de que la (entonces) veinteañera Céline Dion enloqueciera e hiciera patalear al jurado del Festival de la Canción de Eurovisión 1988, con la canción “Ne partez pas sans moi” (“No te vayas sin mí” o algo así)⎼ aquí, en la Ciudad de México, murió Guillermo Haro, el “astrónomo aficionado”, como solían llamarlo despectivamente algunos tarados.

Y es que Memo (así le dicen en México, no sé por qué, a los Guillermos, aunque sean inteligentísimos), luego de haber pasado sus buenos años estudiado derecho y filosofía, decidió que no quería pasar el resto de su vida ahogado en los polvorientos tribunales, como una cucaracha de Kafka. Asqueado también por aquel espeso caldo filosófico que durante años le sirvieron en las aulas de la UNAM (neoplatonismo, positivismo, racionalismo y anarquismo), optó por encogerse de hombros y alzar el cuello para contemplar hacia dónde iban las estrellas. E hizo muy bien, porque, no mucho tiempo después, aquel pasatiempo (que muchos consideraban inocuo y hasta bobo), no sólo arrojó importantes resultados en el campo de la (inmadura) astronomía mexicana, sino que convirtió a de Haro en (el más importante) astrofísico de este país.

El trabajo de Guillermo, ya muchos lo saben, descolló bastante, pero, sobre todo, debido a aquella investigación sobre cierto tipo de nebulosas planetarias que, hasta el día de hoy, llevan su nombre: objetos Herbig-Haro (George Herbig, por cierto, fue el otro investigador que lo acompañó en aquellas aventuras galácticas).

Alfonso Reyes (ya saben que el hijo del general porfirista decía entenderlo todo: historia, filología, poesía, griego, latín y, bueno, hasta la compleja astrofísica) un día se refirió a Haro como el “Sacerdote del Telescopio” (aunque, en realidad, Haro ni había inventado el telescopio ni la cámara del telescopio, pero Reyes se hacía bolas con frecuencia, aunque nunca lo reconocía).

En todo caso, este descubridor de astros (que, eso sí, diseño y supervisó la construcción de un espejo primario para intentar crear un nuevo telescopio) fue un infatigable promotor de la ciencia, un erudito y, según algunos, un tipo super gruñón. No en balde la siempre distraída Elenita Poniatowska, durante la presentación de aquella (cursi) semblanza que escribió sobre su exesposo, “Universo o nada: biografía del estrellero Guillermo Haro”, decidió delatar, ante la amable (y palmoteante) concurrencia el mal carácter del científico: “Guillermo odió los ovnis y los aliens. Por eso se molestó conmigo cuando sentí afinidad y empatía con el E.T. (filme del estadunidense Steven Spielberg de 1982)”. La (innecesaria) cita filmográfica, aclaro, no es mía, es de la princesa polaca.

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Finalmente (para no caer pesado, porque dice el adagio popular que “la tercera es la vencida), evoquemos la estampa de Gabriel Figueroa, un tipo que jamás renunció a su minúsculo bigotito ni a esa sonrisa llena de dientes (que en algún punto nos hace pensar aquellos personajes del cine de gánsteres que siempre andan atuzándose el mostacho). Y es que un día como hoy, pero de 1997, murió el gran cinefotógrafo que, a lo largo de los 90 años que duró su vida, acumuló una obra fotográfica sólida y sistemática.

Genio de la iluminación, maestro de la óptica y el encuadre ⎼que supo encontrar una enorme inspiración en la plástica mexicana, sobre todo en la obra de Rivera, Siqueiros y Orozco (yo le reprocho que no volteara a mirar a la gran muralista y poeta Aurora Reyes)⎼, Gabriel Figueroa fue, por sobre todas las cosas, un indiscutible artista de la fotografía.

Más allá del manido cliché que, en cada “estudio” y en cada soporífero homenaje que le hacen a don Gabriel, nos repite que la obra de Figueroa constituye un aporte fundamental en la construcción, así como de la cultura e identidad nacional, el cine mexicano y blah blah blah, cabe reconocer que el trabajo de este hombre ⎼en donde imperan cielos de todos los tamaños, así como una equilibrada (y nunca apabullante) sucesión de desiertos, llanuras, montañas y nubes⎼ le sirvió para que pudiera transformar muchas películas anodinas (porque, carajo, cuánto argumento mediocre le enjaretaron) en un bello y exorbitante inventario de encuadres.

No es gratuito que “el Monsi” (que nunca se cansaba de hablar sobre el arte de Gabriel, ni de nada) dijera, en “Las Profecías de la mirada”, que: “Figueroa traduce magníficamente las intuiciones del Indio, equilibra con la fuerza de las imágenes las disparidades del relato y rectifica con la belleza visual el desarreglo de la trama”.
Finalmente, si metemos la nariz entre los anales del catolicismo nos enteraremos de que un día como hoy, pero de 1709, se inauguró en la Ciudad de México (cuyo nombre, por cierto, era Reyno de México Tenvxtitlan) la antigua Basílica de Guadalupe, recinto donde permaneció la imagen de la Virgen durante casi tres siglos, hasta octubre de 1976.

Ahora mal, el proyecto arquitectónico ⎼y aquí el dato tétrico y curioso⎼ es que el santuario de la llamada Virgen del Tepeyac estuvo a cargo, nada más ni nada menos, que del arquitecto novohispano Pedro de Arrieta, quien antes había diseñado el umbrío edificio del Palacio de la Inquisición.