Por Ramón Cuéllar Márquez

  1. Las piedras del son agua estancada

El conflicto de Octavio Paz es conciliar el nombre con el instante, pues el uno no puede nombrar al otro sin darle un signo, y el instante, en sí mismo, es inaprensible, una caída constante; pero Octavio Paz nunca se deja caer y él cree que el poema o el signo le detendrá la caída, es decir, el instante. Su horror a lo no-permanencia es ésa, porque no sabe a lo que se enfrenta o tal vez la intuye y por eso la evade.

El poeta Octavio Paz, en general, es un desesperado de la vida porque se da cuenta de que ha entrado a ella y no puede detenerla por más que trate de atraparla y comprenderla en el poema; por eso su Piedra de sol es agua estancada, a pesar de sus deseos de que sea un río. La idea misma de piedra implica detención. El tiempo, delirio del poeta, no puede ser detenido. Su intento por hacerlo en el poema es una mera ilusión. No puede re-poseer el pasado: sólo se puede recordar el pasado y un poema no es un recuerdo, como lo cree Octavio Paz.

La poesía, nos dice Octavio Paz, nos salvará del tiempo, pero más bien parece que se engarza en él, en la desesperada intención de paralizarlo en el poema. Octavio Paz quiere salvarse de no ser recordado, de tal modo que la acción se vuelve un castigo, una maldición, un querer huir y desafanarse: no continuar explorando porque el camino es el vacío o el abismo o el encuentro con lo otro o lo nuevo que puede ser aterrador por ser justamente desconocido.

La desesperación de Octavio Paz, en especial Piedra de sol, nunca concluyó porque su poesía circular lo hacía regresar al mismo punto: quería atrapar el instante, ponerlo en la jaula del poema, pero se dio cuenta —de ahí la desesperación— de que sólo era un observador del instante, que era él mismo, y que era imposible detener el movimiento de la vida.

  1. Lo sabemos, nada puede quedarse, todo es movimiento

La poesía no es una bandera, ni una diosa, ni una religión. Si lo fuera, ya hubiéramos institucionalizado el instante. Siendo estrictos, no hay nada que contenga el instante, salvo él mismo. De hecho, una vez encontrado, se rompe con él, de tal modo que implica derrumbar la concepción individualista de poesía que tengamos para poder acceder al instante. Esa poesía nace del poeta y por tanto es él mismo, es decir, la poesía no conduce al poeta, sino que la poesía es su propia naturaleza. El poema es un objeto libre del poeta, pero es poesía enjaulada por el conflicto con el nombre, con el lenguaje mismo. En todo caso, el más alto significado de la poesía es el silencio.

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La poesía conduce al silencio: la naturaleza de la poesía es conducir al silencio, eso que nos resulta una locura, el horror, el abismo y la caída continua, donde los preceptos culturales han dejado de tener sentido, porque sólo hay silencio, porque ahí está la poesía. Hay que destruir a la poesía para ser libres de ella.

La poesía en los libros sagrados es fuente de conocimiento, lo que implica un movimiento continuo: una certeza. En realidad, lo único seguro es que somos inseguros, nos diría filósofo español Eduardo Nicol, aunque pensemos que la poesía puede salvarnos del tiempo. La certeza de que podría hacerlo, despierta un horror mayor: hay la seguridad de que no hay tal cosa, pues en el fondo sabemos de su imposibilidad; aun así, insistimos en el poema como el artilugio que detendrá al instante.

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La soledad del poeta Octavio Paz, que es la humana, su naturaleza, es la que intenta romper consigo misma y por eso desea liberarse del yugo de la Historia, deteniéndose en el instante y queriendo que el instante permanezca en la ilusión fragmentada del poema.

La relación que mantiene la estructura social es con el miedo. Es decir, el miedo es el elemento con el que se controla a las sociedades: una sociedad con miedo es una sociedad obediente. Antiguamente el poeta era un profeta. Pero hoy día es más bien un desesperado que intenta liberarse de su entorno, y su poesía es un vínculo, un puente, un pretexto, para alcanzar tal liberación, se encuentra con un nuevo camino: el miedo cósmico, un miedo que no es miedo, sino liberación, el nirvana-poeta que rompe con todos los signos y los símbolos, lo cual implica dejar de escribir poesía, para dejar que el silencio signifique sin ellos. El poeta moderno, Octavio Paz, no entiende su propia desesperación, porque vive atrapado en las palabras.

Balandra: ¿Qué es el fluir del tiempo sino un río sin palabras?

Ramón Cuéllar Márquez. Nació en La Paz, B.C.S., en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado los libros de poesía: La prohibición del santo, Los cadáveres siguen allí, Observaciones y apuntes para desnudar la materia y Los poemas son para jugar; las novelas Volverá el silencio, Los cuerpos e Indagación a los cocodrilos; de cuentos Los círculos, y de ensayos, De varia estirpe.

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