¿Por qué Brasil consiguió reducir la jornada laboral a 40 horas con dos días de descanso, mientras que la misma reforma en México avanzó bajo otras condiciones?

¿Por qué Brasil logró las 40 horas con dos días de descanso y México no?

Por Nora Delgado

Un carrusel de Instagram, de un creador de contenido que se identifica como “abogado del trabajo”, planteó una pregunta que merece atención: ¿Por qué Brasil consiguió reducir la jornada laboral a 40 horas con dos días de descanso y México no? Su respuesta apunta a la política: quién gobierna, para quién gobierna y qué papel desempeñan los sindicatos.

Según su análisis, el Partido de los Trabajadores (PT) brasileño impulsó la demanda respaldándose en la movilización sindical, mientras el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) habría privilegiado la negociación con las cúpulas empresariales. También cuestionó que dirigentes sindicales “charros” ocuparan las mesas de negociación sin representar necesariamente a las bases y señaló que el Frente por las 40 horas en México luchó prácticamente solo.

La crítica obliga a mirar más allá de las negociaciones legislativas. Una reforma laboral no depende únicamente de la voluntad de quienes ocupan el gobierno, sino también de la capacidad de los trabajadores para organizarse, presionar y defender sus demandas. Cuando la representación sindical se distancia de sus bases y los partidos no consiguen articular el descontento social, una reivindicación mayoritaria puede perder fuerza en las mesas donde se toman las decisiones.

No podemos reducir las diferencias en la reforma de la jornada laboral en ambos países a la sola actuación de sus sindicatos porque sería insuficiente. Para comprender el escenario mexicano también hay que observar las movilizaciones que, durante los últimos años, pusieron en evidencia demandas que el gobierno progresista aún no había resuelto.

Las protestas contra los feminicidios y la inseguridad, las manifestaciones por la reducción de la jornada laboral y las movilizaciones contra la gentrificación mostraron un panorama político complejo en el que la izquierda tenía que avanzar sin perder su credibilidad. En las manifestaciones participaron jóvenes que no necesariamente se identificaban con la oposición partidista a Morena, pero que encontraron en las calles una forma de expresar sus inconformidades.

Entre las distintas manifestaciones, destacó la Marcha de la Gen Z, que logró sumar a sectores políticos eclécticos, pero que coincidían en su rechazo al gobierno por considerar que este no cumplía con sus demandas. La articulación de grupos con posiciones ideológicas opuestas y las convocatorias a la confrontación difundidas en redes sociales evidenciaron una fuerte disputa por los sentidos comunes que continuaba aun cuando el gobierno progresista concentrara la mayoría de la aprobación del país. En este contexto, los partidos opositores a Morena buscaron encauzar las inconformidades sociales hacia sus propias filas.

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Sin embargo, conviene distinguir dos cosas: que la oposición aproveche el malestar social no significa del todo que lo haya creado, ni que las demandas que lo originan sean ilegítimas. Esta distinción resulta fundamental para entender la advertencia que el teórico marxista y exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera formuló en su columna “¿Por qué la izquierda y el progresismo pierden elecciones?”, publicada en La Jornada el 16 de agosto de 2025.

García Linera sostiene que los bots en redes sociales y la derecha no producen por sí solos el rechazo a los gobiernos progresistas. Su influencia crece cuando existen condiciones de vida deterioradas, frustración colectiva y expectativas incumplidas. Para el teórico marxista, uno de los principales errores de la izquierda gobernante consiste en permanecer anclada en sus conquistas pasadas sin ofrecer nuevas transformaciones capaces de renovar la esperanza popular.

Esta reflexión permite mirar críticamente el proceso mexicano a la luz de las expectativas del pueblo puestas en la izquierda mexicana sobre la reforma política que planteó la izquierda popular. En este caso, en las concernientes a la reforma para la reducción de la jornada laboral.

Morena llegó al gobierno en 2018 respaldado por expectativas de cambio social, pero la reducción de la jornada laboral no se convirtió oportunamente en una causa capaz de articular de manera sostenida a sus militantes, sindicatos y trabajadores. Las disputas internas, la promoción de la candidatura presidencial de Claudia Sheinbaum y las decisiones de dirigentes y legisladores contribuyeron a que la demanda quedara expuesta a cuestionamientos sobre el compromiso del partido con los derechos laborales, pese a que dicha reforma fue presentada por la entonces diputada morenista Susana Prieto Terrazas en octubre de 2022.

Durante la campaña presidencial de 2024, la reducción de la jornada a 40 horas tampoco ocupó un lugar central entre las propuestas de Claudia Sheinbaum. Jorge Álvarez Máynez, candidato de Movimiento Ciudadano, en cambio, sí defendió esa demanda en el segundo debate presidencial del Instituto Nacional Electoral (INE). Sin embargo, después de ganar las elecciones con un margen amplio, Claudia Sheinbaum incorporó la reducción de la jornada laboral entre sus cien compromisos de gobierno presentados en el Zócalo capitalino el 1 de octubre frente a sus simpatizantes. Fue el compromiso número 60.

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La reforma finalmente avanzó en México, aunque con una aplicación gradual hasta 2030 y sin establecer los dos días de descanso remunerado que sí contempla la reforma brasileña promulgada en octubre de 2026. Esta diferencia muestra que reconocer una demanda y garantizar plenamente un derecho son procesos distintos.

¿Cómo fue que Lula da Silva reconoció que era necesario dejar plasmados los dos días de descanso? Lula da Silva enfrentó una contienda profundamente polarizada frente al bolsonarismo ya desde 2022, mientras Claudia Sheinbaum obtuvo una victoria amplia en 2024. Para 2026, Lula nuevamente contendió en un país sumamente polarizado en los comicios del 4 de octubre para buscar su reelección, en los que Flávio Bolsonaro obtuvo 47.03% de los votos frente a 45.16% de Lula da Silva, por lo que será necesaria una segunda vuelta.

Ese contraste ofrece un contexto para analizar las presiones políticas de cada gobierno. La presión política sí importó y jugó un papel fundamental en Brasil, donde Lula busca nuevamente la reelección, aunque también implicó la organización sindical, el trabajo legislativo y la capacidad de reconocer una demanda como prioridad política.

Así es como la advertencia de García Linera resulta pertinente cuando las izquierdas no pueden limitarse a defender lo que ya conquistaron. Deben responder a las nuevas condiciones de vida de las mayorías y construir un horizonte de transformación que consolide los derechos existentes y abra paso a otros.

La reducción de la jornada laboral expresó una expectativa hacia la izquierda gobernante: cambiar un modelo que disfraza la explotación de productividad y en el que descansar, convivir, cuidar y vivir más allá del trabajo sigue siendo un privilegio. Por esta razón, la reducción de la jornada laboral generó tanta presión, pues el triunfo de la izquierda no se consolida cuando un gobierno anuncia una reforma, ni cuando el partido se atribuye su aprobación. El triunfo se consolida cuando el derecho se convierte en una realidad para quienes lo reclamaron.