Por: Daniel Tovar

Durante casi dos siglos The Economist ha sido la publicación predilecta de las élites liberales de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. En sus páginas estos grupos selectos han expresado con sinceridad su visión del mundo que muchas veces pensaron a su merced. La última portada de su edición latina -en la edición inglesa la portada aborda el conflicto entre Israel y Palestina- dedicada al presidente López Obrador no es más que una pieza propagandística de su larga trayectoria de insultos e ignominia.

Promoción de la expansión colonial, guerras, justificación del sometimiento de pueblos enteros, masacres, golpes de Estado, impulso de políticas de ajuste económico en detrimento de la vida de millones y apoyo a dictadores y gobiernos autoritarios forman parte de la historia “liberal” y “demócrata” de The Economist.

La publicación fue fundada en 1843 por James Wilson, un fabricante de sombreros escocés, con el objetivo de oponerse a las Leyes del Grano que establecían aranceles para la importación de cereales en la Gran Bretaña y beneficiar así a grupos de interés a costa del campesinado inglés. Wilson después fundaría el banco Standard Chartered, pieza clave para la guerra del opio en China y para el crecimiento del imperialismo británico en Asia, mismo que sería acompañado con entusiasmo por la revista. Wilson era un liberal radical: apoyó la represión de los irlandeses y se oponía a que las clases trabajadoras tuvieran educación y buenos servicios de transporte. Además, se opuso a la ley que limitaba a 12 horas el trabajo de las mujeres en la fábricas. Jugó un papel fundamental en la ocupación británica de la India, a cuyos habitantes consideraba “mitad niños, mitad salvajes, movidos por impulsos repentinos e irracionales”.

The Economist alcanzó una importancia central en la formación de la cosmovisión de las élites económicas angloamericanas. En los años 50 del siglo XIX para Carlos Marx era claro que la revista expresaba las preocupaciones de la aristocracia financiera británica y en 1895 Woodrow Wilson había declarado que la revista era algo así “como la providencia financiera para hombres de negocios a ambos lados del Atlántico”.

Pero llegado el siglo XX la publicación británica se convertiría en defensora de las primeras las políticas de Mussolini, por considerarlas necesarias para mantener el orden económico puesto en entredicho por las revueltas obreras en Italia; en los años 60 apoyó férreamente las intervenciones militares de Estados Unidos en Vietnam y justificó masacres en sus páginas como la de My Lai, llegando a acusar a Henry Kissinger de haber sido demasiado blando con los nortvietnamitas.

Robert Moss, uno de sus escritores y corresponsales más famosos durante los 70, apoyó abiertamente el golpe militar contra Salvador Allende en Chile. Cuando éste se concretó, Moss se puso a bailar por los pasillos de The Economist cantando: “Mi enemigo ha muerto”. Los generales del ejército de Pinochet agradecieron el apoyo de Moss comprando cerca de 10 mil ejemplares de la revista. Años más tarde Moss se convertiría en empleado del dictador Anastasio Somoza de Nicaragua, donde se dedicaría a editar una de las publicaciones del régimen.

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A la llegada del neoliberalismo, The Economist se convirtió en una plataforma de promoción del modelo implementado a nivel global por las administraciones de Margaret Tatcher y Ronald Reagan, quien durante una cena en la Casa Blanca agradeció personalmente al editor de la publicación por su apoyo al proyecto en marcha.

Después de la caída del Muro de Berlín, editores, periodistas y columnistas se convirtieron en entusiastas promotores de las políticas económicas de ajuste y de privatizaciones -las famosas terapias de choque de Jeffrey Sachs- para Rusia y los países de la Europa del Este, mismas que terminaron causando la implosión financiera de toda la región en 1998. En ningún momento la revista llegó a retractarse de las recetas fallidas promovidas desde sus páginas.

En un artículo más reciente, aplaudieron como pocos las políticas de desregulación y privatización de Jair Bolsonaro a quien llamaron “un populista peligroso con algunas buenas ideas”, es decir, un tipo al que hay que tolerar mientras siga la senda marcada por la ortodoxia neoliberal (1).

Los ejemplos de la soberbia e hipocresía de la publicación inglesa podrían contarse por cientos, su historia es la historia de la expansión del capital y de unas élites en crisis que ven cómo el mundo que construyeron se pone en cuestión por la rebeldía de los pueblos a lo largo y ancho del planeta. Si hoy apuntan al presidente López Obrador y llaman a Estados Unidos, sus atroces aliados, a poner atención en su “patio trasero”, es porque muchos de sus intereses se han visto trastocados con la vuelta de una política energética soberana en nuestro país.

Por último, es en extremo revelador que la derecha en México, carente de toda plataforma política sólida y legitimidad, recurra a la portada de un medio imperial como recurso desesperado para atacar a la Cuarta Transformación: su descomposición es tan profunda que son incapaces de pensar por sí mismos, tienen que encontrar su brújula, como en el siglo XIX, en los centros coloniales, no importa cuánta miseria humana carguen en sus espaldas. Al celebrar el golpeteo de esta publicación, las “élites” y su séquito de seguidores snobs y aspiracionistas no hacen más que mostrar su profunda miseria intelectual y moral.

(1) Para más detalles de esta historia ver el artículo del escritor indio Pankaj Mishra, Liberalism According to The Economist, publicado en The New Yorker en noviembre de 2019 y cuya versión en español se encuentra en Mishra, Pankaj, Fanáticos insulsos. Liberales, raza e Imperio, Galaxia Gutenberg, 2020.