Los milagrosos reúnen firmas (cuarta parte)

Esta serie recupera las razones, motivaciones y testimonios de quienes participaron en la iniciativa ciudadana para recabar firmas por el juicio a expresidentes 

 

 

 

 

 

Los milagrosos de Tepeji 14.

 Mauro Espínola.

 

Convocados por Omar Garcia y Ariadna Bahena, de nueva cuenta miles de mexicanos han hecho una verdadera hazaña. Recolectar aproximadamente dos millones trescientas mil firmas para solicitar la consulta sobre el juicio a los expresidentes en poco menos de quince días.

Tepeji 14, en la colonia Roma, sintetiza geográficamente ese «milagro», como lo ha caracterizado Javier Risco que como Reforma, y otros, han planteado la duda sobre los resultados obtenidos, pues dicen «pasaron de 800 mil firmas a 2.3 millones».

Lamentablemente ni Risco ni Reforma se dieron a la tarea de informarse de lo que ocurrió en dicha dirección ni de quienes hicieron el milagro posible. Prefiriendo la opinión fácil pero desinformada.

Lo que ocurrió la noche del 14 al 15 de septiembre, fue una más de esas proeza que realizan quienes están convencidos que la causa que defienden es justa. En esa casa convergieron una centena de personas que se dieron a la tarea de reunir, organizar, contar, folear y archivar los más de 230,000 formatos donde se recogieron las firmas.

Pero si la anécdota de esa colectividad que pasó en vela la noche del 14 al 15 de septiembre no fuera suficiente, en ella convergen otras historias personales no menos alentadoras. No solo la de Omar García, uno de los sobrevivientes de la desaparición de estudiantes normalistas de Ayotzinapa, o la de Ariadna Bahena, una joven desplazada por la violencia en el estado de Guerrero. Están también la de César, quien además de asumir la tarea de recolectar firmas en su estado natal, Tamaulipas, ayudó a recopilarlas recorriendo algunas ciudades de ese estado para traerlas a la Ciudad de México donde se sumó al conteo de las firmas, durmiendo apenas unas horas en esa misma casa del número 14.

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Como él, son el otro centenar de mujeres y hombres  que pasaron la noche en vela, a pesar de la pandemia, e hicieron posible el milagro de abrir los cientos de sobres que llegaron, contabilizar las firmas, folear y empaquetar los formatos para después trasladarlos a las instalaciones del Senado de la República. Ciertamente es una versión menos romántica que la del milagro, pero no menos inspiradora.

Aun así sería absolutamente injusto reducir ese enorme acto colectivo a quienes apoyaron en el conteo de las 2.3 millones de firmas. La hazaña la realizaron miles de personas que asumieron durante 15 días la tarea de recorrer sus colonias pluma en mano, o quienes colocaron su mesita en distintas plazas públicas para recoger el sentir de millones de mexicanos para terminar con la impunidad en busca de justicia.

Es difícil saber exactamente cuántas personas asumieron como propia la recolección de firmas. Más aún, precisamente la intención del comité promotor fue precisamente que así fuera, que la recolección recayera en quiénes se hicieron eco de su llamado para exigir justicia. Así, no faltaron amas de casa, vecinos y familiares que se dieron a la tarea de imprimir el formato y recolectar las firmas, para después llevarlas a los puntos donde se recolectaron firmas o bien al centro  de acopio de Tepeji 14.

Otro tanto hicieron quienes se solidarizaron de otras formas como apoyando con material como foleadoras, sin las cuales habría sido  más tortuoso el conteo de los formatos,  hasta los que apoyaron con comida o agua para los voluntarios. Una señora, cuyo nombre nunca supe, llegó con una decena de tortas de chilaquiles el lunes 14 por la mañana. Las cuales me entregó apenada, porque me dijo «no sabía que habría tanta gente». Yo, por supuesto, me conmoví internamente ante tal generosidad.

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En realidad nadie podía saber cuanta gente llegaría. Al comienzo parecía que seríamos una veintena nada más quienes apoyaríamos en esa tarea. Sin embargo, desde el mediodía del 14 comenzó a llegar gente que incluso esperó fuera de la casa algunas horas a que algún voluntario se retirara para poder poner su granito de arena. Otros, como ya he dicho velaron toda la noche animados solamente por el deseo de justicia.

No es exagerado decir que por momentos parecía que sería difícil conseguir el millón ochocientas mil firmas que se había planteando como objetivo para sobrepasar el mínimo requerido para la consulta. Pero conforme fue pasando la tarde, y fueron llegando paquetes de firmas, se hacía palpable que lograríamos el objetivo e incluso que podríamos superarlo. Sin embargo, ni las mejores estimaciones se acercaron al resultado final.

El milagro, como le han llamado, no ha sido.

Tema, eso si que no ha merecido atención de quienes desprecian la organización colectiva a la que prefieren simplemente ignorar y ocultar con su desprecio llamándole milagro. Eso sí, ahora sabemos que los milagros son posibles y los hace la gente.


 

Los milagrosos reúnen firmas (tercera parte)