Miguel Martín Felipe

Durante los gobiernos neoliberales hubo múltiples visitas de los presidentes mexicanos a Estados Unidos, así como asistencias a cumbres, encuentros y demás eventos diplomáticos, de los cuales, sin embargo, al menos en términos políticos, volvían con las manos igual de vacías que como habían llegado. Muchas veces eran meros pretextos para el turismo. Recordemos la icónica foto de Peña, Videgaray y Lozoya luciendo carísimos abrigos en el paisaje nevado suizo cuando asistieron al foro económico de Davos en 2014. Vicente Fox hacía recurrentes visitas a Estados Unidos con pretextos diplomáticos; ahora sabemos que utilizaba el avión presidencial para cargarlo de muebles y otros enseres de lujo, y así evitar declararlos en la aduana.

La percepción de Estados Unidos como una nación más soberana más respetable que México, y por lo cual había que rendirle pleitesía, se convirtió casi en un axioma, en un monolito irrompible de la diplomacia mexicana. Felipe Calderón hizo igualmente múltiples visitas a Obama y logró trazar con él una amistad que presume muy seguido.

Personajes como Gilberto Lozano, Mariana Gómez del Campo en su calidad de secretaria de asuntos internacionales del PAN, así como el propio Calderón y muchas otras figuras menos prominentes, han intentado trazar comunicación con Joseph Biden, actual mandatario estadounidense, con el fin de “alertarlo” sobre cuán malo es Andrés Manuel López Obrador para “el desarrollo de la región”, concepto medible en dólares. En otras palabras, y permítaseme la sorna, quieren contarle al presidente más informado del mundo y con espías infiltrados hasta en Saturno, cosas que -según ellos- ignora acerca de nuestro presidente, apelando siempre a la noción de autoridad que para ellos representa.

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Todo esto responde a una tradición de presidentes agachones que acudían a postrarse ante sus homólogos percibidos como superiores, con los cuales era vital congraciarse y jamás importunarlos para mantener el estatus quo; o sea, las progresivas privatizaciones, la preeminencia del corporativismo y por supuesto, las prebendas para ellos y su grupo cercano a cambio de repartir el país a rebanadas.

El pasado 18 de noviembre, AMLO se plantó ante Joseph Biden y Justin Trudeau hablando de antecedentes históricos, de la autodeterminación de los pueblos, de la necesidad de seguir combatiendo la corrupción y de buscar un crecimiento conjunto en cooperación e igualdad.

Se acabaron los tiempos del turismo político. Ahora atestiguamos visitas puntuales para asuntos medulares, que son seguidas con atención por mexicanos territoriales y extraterritoriales; ellos con un tesón impresionante pese a los intentos de difamación. Los medios corporativos, al servicio de intereses que son un amasijo de políticos reaccionarios y empresarios sin escrúpulos, minimizarán la visita de AMLO y sembrarán en su target, los desinformados, los que perdieron privilegios y los promotores del odio racial y clasista; la idea de que a AMLO “nadie lo pela” y que pretende ir a “darle clases” a Biden, porque, como ya lo dije, consideran superior a este último, aunque no ostente los niveles de aprobación de AMLO e incluso aunque en el encuentro nocturno haya dicho que ya no se referirá a México como el vecino del sur, sino como su igual.

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La forma en que AMLO se conduce en el ámbito internacional sin descuidar para nada la política interior, sin servilismos, sin temores ni autopercepciones de inferioridad; hace brotar de nuevo ese fruto dulce llamado soberanía, que se volvió amargo y se marchitó en episodios como el “comes y te vas” de Fox en el 2002. Mantengámonos informados y enaltezcamos nuestra mexicanidad seguros de que el águila real vuela cada vez más alto.

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