Por: Ricardo Sevilla

Enfocado en explotar al máximo la capacidad que tenemos los seres humanos de conocer el mundo e interactuar con él mediante la razón, Bruno Estañol Vidal es, en el más estricto de los sentidos, un intelectual humanista.

Pese a que muchos se atreven a catalogarlo entre los especialistas en aquella rama de la medicina que se avoca al estudio, diagnóstico y tratamiento de los padecimientos y enfermedades del sistema circulatorio y, más precisamente del corazón, Estañol no es sólo un cardiólogo.

Estañol, en todo caso, pertenece a la genealogía de científicos que, no conformes con seguir los métodos estructurados y los sistemas que organizan y ordenan el conocimiento a través de preguntas comprobables, deciden emprender la aventura literaria, un ejercicio acaso más libre que el corsé que muchas veces imponen los principios explicativos. Tipos como el astrónomo Carl Sagan, el doctor (en bioquímica) Isaac Asimov y, sobre todo, en el antropólogo y humanista Kurt Vonnegut conforman, sin lugar a dudas, su estirpe intelectual.

Como el poeta y filósofo Henry David Thoreau, Estañol, hasta hace no mucho tiempo, solía realizar largas caminatas por el bosque. Y justo en uno de aquellos paseos, que recuerdan a las exploraciones de un agrimensor o un naturalista, el escritor tabasqueño ⎼nacido en Frontera, allí donde el río Grijalva se fusiona con el mar⎼ ha realizado una introspección sobre su escritura y nos confía cuál es el método de su escritura:

“Todos los días escribo o corrijo un texto científico y con frecuencia escribo o corrijo manuscritos científicos en inglés. Acaso la escritura de este tipo de textos ha dado una mayor concisión a mi escritura de ficción ya que en las revistas científicas sólo se puede incluir un determinado número de palabras”.

Pero si sus lecturas comprenden, en efecto, un amplio catálogo de autores ingleses e irlandeses, como John Ruskin, Walter Horatio Pater, William Butler Yeats o el inagotable surtidor que es Oscar Wilde, lo cierto es que sus referentes literarios son tan ingentes como disímiles: de Isaac Bashevis Singer a Marcel Proust y de Julio Cortázar a Chéjov, médico y naturalista, justo como el escritor tabasqueño.

Peros si las influencias literarias de Estañol son vastas, sus influjos filosóficos también son extensos. Con soltura y comodidad, podemos leerlo tuteándose con la teoría de la probabilidad de Pascal o discutiendo con los conceptos que Spinoza expone en su Ética (la mente, la servidumbre humana a las emociones, el poder de la comprensión, etcétera).

Prueba de ello es, sin ir más lejos, El ajedrecista de la Ciudadela, donde Estañol, al tiempo que nos comparte la historia de Carlos Torre Repetto, un ajedrecista yucateco malogrado, también invoca a sujetos como Swedenborg ⎼que aparece esgrimiendo su arsenal de disciplinas ⎼matemáticas, geología, química, física, mineralogía, astronomía, anatomía, biología, psiquiatría⎼ y, ahí como no queriendo la cosa, nos enjareta un poco sobre la objetivación de la voluntad que anida en el pensamiento de su admirado Schopenhauer.

Caso aparte merece la pasión musical de Estañol, quien suele ambientar sus obras, como si se tratase de un productor de cine (que es otra de sus pasiones) con sinfonías, conciertos, oratorios u oberturas de Bach, Mozart y Mendelssohn. Y es que este intelectual humanista, es un narrador que reflexiona mientras relata. ¿Un ensayista? Desde luego. Y él mismo nos confiesa su credo:

“El ensayo me interesa para explorar ciertos temas que no puedo explorar con la novela o con el cuento. La relación entre la música y la literatura me interesa profundamente. Quisiera que en mi tumba se pusiera el epitafio: amó la música y las palabras”.

Y si como Bruno Estañol dijo, al recibir de manos del presidente López Obrador el premio ‘Doctor Ignacio Chávez’, “me siento muy orgulloso porque el premio de Humanidades Médicas, que es la vez literatura y medicina, que me da una gran felicidad”, lo cierto es que sus lectores nos sentimos aún más contentos al notar que, por fin, estamos frente a un gobierno que premia a los mexicanos eminentes.