#HistoriasCotidianas: La Musa De Avenida Juárez

Por Ana María Vázquez

RegeneraciónMx.-Tendría más de 60, bajito, delgado, cabello cano ralo. Vestía de blanco y pantalón negro, en su rostro gruesas arrugas dibujaban la historia de su vida, un morral de tela cruzaba colgando su pecho. Hablaba bajito y con ternura mientras acariciaba la pierna de ella que permanecía inmóvil. Sus caricias eran de gran amor y ternura en un lenguaje que solo ambos podrían entender.

Como en una cita acordada hacía tiempo ella lo esperaba siempre en el mismo lugar, como si fuera sólo para el y así, tarde a tarde este le contaba historias de su soledad y de su amor por ella esperando que en algún momento y por una mágica razón lo mirara aunque fuera brevemente y le regalara al menos una sonrisa.

Para aquel hombre sin historia, la gente que pasaba a su lado por Reforma eran poco menos que mecánicas sombras que iban y venían sin mirarlo. No le importaban, el tampoco los miraba y solamente se concentraba en ella; ella y él eran el mundo.

A nadie le importaba su desnudez, tampoco aquel hombre que solía perderse por las calles de la ciudad hasta llegar a ella, la gente era solo eso…gente, y entre la comunión de ambos tampoco existía.

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Ella lo esperaba todas las tardes en el mismo lugar y con la misma desnudez y él, fiel a la cita apuraba el paso sabiendo que lo esperaban sus muslos fríos, su rostro indiferente pero al fin suyo.

Las bancas vacías, el museo y el Hemiciclo acogían sus citas. Al fondo, la Alameda los esperaba como a cualquier enamorado pero él sabía que jamás se podrían mover de ahí, que los mudos testigos de su secreto lo seguirán siendo hasta que él muriera.

Su mano sobaba el muslo de ella una y otra vez delicadamente, a ratos, se acercaba un poco más como queriendo decirle al oído su mayor secreto.

¿Lo miraría alguna vez?, él sabía que no, que aquella mujer sin nombre y sin historia le daba todo lo que podía y debía conformarse con ello.

De cuando en cuando el hombre miraba en torno suyo buscando no ser vigilado, que nadie interviniera en su secreto, que nadie hablara de la desnudez de ella y de su dulce mano en el muslo.

La gente, lo sabía, paseaba indiferente y aún así, se esforzaba en descubrir a cualquiera que furtivamente los miraba y entonces, lo encaraba con la vista como un animal herido haciendo que el curioso retomará su camino y les regresara aquella intimidad tan suya.
A veces tomaba un trapo blanco de su morral y limpiaba el pedestal, sabía que a ella no le gustaba permanecer en un sitio sucio y polvoriento. Todo lo hacía con un amor inimaginable, su mano replicaba las amorosas palabras en breves caricias a su muslo, su pierna, su pie desnudos.

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Su triángulo y sus curvas lo esperaban, sabía que ella no diría nada si en algún momento aquella dulce mano se atrevía a subir, pero él la respetaba, “costumbres de los viejos”, decía, de esas que ya no hay. Se conformaba con que su fiel cita estuviera ahí siempre para él y que escuchara su vida, su soledad y su miseria.

La noche se acercaba y era hora de partir, dejarla sola y regresar al día siguiente, luego de la labor a visitarla. Acarició su muslo por última vez y le mando un beso que sabía, el aire pondría en su mejilla.

Ella quedó ahí, con su desnudez de bronce esperando a que su enamorado llegará al día siguiente para dejar de ser, al menos por unos momentos, una fría escultura.

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