Por Luis Tovar

RegeneraciónMx.- El aserto va volviéndose añejo: el género documental es el flanco más interesante de la cinematografía, no sólo mexicana sino de América Latina entera. Esto, que ha podido corroborarse cuando menos durante los dos o quizá tres lustros más recientes, se hace patente con mayor fuerza en películas (y vaya de una vez este paréntesis, así sea un poco largo, para fustigar a los desavisados que, de tan hechos al hábito de mirar única o preferentemente largometrajes de ficción, piensan y hablan como si los documentales no fueran películas) cuya mixtura entre tema, ejecución y propósito terminan ubicándolas en una suerte de tiempo aparte; es decir, que alcanzan de inmediato una vigencia perenne que, atemporales como terminan por ser, les permite dialogar con audiencias de cualquier época y latitud.

No por casualidad, sino por urgencia de preservar la memoria, el registro histórico y la demanda de justicia, los filmes documentales de clara orientación política o de denuncia destacan entre los más memorables. La lista es larga, como resulta obvio si se piensa en la innumerable cantidad de agravios que los pueblos de América Latina han sufrido desde siempre, con especial énfasis en los siglos XX y el actual –que coinciden, por cierto, con las dos centurias en las que a nivel internacional se ha contado con la cinematografía–: ya que es imposible la exhaustividad, tómense por casos dos paradigmáticos como desde luego son, primero, el perverso “Plan Cóndor”, establecido por los gobiernos estadunidenses para aplastar los movimientos de izquierda en Sudamérica, y segundo, el horror al cual fue sometido México cuando Felipe Calderón, un mandatario espurio, aprovechó su connivencia con la criminalidad más brutal afincada en este país para fingir que la combatía y, con ello, intentar granjearse el apoyo ciudadano que las urnas le habían negado, como si la legitimidad se lograra a punta de “daños colaterales”, ese eufemismo tan criminal como los proyectiles que segaron –y siguen haciéndolo– la vida de miles y miles de personas.

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En dos entregas, las siguientes líneas hablarán de tres trabajos extraordinarios: “Nostalgia de la luz”, del chileno Patricio Guzmán; Hasta los dientes, del mexicano Alberto Arnaut, y “El lugar más pequeño”, de la mexico–salvadoreña Tatiana Huezo.

Nostalgia de la luz: del barranco a la cumbre

“Nostalgia de la luz”, dirigido en 2010 por el insoslayable documentalista chileno Patricio Guzmán –autor de los también documentales “La cruz del sur” y “El caso Pinochet”– es una verdadera pieza maestra. Interesado desde su niñez en la astronomía, obligado a dejar su país natal tras el brutal golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende –el tristemente célebre “pinochetazo” perpetrado el 11 de septiembre de 1973–, persistente como nadie en la denuncia del terror impuesto por la dictadura que desde entonces asoló a una población entera que acabó reprimida, dividida y engañada con el señuelo neoliberal, Guzmán hiló finísimo para unir, en una misma tela, dos búsquedas irrenunciables: la de nuestro origen y nuestra identidad en tanto seres humanos, a través de la astronomía, y la de la más elemental justicia luego del genocidio chileno, que fue a esconder los huesos de sus oponentes asesinados en el desierto de Atacama, precisamente el lugar donde se asienta uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo. Por la fuerza de su belleza plástica, por la valentía de su denuncia permanente del horror, por la delicadeza con que entrelaza la cumbre humana de buscarnos en las estrellas con la barranca de matarnos unos a otros, Nostalgia de la luz es una película que nadie debería dejar de ver.

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* Narrador, poeta y crítico de cine, es autor de los libros “Amor que crece torcido”, “Diccionario del mar” y “Una jornada en el otro tiempo”. Director del suplemento cultural La Jornada Semanal, su columna Cinexcusas, que escribe desde hace veinte años, es un referente ineludible en el ámbito cinematográfico.