Por: HÉCTOR ALEJANDRO QUINTANAR

Con la furia religiosa de quien pretende condenar antes que entender, de 2018 hasta hoy, la figura de Manuel Bartlett Díaz, director de la Comisión Federal de Electricidad, ha sido señalada como el epítome de la corrupción, la transa electoral, la represión, la antidemocracia y las taras autoritarias del sector oscuro del priismo.

Más allá de las diversas aristas condenatorias, la oposición a López Obrador, y algunas voces desde las izquierdas, coinciden siempre en que la presencia de Bartlett es suficiente para deslegitimar por completo el proyecto presidencial. Como un Rey Midas a la inversa, se asume que el político poblano es una especie de generador radiactivo que contamina irremediablemente toda causa a la que pertenezca. No hay ápice de duda ni de matiz. Toda ponderación o llamamiento por la mesura en lo relativo a evaluar la labor del expriísta se asume como un signo de fanatismo, cuando no estupidez.

Lo cual resulta por demás extraño, porque esa actitud condenatoria sólo se activó de manera escandalosa a partir de que Bartlett se sumó al gabinete de López Obrador y, nunca antes, cuando otros políticos, en diversas coyunturas históricas, actuaron en alianza ideológica o de principios con Bartlett o ejercieron luchas legislativas codo a codo.

El pasado de Bartlett, sobre todo durante el salinismo, es un mar espeso que no termina de aclararse y que él mismo debe terminar de explicar en algún momento. Sea como actor o testigo, algo debe él decir o saber sobre todas las iniquidades que se cometieron en ese lapso por el régimen en el que él estaba incluido. No es este el espacio ni para exonerar ni para justificar a un personaje que si bien tuvo actuares cuestionables, también ha sostenido la tesis de que en 1988 hubo un fraude electoral, y que el verdadero ganador de la contienda fue el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, tal como lo hizo en una conferencia de prensa en Veracruz en 2013, que no se retomó con la fuerza merecida.
Lo que sí debe señalarse es un punto que no es espeso sino nítido: el Bartlett de 1988 es una figura sumamente distinta al Bartlett de 1999 hasta hoy. En aquel año, el presidente Zedillo pretendió una modificación constitucional en pos de reformar la industria eléctrica del país a favor de la privatización. Desatendiendo la vieja disciplina partidaria, Bartlett se opuso a tal medida y la frenó en el plano legislativo.

¿Pudo parecer un caso de oportunismo dado que Bartlett buscaba ser candidato priista a la presidencia en 2000 y hacerse pasar por defensor del patrimonio nacional? Si la historia hubiera terminado en ese año, la respuesta hubiera podido ser un sí. Pero lo que vino después ha sido consistente.

Cuando Vicente Fox pretendió, en 2003, una reforma privatizadora del sector, una de las primeras voces en oponerse con fuerza fue la del entonces senador priista Manuel Bartlett, quien incluso lideró junto con otros personajes la gran movilización en contra de ese estropicio, en noviembre de ese año. Logró su cometido. Poco después, vino la batalla en contra de la Ley Televisa, en la que Bartlett fue una de las tres cabezas visibles más importantes en aras de preservar el espacio radioeléctrico nacional y no obsequiárselo al duopolio televisivo para que lo usufructuase por cien años, como se pretendía. Luego de votaciones polémicas, desde noviembre de 2005 y abril de 2006, la brega contra esa Ley, donde Bartlett fue clave, triunfó en 2007 con la decisión de la Suprema Corte en favor de la soberanía nacional.

LEER MÁS:  Detectan en México probable primer caso de la variante ómicron

Bartlett, asimismo, fue de los principales defensores de la soberanía energética en 2008 ante la reforma calderonista que pretendía privatizar y saquear a Pemex con contratos a la Mouriño. Lo mismo ocurrió en 2013-2014, donde el tesón de Bartlett en pos del patrimonio nacional se entronizó de nuevo a favor del patrimonio nacional y en contra de la Reforma Energética de Peña Nieto, hecha con fines parecidos a los de Calderón… y hoy sabemos que fue aprobada con base en técnicas gansteriles de sobornos lideradas por el hampón Emilio Lozoya y otras figuras corruptas en las Cámaras Legislativas. A eso se opuso con tenacidad Bartlett… y poco después a la autoritaria Ley de Seguridad Interior.

El recuento no es corto. En las principales coyunturas donde ha estado en disputa la rectoría del patrimonio público, desde 1999 Bartlett ha figurado a favor de la soberanía nacional, cuestión que, desde el siglo XX y sobre todo en las lides anticolonialistas del siglo XXI, se ha tornado en una cuestión imprescindible, identitaria, de las izquierdas en América Latina.

El juicio a Bartlett suele obviar no sólo eso, sino que en esas luchas el personaje a veces ha actuado más a la izquierda que las propias izquierdas partidistas. Mientras los diputados perredistas en 2005 votaron a favor de la Ley televisa por un descuido, el poblano la objetó con firmeza en el Senado. Mientras las hordas chuchistas del PRD negociaban el latrocinio del Pacto por México en 2012, Bartlett se opuso férreamente al despojo de la Reforma energética peñista.

Asimismo, en el juicio contra Bartlett, se olvida también su serie de alianzas y luchas con otros personajes en otras coyunturas. En 2006, tanto Javier Corral como el entonces senador perredista Raymundo Cárdenas –ambos consistentes opositores contra el despojo de la Ley Televisa-, coincidían en que el pasado de Bartlett ahí estaba, pero que no se le podía negar la firmeza y nacionalismo con el que defendía la soberanía nacional ante un embate ladrón.

LEER MÁS:  Cometa Leonard será visible desde México según la NASA ¿cómo y cuándo observarlo?

Y, más curioso aún, nadie se escandalizó cuando un personaje histórico tendió la mano a Bartlett en 2003 y caminó con él, codo a codo, en una marcha multitudinaria en contra de la privatización eléctrica promovida por Fox. El personaje en cuestión justificó su alianza con Bartlett diciendo que cuando se trataba de defender el interés nacional, había que deponer las diferencias del pasado y con eso legitimó a Bartlett como compañero de lucha. El personaje referido se llama… ¡Cuauhtémoc Cárdenas! ¿Por qué en esos momentos y coyunturas nadie espetó o insinuó que Raymundo Cárdenas, Cuauhtémoc o Javier Corral eran fanatizados o defensores de lo indefendible por “justificar” que compartían principios con Bartlett?

La política la hacen seres humanos de carne y hueso cuyos claroscuros tienen consecuencias indelebles. Los débitos que Bartlett tenga en el pasado son algo que aún está a discusión y algo que él aún tiene que aclarar. Asimismo, en torno a las acusaciones que abundan sobre el personaje, bien vale meditar con mesura cuáles tienen un sustento histórico y cuáles parece ser simples cachazos mediáticos, motivados por la idea de que Bartlett es el eslabón débil en la cadena de la Cuarta Transformación.

Hoy Bartlett ostenta un cargo clave, en un tema candente para la actualidad y crucial en la identidad de las izquierdas contemporáneas en México: la soberanía energética. Su historial desde 1999 a hoy apunta en defensa de ese sentido. Muchas de las críticas en su contra provienen de voces deslegitimadas: ¿Con qué cara el priísmo neoliberal, o el panismo cómplice del fraude de 1988, puede hoy alzar la voz acusando de “fraudulento” a Bartlett por lo ocurrido en 1988, si ellos habrían sido los beneficiarios del fraude de ese año, que le achacan al poblano?

Un fuerte componente de incongruencia abunda en las acusaciones contra el expriísta. No es infrecuente. Jorge Castañeda, Mario Di Costanzo, Rosario Robles, Rubén Aguilar, los chuchos perredistas, Sosamontes, Emilio Zebadúa, tienen en común haber sido militantes de alguna corriente de izquierda en México y, en algún momento, cambiaron sus trayectorias en pos de las derechas más cerriles o corruptas. Pero nadie se escandalizó. Cuando el proceso es a la inversa, y alguna figura a la derecha decide dar un giro abrupto a sus convicciones, la lluvia crítica en su contra en inclemente. La purista proclama antiBartlett que hoy abunda, parece suscribirse más a esta tradición de doble rasero: complacencia bastante grotesca para quien se suma a las derechas, pero una condena impía a quien osa ser un converso hacia la izquierda. Como si fuera religión, pues.

* Académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, doctorante y profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Hradec Králové en la República Checa, autor del libro “Las Raíces del Movimiento Regeneración Nacional”.