Por: José René Rivas Ontiveros

Casi una década después de haber sido fundado, en 1938, durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, el partido de Estado tuvo la primera de las dos grandes transformaciones que ha tenido en sus más de 90 años de existencia, luego de que el Partido Nacional Revolucionario (PNR) fuera convertido en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

Tras este cambio, el que aparecía como un partido prácticamente único en el seno del sistema político mexicano de aquella época no solamente adquirió un nuevo nombre y obviamente otras siglas, sino que también adoptó una nueva forma de hacer política, la cual comenzó a practicarse desde los albores del régimen cardenista.

De esta manera, el original partido de Estado que durante los seis años del llamado Maximato fue el instrumento político de su fundador e ideólogo, dejó de ser una coalición de jefes militares o caudillos políticos regionales controlada o liderada de facto por el general Plutarco Elías Calles, para convertirse en lo sucesivo en un poderoso órgano político-electoral y de masas en manos del presidente de la República en turno. En otras palabras, el partido de Estado fue por varias décadas la pieza más importante para el funcionamiento y la estabilidad del sistema político mexicano, después de la figura presidencial, naturalmente.

De igual modo, fue a partir de este momento cuando el agrupamiento partidario quedó formalmente integrado por un conjunto de grupos sociales conformados y manejados corporativamente en cuatro grandes sectores que en esa etapa de la sociedad mexicana eran considerados como los fundamentales: el obrero, el campesino, el popular y el militar.

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Con esa transformación, dichos agrupamientos sectoriales tuvieron una relativa autonomía en cuanto a su relación con el régimen y los gobiernos locales. Gracias precisamente a esta cuestión, el PRM, en lo general, y los sectores obreros y campesinos, en lo particular, pudieron desarrollar una activa política de masas, en apoyo ya no solo a las respectivas demandas sectoriales, sino también a la política nacionalista, internacionalista y antiimperialista que entonces se practicó desde la misma Presidencia de la República.

Sin embargo, de forma muy distinta a lo ocurrido durante todo el sexenio del general Lázaro Cárdenas, en las siguientes administraciones esta práctica del partido de Estado y sus sectores desapareció casi totalmente. Aquella fue, sin lugar a dudas, la época de oro del otrora poderoso partido de Estado.

Por su parte, la segunda y última transformación del anterior partido de Estado es la que tuvo lugar en 1946, en pleno proceso de transición del gobierno del general Manuel Ávila Camacho al de Miguel Alemán Valdés. Fue entonces cuando el PRM se transformó en el actual Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Durante esa transformación, en el que entonces era el partido en el gobierno ocurrió la formalización de la exclusión definitiva de su estructura orgánica del sector militar, la cual ya se había realizado, de hecho, desde 1942, en los albores del régimen avilacamachista.

Así, luego de que, por más de un siglo, los militares habían fungido como los principales protagonistas de la vida política nacional, estos abandonaban de facto la política partidista, para recluirse indefinidamente en sus cuarteles a desarrollar las actividades propias de su sector, mientras que los diferentes espacios de poder dejados por ellos comenzaron, poco a poco, a ser ocupados por los sectores civiles ya muy ajenos a la pólvora y a los campos de batalla.

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En esa dirección, tanto en el seno de la burocracia estatal del México posrevolucionario de los años 40 como en la cada vez mejor aceitada y funcional organización política partidaria que siempre conquistaba casi la totalidad de los cargos de elección popular de carácter federal, estatal y municipal, la presencia de los grupos civiles comenzó a crecer de manera significativa.

Se trataba de los grupos provenientes, fundamentalmente, de los sectores medios de la población, entre los cuales destacaban los profesionistas egresados de las modernas instituciones de educación media superior y superior de carácter público, los estudiantes, los trabajadores al servicio del Estado, los comerciantes, los artistas, etcétera.

A mediados del siglo XX, México ya era, en definitiva, un país relativamente diferente al que pocos años antes había sido, cuando lo rural se imponía sobre lo urbano. Sin embargo, esta nueva realidad no era producto de ninguna casualidad, sino de un vertiginoso y ascendente proceso de modernización, industrialización y urbanización sin precedente que se había estado viviendo, ante todo, desde los albores de la década de los cuarenta, gracias a las bases que, desde los puntos de vista económico, político y social, fueron fincadas durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas.

*Profesor e investigador de Tiempo Completo en la UNAM y miembro del SNI.

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