Por: Alexandro Guerrero

La semana pasada, tras publicarse mi columna de opinión aquí, en Regeneración.mx, en mi cuenta de Twitter apareció como un primer dientecito de leche, como retoño en flor, primera brizna de césped, auspicioso, dirían los astrólogos: mi primer bot. No me tomó por sorpresa, antes he sido objeto de ataques excesivos con el objetivo de anular mis derechos políticos (inalienables, por cierto) en hogueras de redes; la intentona de que uno se quede calladito, calladito, porque el saldo de autoridad moral se ha agotado con cualquier simulacioncita falsaria acusatoria de acallamiento. ¡Oye Salomé, perdónala!, ¡perdónala!

No replicaré las expresiones llenas de sentido crítico, amor (los del discurso de odio somos los “caquistas”), de conocimiento profundo de lo que se supone atacan (es obvio que ni siquiera se toman el trabajo de leer lo que atacan). ¡Impíos! Mi primer bot salta en defensa de Krauze, lo reivindica como “élite cultural”, ¡arrodillaos!

Una cosa es realismo, otra aspiracionismo; una más es sionismo y otra “no es lo mesmo que lo mismo”. Sólo de leer esos bien vibrados y luminosos improperios se me aceleró el pulso, no de ira o indignación, de júbilo. Porque aunque una golondrina no hace verano, la atención de un bot, su alienación, su venta absoluta de conciencia provocan una mezcla compleja.

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Yuri Lotman escribió: “Detrás de todas las máscaras de Apolo se encuentra Dionisios”. Perdonen la comparación, pero detrás de todas las imágenes de ánime, autos de carreras, monstruos, avengers y cuanto trauma se les ocurra, siempre, siempre, estará un bot. Podríamos ir a la profundidad, al psicoanálisis del bot, a su filogenética, a su convicción incluso, aunque convicción es lo último que tienen: funcionan onanistamente a partir de instrucciones, ¿descargan la pulsión?, sí; ¿tienen idea de lo que escriben?, no.

Un bot produce en las almas contemplativas y espirituales, o que al menos lo intentan, una santa indiferencia ignaciana. Basta un “like” o el corazoncito del Twitter, “retweet” a ellos con intención pura y sin malicia, sin palabra alguna, para que concluya la posible interacción. Cada bot lleva en lo más profundo de su alma una huella de abandono, su herida es su ira, son como Darth Vader: invitan a pasar al lado oscuro de la fuerza, a responder con toda la furia de la que uno sea capaz. No sé si reside en su interior un Anakin Skywalker amputado y asado a las brasas, lo cierto es que muestran un dolor recóndito y odio de clase. No lo advierten, pero es odio de clase, mas no conciencia: G.I. Joe virtual anticobra comunista.

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¿Qué puede uno desearle a estos personajes cábulas, haters sicarios de la Web?, que continúen con ahínco hasta ser el “bot del mes” en sus respectivas granjas, que luchen hasta derribar a la “dictadura plebiscitaria”. Un mensaje para sus jefes: provean a su bot de un diccionario mínimamente decente, así como los de antes (no virtual para que sientan el tomo), una constitución y, ¿por qué no?, alguno de los 17 libros escritos por su presidente AMLO (él no paga para que se los escriban, como Krauze).

Bot: en la 4T todos somos iguales, con los mismos derechos e iguales obligaciones. Honro tu fetichizado trabajo y te respeto en la injuria, soy juarista. Quiero pedirte que no me prives del “retweet”, y más: dame hasta con la cubeta, ¡venga tu pulsión escatológica! Necesito de ti, de ustedes, y ustedes viven de nosotros. No te llamaré “ninibot” porque sería ejercer violencia neoliberal, la misma que te ha condenado a ti, a tantos, a todos. Escribió Willhelm Reich: “Si te avasallan y explotan, admiras las fuerzas del ladrón”; escucha, hombre pequeño, el futuro no ha muerto para ti, bot.

* Músico, compositor y director de artes escénicas, es maestro en filosofía (UNAM) y licenciado en actuación egresado de La Casa del Teatro.

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