#IntelectualesYCulturaPop Literatura y violencia en México

Por Ramiro Padilla

RegeneraciónMx.- Si bien es cierto que las sociedades en general se han explicado la violencia por medio de la ficción a través de la historia, esta permuta y se va transformando en narrativa a través de los años. Hay textos clásicos como la Ilíada que cuentan por medio de la tradición oral la saga del asedio a Troya y sus héroes míticos.

También hay obras cumbre de la literatura universal como Guerra y paz de León Tolstói. En el caso mexicano podríamos explicar más bien la literatura desde la prohibición. Diría Mario Vargas Llosa que la gran tragedia latinoamericana fue la prohibición de los libros en la Nueva España por motivos religiosos. Tres siglos perdidos. El premio nobel Octavio Paz se quejaría con amargura de nuestra ausencia total en el siglo XVIII. Mientras los franceses llegaban a la ilustración, las colonias españolas estaban inmersas en la barbarie y la ignorancia. Quizá el punto neurálgico en el que la literatura de la violencia mexicana surgió ya como una narrativa completa y vinculante a nuestra realidad se daría a partir de la revolución de 1910.

Obras como Los de debajo, de Mariano Azuela, o La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, mostraron por primera vez al mexicano como revolucionario, como mestizo; desnudaron la violencia intrínseca de los estallidos sociales. Octavio Paz analizaría en El Laberinto de la soledad las diferencias entre rebelión, revolución y revuelta, por tanto: su significado último, sus implicaciones para el imaginario colectivo. Aunque estas son formas de violencia porque presuponen un destino violento, sus orígenes son distintos.

En un breve ensayo, Revuelta, revolución, rebelión, Paz disertaría precisamente acerca del significado que tienen estos tres sustantivos en lengua española. El ensayista sostenía que mientras la palabra “revuelta” había caído en el desprestigio, los conceptos “revolución” y “rebelión”, con el tiempo, fueron adquirieron un prestigio que aún continúa vigente y actuante.

Por otro lado, Paz también apuntó con agudeza: “El arte y el amor fueron rebeldes, la política y la filosofía revolucionarias”.

No obstante, con el advenimiento del partido hegemónico en el poder, incluso el significado de revolución también se vaciaría de significado.

Revolución se convertiría en una palabra que salta caprichosa en el salvapantallas de una vieja computadora.

Del periodo priísta mexicano, con pocos cambios, llegaríamos a la guerra sucia de los setenta y los abusos de los sistemas de inteligencia mexicanos en contra de los rebeldes. La revuelta estudiantil del 68 que se saldaría con un número indeterminado de muertos traería, a su vez, una narrativa específica de la violencia estatal.

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De allí surgirían libros como La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, Los días y los años, de Luis González de Alba, y Palinuro de México, de Fernando del Paso.

El sistema político mexicano entraría en un lento declive a mediados de los ochenta, lo que haría que para el año dos mil, una fingida alternancia democrática se instalaría vía un pacto entre las élites.

Pero no es sino hasta el 2006 que la violencia en México adquirió un nuevo significado. La desigualdad social, como pocas en el mundo, sería el perfecto caldo de cultivo para que un nuevo tipo de violencia apareciera. Violencia que haría parecer a la guerra revolucionaria como un juego de niños. Asistimos al festival macabro de los colgados, descuartizados y desaparecidos. Entonces los narradores mexicanos encontraron una veta por explotar. Surgieron los exponentes de una nueva literatura apegada a la realidad que vivimos. Había que explicar o intentar comprender este fenómeno inédito en nuestra historia. La cesión de grandes zonas de territorio al crimen organizado. Mientras en Los Pinos y los gobiernos estatales y municipales se inventaban las formas más creativas de robo al presupuesto, los narcos se convertían en autoridad.

Weber decía que el estado debía reservarse el monopolio del uso de la fuerza. Pero en México, simplemente, el Estado abdicaba su responsabilidad lo que dio espacio a un nuevo fenómeno: la literatura del narco. La posibilidad de explorar la violencia desde todas sus vertientes se convirtió en un camino seguro, pero ya no sólo para asegurar publicación en las grandes editoriales, sino también para ganar premios.

Pero esto no podría explicarse sin antes comprender el fenómeno conocido como la narcocultura. Desde el crecimiento de los grupos delincuenciales y su influencia en la cultura popular, nuevas formas de expresión poco a poco se fueron acuñando.

El corrido mexicano que había sido marginal por antonomasia se convirtió a fuerza de exposición en un fenómeno nacional.

Surgió una parafernalia, una manera de conducirse, una idea malsana de la hombría y el machismo. La literatura del narco mutó hacia las plataformas de streaming y los realizadores se dieron cuenta que había una mina de oro en las historias de narcos.

Actualmente, estas plataformas están llenas de narco historias. En aras de romantizar a los personajes ⎼que por lo demás suelen ser sicarios y homicidas implacables, capaces de torturar y asesinar niños y mujeres⎼ los criminales son presentados como una suerte de modernos Robin Hoods, de justicieros, que benefician a las comunidades en las que se asientan. Mediante escenas donde cunden las balaceras, el dinero y el desprecio por la vida, se ha inoculado una especie de sacralización por la violencia que genera el narcotráfico.

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Y en la literatura no podía ser diferente. Quizá uno de los temas más interesantes en la historia de la humanidad surge a partir de una pregunta que puede que no tenga respuesta: ¿Hay pueblos o sociedades que, por genética o por educación, sean más proclives a la violencia?

En Sudamérica se padecieron, como una plaga o una enfermedad, dictaduras militares, golpes de Estado, asonadas y cuartelazos, de los cuales los mexicanos estuvimos siempre vacunados. Podríamos incluso trazar una línea temporal que terminaría en Bolivia hace menos de un año.

Pero la violencia en México tiene un signo diferente. Mientras en Sudamérica todo tipo de violencia puede llevar, de manera directa o indirecta, a las diferencias ideológicas y políticas, en nuestro país la violencia generada por el narco es derivada de simples motivos económicos, lo cual representa una doble tragedia.

Hay una obra ensayística y periodística en México que es testimonio de esta realidad. Pérez Reverte escribiría “La reina de sur”. Autores contemporáneos como Antonio Ortuño, Elmer Mendoza o Emiliano Monge, entre otros, explicarían por medio de sus novelas la violencia contra los migrantes o la violencia del narco en general.

Pero también entraría en cuestión el asunto de la salud de la literatura de la violencia. Schopenhauer propuso una división entre estas dos literaturas encontradas que han existido desde siempre: aquella cuyos fines son estrictamente comerciales, y la otra, la literatura que ha soportado la prueba del tiempo. La que se podrá leer con el mismo gusto dentro de cien años.

Quizá la labor de los escritores es como la de los profetas del Antiguo Testamento: anunciar y denunciar.

En todo caso, es importantísimo dejar testimonio de los tiempos confusos, de los tiempos violentos donde los mexicanos fuimos víctimas colaterales de uno de los dioses más implacables que ha dado la humanidad: el dios dinero.

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* Narrador y ensayista ensenadense, es autor de México para extranjeros, Poder sociedad e imagen y El pequeño chairo ilustrado.