Por Ramón Cuéllar Márquez

  1. Descubra a su Octavio Paz y destrúyalo

El problema del instante es un afán de la poesía o más bien deberíamos decir que la poesía tiene su afán en el instante. Todos los seres humanos, consciente o inconscientemente, hemos querido detener el instante, o más bien a su imitador, el tiempo. Pero dentro de la sintaxis cotidiana, el tiempo, como tal, es sólo un argumento del discurso porque no se detiene; por eso es su imitador porque aspira a lo estático y el instante no lo es. Cuando el poeta llega a tocar el instante arriba quizá asombrado, quizá horrorizado, al mismo punto: el tiempo es una sustancia voraz. Ese tiempo se ha convertido en una idea, sujeto a la especulación y a la restricción del pensamiento.

Para la mayoría de los intelectuales de Occidente la idea del instante es parte de la misma idea del tiempo porque sólo llega a conformarse como un discurso y no como algo que se haya experimentado: el intelectual no conoce el instante porque vive instalado en el pensamiento, que es pasado, y constantemente proyectado hacia el futuro, que es también una idea del pasado. En resumen: el pensamiento es el lente por el cual se trata de ver el instante.

A lo largo de la historia de la Humanidad —la no escrita y la escrita—, la idea del instante ha perdurado porque siempre se está buscando algo, un hacia dónde ir, una persecución, una necesidad irrefrenable de que el aquí y el ahora no deben consumirse, no deben detenerse. A ese aquí y ahora el ser humano le ha llamado tiempo, eso que le devora las carnes y derrumba imperios en un abrir y cerrar de ojos: ¿cómo detener su paso? Lo cierto es que no hay escapatoria. Los seres humanos han buscado incasablemente que el tiempo se detenga, descubrir la eternidad.

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Una poesía escrita con el pensamiento no es poesía: es sólo discurso, o más bien prejuicio. El pensamiento necesita palabras, ideas, para sobrevivir; la poesía, no. La poesía nos libera de ellas. Aunque los poetas la escriban o describan con palabras, no deja de ser una herramienta, una cosa producida por el pensamiento. La palabra es tan sólo un prejuicio, una aproximación de la cosa que se nombra. La poesía, por tanto, no es una acumulación de prejuicios, sino el derrumbe de lo que creemos estable. La poesía revoluciona. La palabra sólo trata de dar testimonio. La poesía, en lo profundo, trastoca, rasga, cuestiona, asusta. La poesía, en esas condiciones, es peligrosa porque puede llevarnos a la locura. La poesía no busca explicaciones ni comodidades, de hecho, no busca nada: por ello es desquiciante.

  1. Octavio Paz es un falso poeta del instante

La lucha de Octavio Paz estriba en quererse liberar del tiempo lineal y adherirse al instante, que es de donde surge precisamente la poesía poderosa y peligrosa. Pero en realidad Paz nunca lo hace, sólo finge hacerlo. La poesía es peligrosa y trastoca nuestro mundo; pero la poesía de Octavio Paz es cautelosa, no se abisma, se estanca en su recreación intelectual, en el juego de palabras: en el prejuicio. Tal vez ocurra que le tema al instante, al reconocimiento de sí mismo en el instante: verse en su espejo. La poesía de Octavio Paz no es revelatoria porque le apuesta al discurso, a la que él llama poesía.

Octavio Paz es un erudito, pero no un poeta del instante: se convirtió a sí mismo en un edificio de ideas: en prejuicios. Al leerlo, el hallazgo desaparece, no hay confrontación, no hay derrumbes. A Octavio Paz no se entra fácilmente: se deslizó cómodamente sobre rieles: nunca se movió de ahí: utilizó las palabras hasta la saciedad, pero no encontró el instante, más bien lo evadió.

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Octavio Paz deseó la permanencia. Su Piedra de sol —por ejemplo— no es más que la búsqueda angustiante de esa permanencia, el instante. Tiene un horror a la no-permanencia. Eso se lee a lo largo del poema. Uno supone que al leer al poeta, lo importante es liberarnos, no de parecernos a él, lo cual ocurre con muchos críticos y ensayistas de Octavio Paz. Pues, bien, el instante no puede ser detenido porque es eterno, y lo eterno no puede ser nombrado: si así fuera adquiriría la condición de pasado y futuro, justamente de las cárceles que se quiere liberar el propio Octavio Paz poeta.

Cuando el poeta recorre el instante para liberarse del tiempo y en ese recorrido se ve a sí mismo, descubre la naturaleza de la poesía y el significado de su estancia en el mundo: pero no existe un signo que lo pueda nombrar, sino sólo una aproximación. De tal forma que el instante es silencioso y aplastante: puede producir miedo e incapacidad para nombrar. Nada de eso ocurre en Octavio Paz.

Balandra: Ah, el tiempo, esa burbuja inasible e instantánea.

Ramón Cuéllar Márquez. Nació en La Paz, B.C.S., en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado los libros de poesía: La prohibición del santo, Los cadáveres siguen allí, Observaciones y apuntes para desnudar la materia y Los poemas son para jugar; las novelas Volverá el silencio, Los cuerpos e Indagación a los cocodrilos; de cuentos Los círculos, y de ensayos, De varia estirpe.

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