Mientras personas de altos recursos económicos utilizan el subterráneo en otros países y ciudades del mundo, en México, las personas de este estrato social evitan hacerlo por diversas razones entre ellas la inseguridad.

 

Regeneración, 28 de agosto de 2017.– Más allá de razones económicas, el sector más privilegiado de la sociedad se niega a usar el Metro como medio de transporte por tres principales razones: la inseguridad, las rutas por las que transitan y… la gente que viaja en él.

Según un reportaje que realizó RT y fue publicado en abril de este año, personas con “altos ingresos” expresaron sus miedos en este medio de transporte, pero sólo demostraron poca astucia, curiosidad o inteligencia.

En el texto, el reportero, José Luis Montenegro, jamás aclaró qué era para él o en el contexto del reportaje un estrato social alto, pero entrevistó a tres personas: Juan Carlos, gerente de proyectos de mercadotecnia de un banco, quien vive en Naucalpan, Estado de México; Mariela, dueña de una incubadora de negocios de colonia Roma; y Jean-Pierre, un estudiante de 25 años, quien asiste a una de las universidades “más prestigiosas y costosas al poniente de la capital”.

De acuerdo con las entrevistas, en el primer caso, de Juan Carlos, un gerente de 38 años, prefiere gastar 300 pesos diarios de transporte en Uber que entrar al Metro.

«Prefiero gastar 300 pesos diarios en transporte privado, que arriesgarme a viajar en el Metro. En una ocasión, no pude entrar por la cantidad de gente que había en la estación, y cuando por fin lo logré, me percaté que habían robado mi teléfono celular que llevaba en el bolsillo. Lo denuncié pero las autoridades no me han resuelto nada. En verdad no sé cómo lo hacen, pero hay gente que a eso se dedica, a ‘bolsear’ a las personas en este transporte», dijo.

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Pese a todo, el Metro siguen teniendo una cifra baja de ilícitos se le compara con el número de personas que a diario viaja en él, o con la tasa de robos en el metro de Nueva York, que se le compara en número de usuarios.

Por otro lado, el texto refiere la experiencia de Mariela, quien vive y trabaja en la Roma y quien reconoce no tener idea de cómo usar el Sistema de Transporte Colectivo, incluso refiere una ocasión en la que trató de ir de la estación Chilpancingo al World Trade Center, pero terminó en Pantitlán; quizá porque la ruta que intentó seguir es inexistente, algo de lo que se habría dado cuenta de haber connsultado en cualquier mapa; aún así, intentó hacer un recorrido inexistente, pero del que de todas maneras se quejó.

«En alguna ocasión recuerdo que tenía que ir al World Trade Center, al sur de la CDMX. Como llevaba prisa, se me hizo fácil meterme a la estación Chilpancingo y terminé en la estación Pantitlán, una zona poco agradable y llena de camiones y vendedores ambulantes. Afortunadamente no me pasó nada ni tuve que lidiar con empujones o alguna clase de amenaza personal. Sin embargo, no me gusta el metro porque huele feo y las mujeres son muy agresivas cuando intentan subir o bajar del tren», dijo.

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Además el reportero, entrevistó a un estudiante de 25 años, Jean-Pierre, quien dijo generalmente usar el auto que le regalaron sus padres, un Camaro negro, pero compartió su “traumática” experiencia al entrar una vez al STC y observar de cerca los estragos del desempleo, la falta de oportunidades y la devaluación del peso.

«No me preguntes cómo llegué al metro, el punto es que al entrar y salir de las entrañas de este monstruo, me percaté que hay todo tipo de gente que vende cosas robadas, desde piratería hasta artículos usados e, incluso, marcas de cigarrillos que nadie conoce. ¿Quién regula a los comerciantes del Metro? Es una mafia. Por eso no avanzamos como país, porque todo lo hacemos de manera ilegal», indicó.

El texto está plagado de prejuicios, pues si bien el Metro tiene enormes problemas, es el transporte más eficiente de la Ciudad de México, aunque trabaja con un presupuesto reducido y sobrecupo que las autoridades no han podido resolver.