#Opinión: Gerardo de la Torre, viejo lobo de Marx

Las anécdotas con Gerardo parecen brotar de la misma fuente: el viejo lobo de Marx que nos invitaba a su casa o la cantina a beber tragos y discutir de libros y autores. Si algo no sucedía con De la Torre para con sus alumnos era el elogio dulzón y fácil, menos condescendiente, era un tipo hosco, crítico, juicioso.

Foto: Especial

RegeneraciónMx, 20 de enero de 2022.- No son pocos los recuerdos que tengo de Gerardo de la Torre, quien falleció hace tan poco que aún es fácil pensar que sigue en este plano de la realidad. Hacia mediados del año 2010, en un primer intento por comenzar a escribir “en serio”, ingresé a la Escuela de Escritores de Sogem, donde la plantilla de profesores la encabezaba Mario González Suárez, cuyo cuerpo de docentes tenía en sus filas a escritores de la estatura de Aline Pettersson, Jaime Augusto Shelley, Pablo Soler Frost, Fernando Fernández, Eduardo Parra Ramírez, Humberto Musacchio, el mismo González Suárez y Gerardo de la Torre, entre muchos otros, este último impartía el taller de cuento. En las viejas instalaciones de Héroes del 47, que hoy albergan el Teatro Coyoacán, un grupo de adolescentes intentábamos imitar el clan de los poetas malditos, a nuestro modo, con nuestras limitantes, pero algo había, y era la genuina necesidad de escribir y leer sin prejuicios, franca y obsesivamente. Ahí De la Torre fue un maestro incisivo.

 
                    Las anécdotas con Gerardo parecen brotar de la misma fuente: el viejo lobo de Marx que nos invitaba a su casa o la cantina a beber tragos y discutir de libros y autores. Si algo no sucedía con De la Torre para con sus alumnos era el elogio dulzón y fácil, menos condescendiente, era un tipo hosco (en apariencia), crítico, juicioso, lector empedernido de Hemingway (siempre nos ponía a leer Colinas como elefantes blancos). Recuerdo muy bien su fórmula, al menos una de ellas, acaso la favorita, para una “teoría del cuento”: lanza un personaje, créale un conflicto y después resuélvelo, ahí, en la resolución, está la esencia del cuento. Así de sencillo y de complejo. Sin duda, el autor de El vengador siempre nos recordaba que a escribir se aprende escribiendo, no con teorías, ni con consejos, no hay manual que valga si lo que se quiere es ser escritor, por lo que era necesario poner en la práctica, todos los días, la escritura y la lectura, sobre todo esta última.

                     Pero vuelvo a las anécdotas, y es una confesión ahora pública:

En una de aquellas noches de juerga, quise aprovechar la borrachera, y con mi propia borrachera a cuestas, quise sacar algunos libros de la casa de Gerardo, de esos miles que tenía en libreros. Y los saqué. En aquel entonces, un compañero de Sogem vivía en la azotea de ese edificio, en la esquina que hacen Vértiz y Xola. Subimos al cuarto de este compañero, seguimos bebiendo, yo con mi mochila llena de libros, 4 de Anagrama. Entrada la madrugada, ya muy borracho, intenté irme, pero no sabía que para poder salir debía abrirme la puerta algún inquilino, y mi amigo estaba ya muy borracho y dormido. No pasó mucho tiempo, cuando Gerardo bajó, me vio hojeando sus libros, me miró, extendió las manos, le devolví cada volumen, me abrió la puerta y me fui. No me dijo nada aquella madrugada, ni tiempo después en Sogem. Hasta ahí mi drama.

                        Tiempo después dejé Sogem, me inscribí a otra escuela y no volví a  la casa de Gerardo. Cuando entré a trabajar a Excélsior, y en el marco por sus ochenta años, la orden de trabajo para entrevistarlo se la asignaron a Luis Carlos Sánchez, pero le pedí a Víctor Torres que me diera la oportunidad de yo hacer la nota. Cuando llegué a su departamento, De la Torre me vio y lanzó lo que supuse una sonrisa, apenas esbozada, entre irónica y memoriosa, lo que me comprobó que me recordaba. Platicamos del incidente, me disculpé y seguimos la vida y la entrevista, así, sin hacer alboroto. Gerardo reconoció que en ese entonces yo era un chamaco, que así le solía pasar con los borrachos que se quieren hacer los vivillos, pero le daba gusto verme, y me recordaba como un lector juicioso y sensible, lo cual fue para mí un halago, qué duda cabe. Platicamos dos horas en promedio, me invitó un trago de ginebra, sin importar que eran las once de la mañana, después otro, me regaló Christine Falls, de Benjamin Black, el seudónimo de John Banville para publicar novela negra, charlamos del cuento como género, de sus autores favoritos, de las muchas traducciones que estaba realizando y así continuamos una amistad durante estos últimos años. Después se volvió un constante personaje de entrevistas, un guía, pues volví a charlar con él de cine, cómics, novela gráfica, incluso de la obra de José Carlos Becerra, junto a quien compartió clases en el Centro Mexicano de Escritores, donde ambos eran becados, para los diversos reportajes que escribí para diferentes medios. Volvimos a conversar una y otra vez, sobre todo de cuento, género, me permito la sinceridad, en el que no vimos al mejor De la Torre, pues fue en la novela, especialmente Los muchachos locos de aquel verano, acaso su mejor obra, donde hallamos la mejor versión del escritor.  Títulos como Morderán el polvo, Muertes de Aurora y Nieve sobre Oaxaca son testimonio de lo mordaz que fue Gerardo. Incluso, él mismo llegó a confesarme que se sentía, se sabía, más novelista que otra cosa.

                      Beisbolero de corazón, comunista en su juventud (quizá siempre lo fue), De la Torre fue un hombre de línea dura, se peleó con muchos de sus amigos, siempre llegábamos al tema de René Avilés, tuvo algunos muy buenos, de toda la vida, como Juan Manuel Torres, y muchos petroleros que fue olvidando y se fueron olvidando de él, pero que existía una memoria común. Incluso, la última vez que lo vi en su casa, me contó de las llamadas que tuvo con algunos de sus excompañeros de Pemex que estaban falleciendo.    

                       Vaya, pues, un abrazo a Gerardo de la Torre, el viejo lobo de Marx.

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#Opinión: Trilce, a 100 años

Es 2022 lóbrego para enmarcar los 100 años de una obra igual de oscura y compleja: el Trilce del enorme César Vallejo.

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RegeneraciónMx, 13 de enero de 2022.- Entramos a 2022 y la vida no depara nada que pinte esperanzador: más COVID-19, más guerra, más debacle mundial, como cada año, y las muertes siguen in crescendo. Entramos a 2022 y, dice el meme, es como el 2020 –too–, entonces nada que nos pueda hacer sentir animosos con lo que el futuro nos ponga en las proximidades. Es 2022 lóbrego para enmarcar los 100 años de una obra igual de oscura y compleja: el Trilce del enorme César Vallejo. En aquel lejano 1922, el clima político mundial se debate entre la dictadura y la otra dictadura, es decir, por un lado Moussolini llegaba al poder en Italia, mientras que Stalin erigía el comienzo de la URSS en diciembre de aquel año. Para ese año, la influencia de Europa sobre América aún era dominante, penetraba no sólo a nivel ideológico o político, sino a nivel social, cultural y artístico.

Por tal motivo, no es difícil anclar Trilce a las corrientes vanguardistas de inicios de 1900, como por ejemplo el dadaísmo, ideología estética de donde abreva este largo poema, pues, aunque son LXXVII –doble– poemas, parece que una sola esencia y discurso recorre todo el libro. Desde el nombre del libro, ya entendemos una declaración de principios por parte del autor, pues es indefinible la palabra, bien podría ser una combinación de “triste” y “dulce”, como se ha dicho, como también puede ser una palabra sin el menor de las intenciones de compresión, y creo que me puedo ir por esa segunda interpretación. A mi entender, Vallejo compuso un libro críptico con toda la idea de que así fuera, inasible, complejo, con una estructura que a veces apela a la forma clásicas, cuartetos, tercetos, y otras veces anda libre, tanto en sus estrofas como en la versificación.   

Qué es lo que caracteriza a este libro: su pesadumbre. El ánimo con el que fue escrito es el del encierro, por decir lo menos, el de la sombra, la enorme losa que carga sobre su emotividad Vallejo le impide escribir un libro esperanzador o alegre, pues Trilce está más cerca de lo elegiaco que de cualquier otro subgénero lírico. 

Así yo me decía: Si vendrá aquel espejo

Que de tan esperado, ya pasa de cristal.

Me acababa la vida, ¿para qué?

Me acababa la vida, para alzarnos

                  Sólo de espejo a espejo.

Y es en el dadaísmo donde sustenta, reitero, su sentido y su poética este libro, pues el juego verbal, los malabares rítmicos, de sonido, el lúdico componer las palabras es lo que pone de manifiesto lo vanguardista de este poema, de estos poemas. Es en ese juego de espejo donde el autor nos adentra en la temporalidad de la vida, de la misma condición del ser humano, es en esa honda, pero compleja reflexión sobre la cárcel, sobre la sombra del encierro, pues cabe destacar que Vallejo pasó tiempo en las celdas, donde está el verdadero pulso del poeta, del poeta latinoamericano, esa tristeza, esas palabras que le pertenecen a un idioma, a una tierra es lo que hace original, revolucionario a este gran poeta.    

Celebraciones como esta sólo permiten revalorar obras que parecen perderse entre los muchos libros y las muchas alabanzas alrededor suyo. Me aventuro a decir que Trilce ha envejecido sabiamente, aún se lee fresco, desordenado, pero con sus ritmos internos, con sus propias reglas.  Valdría, entonces, releer a Vallejo, no sólo Trilce, sino la obra poética, como Los Heraldos negros, y cuentística (que no es menor, pero no alcanza la grandeza de la poesía) de este escritor peruano que ha sido un gran maestro para los poetas de esta enorme tierra lírica que es el Perú.   

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#Opinión: Libros para el fin de año (IV)

‘Donde una vez tus ojos ahora crecen orquídeas’, un testimonio real y frenético de las mujeres desaparecidas, contado desde la poesía.

Foto: Twitter Rocío Benítez

Por Mario Alberto Medrano

RegeneraciónMx, 22 de diciembre de 2021.-

‘Donde una vez tus ojos ahora crecen orquídeas’

Ganadora del Premio Iberoamericano de poesía Minerva Margarita Villarreal, 2020, Rocío G. Benítez entabla vasos comunicantes entre tres diversos actos: el poético, el periodístico y el feminista. Con la intensidad del verso corto, va orquestando una voz común, un yo colectivo en el que las mujeres (la mujer) son una sola voz coral:

“Eso le contó mi abuela a mi madre

Mi madre a mí

                           y yo

                                                a ustedes”.

Una vez puesta la voz en su lugar, aquella que nos contará, entre testigo/cómplice/personaje, la narración avanza con un arco dramático que tiene punto de partida y encuentro en la desaparición de una niña en circunstancias violentas, ahí, en ese rondar la tragedia, como periodista que le da vueltas a la nota, la autora va expandiendo el radio de acción de la tragedia:

“TE NEGARÁS a llamarle: Hija mía a dos pedazos de hueso. Dirás yo no paría fragmentos de cráneo”.

Foto: Twitter Rocío Benítez

La vehemencia con que está escrito este libro abreva del pulso acelerado de la nota roja, de las atmósferas de la calle y sus circunstancias, pero con la hondura reflexiva de la poeta que mira con detenimiento, que no lanza una nota para publicarse al otro día, sino que ha lamido sus heridas por largo tiempo para, al final, lanzar un artefacto artístico de la calidad de este libro.

“UN DÍA LLAMARON para decir

                                                                  ¡La encontramos!

[…]

A nadie le dirás que en esa llamada te dijeron:

los golpes que mataron a su hija (a su niña)

a la cría de su vientre

                                        fueron secos y precisos…”

Foto: Especial

Este no es un libro fácil de leer ni de digerir. Hay que hacer pausas para entrar en el universo poético de Benítez, aunque entre la crudeza de las imágenes, nacen lirios y orquídeas. Es un libro entre el horror y la belleza.

No cabe duda que la autora entrega un testimonio real y frenético de las mujeres desaparecidas, y no lo hace (como pedía Antonio Gamoneda que se hiciera) con el lenguaje de los medios ni el poder, sino desde la vitrina del acto poético, el cual es mucho más persona y, muchas veces, más auténtico. Sin temor a equivocarme, es el verso corto –más tenso, cuyas cuerdas musicales son más agudas– el que provoca que el libro mantenga una velocidad en la enunciación, agiliza el encuentro con la imagen (“Si algo florece ahí/será rojo seco/ y violento»).

En este rastro humano al que no invita su autora, hay que llegar con la valentía y el honor de saber que con este libro, la autora, con quien pude charlar, se asumió primero como mujer y no como periodística, acto que siempre le había ocurrido al revés. Aquí, entonces, la declaración de principios de una autora que da muestras de estar ofreciendo su alma y su oficio a las letras y el periodismo.   

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#Opinión: Libros para el fin de año (III)

Aquí, mis nuevas recomendaciones sobre los libros de este año.

Por Mario Alberto Medrano

RegeneraciónMx, 16 de diciembre de 2021.- El invencible verano de Liliana (Random House, 2021). Esta novela, a mitad del testimonio y la ficción, se compone de una tremenda herida fraterna: el asesinato de Liliana Rivera Garza, hermana de Cristina. En este universo lleno de recuerdos, playlist, viacrucis por dependencias federales y ministerios públicos para reabrir el caso de Liliana, Cristina Rivera mete todo en una sola obra, se confiesa y se libera, hace catarsis, pero no olvida, no sana del todo, pues el feminicida sigue libre, nunca fue apresado por la policía. Llaga y cicatriz, ‘El invencible verano de Liliana’ no sólo forma parte de una “saga” de libros sobre la familia, sino que interpela la realidad misma de la autora. Sin duda, es una de las obras más intensas que leí este año.

Un verdor terrible (Anagrama, 2020). Pocas veces (sobre todo con tal astucia), la literatura y las ciencias exactas conviven en una atmósfera propia de la credulidad inventada. En este libro de cuentos, Benjamín Labatut engrana la historia de científicos relevantes en la historia de la ciencia universal para formar una maquinaria borgiana, donde las situaciones y los personajes son tan creíbles y posibles, con una mirada punzante y original, que provocan en el lector la sensación de mito y de timo. El escritor chileno ejercita sus dotes de borgiano y pasa de las enciclopedias y los testimonios, la intimidad que únicamente se puede crear en el imaginario. Éste es un tremendo libro de cuentos.

Esbirros (Páginas de Espuma, 2021). Antonio Ortuño recopila once cuentos sobre las relaciones de poder, la brutalidad, la venganza. En conjunto, los cuentos crean una urdimbre tejida de elementos como la sátira la violencia mexicana. Organizados en tres estaciones —Ayer, Hoy y Mañana—, cada relato habita con el anterior y posterior, en una suerte de juego de espejos donde se mira a la cara la violencia y se multiplica la venganza, así como se refleja a detalle la relación de poder entre los personajes. Acaso el cuento más logrado entre el volumen sea ‘Tiburón’, cuya estructura polifónica hace recordar ‘Corazones solitarios’, de Rubem Fonseca.

La música de las bibliotecas. Política y poética de un espacio público, hoy (Biblioteca Nacional del Perú, 2021). Este largo ensayo de Daniel Golding da cuenta de la relación del lector con las bibliotecas, su silencio y el espacio donde el usuario convive con los libros, sus rincones. Ensayo que experimenta con formas variadas, propone un diálogo abierto en torno a las bibliotecas, especialmente las públicas, como espacios habitables, de soledad, tolerancia, diversidad, refugio y acompañamiento. También nos invita a pensar el valor de la palabra escrita, nuestra comunicación con las artes y la naturaleza, todo con la destreza y cuidado de un editor como lo es Golding.

Al final del miedo (Páginas de Espuma, 2021). Con este libro de cuentos, Cecilia Eudave se consolida como una cuentista muy bien calibrada, eficaz. Los ocho cuentos ponen en esgrima la idea del fin del mundo con la más tediosa de las cotidianidades de los personajes que atraviesan el libro, pues es común hallar intercomunicaciones de personajes entre cuentos, lo que da la sensación de estar leyendo una novela o una historia larga. Los agujeros negros se expanden hasta hacer caer todo en ese abismo de nada.   

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#Opinión: Libros para el fin de año (II)

Regeneración Mx, 09 de diciembre de 2021.- La pobreza (Galaxia Gutenberg, 2020). En el poema Aún, Antonio Gamoneda confesó “Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia. Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría si dijese su nombre”. Es precisamente una de esas dos pasiones de las que hablaba, la que le da título a su segundo libro de memorias: La pobreza. Esta travesía se compone de la adolescencia, su primer empleo y la formación del incipiente poeta que, en ese entonces, era el español. Sin la potencia de su obra poética, este libro narrativo es la radiografía de un escritor, quien suele ir a ejercitar la soledad. A veces melancólico, casi siempre reflexivo, Gamoneda da un repaso por una España franquista y el proceso para dejar de serla. Además, el proceso del poeta en efervescencia amorosa e intelectual. A la mitad entre la novela y el diario, La pobreza puede ser confesionario del español permite conocer un poco más al autor de El libro del frío, desde la distancia del narrador y la intimidad del poeta.

Esta carta está en tus labios [1935] Cartas de amor de Octavio Paz a Elena Garro (Ediciones del Lirio, 2021). Este libro bien puede verse como una confesión no pedida o la indiscreción de un amante novel (y también Nobel) hacia su enamorada. Con una introducción de la académica Eva Castañeda, el prólogo de José María Espinasa y los estudios y notas del investigador Alberto Enríquez Perea, esta recopilación de misivas y fotografías de Octavio Paz y Elena Garro son un testimonio de la relación febril entre dos autores fundamentales en la literatura mexicana, así como de la Ciudad de México en la época de los años 30.

Los periodistas. (Joaquín Mortiz, 1978). El periodismo moderno en México comenzó con un grupo: el que albergó Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. Ese mítico diario (incluso forma parte de las lecturas obligadas en las carreras de Comunicación y Periodismo) es el objeto de esta novela, diario, apuntes de Vicente Leñero, quien fue parte de la pléyade de autores que amalgamaron ese proyecto editorial. Lo sabroso de esta obra es la mirada interrogante e incisiva de Leñero, quien hace el ejercicio del columnista que conoce a los actores políticos, describe a la perfección las artimañas que se sucedieron para sacar de la cooperativa al grupo de Scherer, la mano oculta del Ejecutivo priista de Luis Echeverría para sacarlos de la dirección del Diario de la vida Nacional. Acaso, uno de los mejores libros de Leñero, donde pone a trabajar todo el arsenal del escritor que pasa de la ficción al documental, que va de la prosa narrativa a la informativa. Tremenda novela.

Su cuerpo y otras fiestas (Anagrama, 2018). Cada uno de los cuentos de Carmen María Machado reunidos en este volumen son trepidantes, una vorágine de imágenes, una prosa que lacera. Casi siempre narrados por mujeres, los relatos de esta obra van del cuerpo hacia afuera, de la violencia al erotismo (sentido desde la piel). Son ocho, y cada uno de los cuentos es un universo de terror o de lo real imaginario, pasa por la ciencia ficción y el humor negro instalado en la más cruenta de las realidad. María Machado es una autora genial.

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#Opinión: Libros para el fin de año (I)

Durante este mes, daré algunas sugerencias sobre los libros que he leído a los largo de 2021 y que me han fascinado, algunos serán novedades, otros, relecturas.

Mugre rosa (Random House, 2021). La novela de Fernanda Trías es igual de opresiva que La azotea, su anterior obra. Vuelve, una vez más, con las obsesiones que la persiguen: el encierro, el cuerpo deformado por la enfermedad y añade una extra, la relación con la madre y la maternidad. Si La azotea es la novela sobre el padre, esta última pone en juego la relación con la progenitora, el deseo de no tener hijos y la conflictiva posibilidad de no saber cómo lidiar con ellos.  En medio de un caos que hoy nos es familiar como el de una pandemia (aunque la obra no se escribió durante el aislamiento del covid-19), Trías orquesta, mediante una narrativa detallada, atrozmente poética, una música para el encierro y el caos.

El expediente de Anna Ajmátova (Alfaguara, 2021). Vamos, Ajmátova por sí misma es ya atractivo. En esta novela, Alberto Ruy Sánchez no se propone narrar una vida, sino la fijación de una celadora con la poeta rusa. La dictadura stalinista, el empleo de los medios necesarios para sobrevivir, todo envuelto por la voz de una poeta sin ornatos, clara en su enunciación, reflexiva, una poesía acmeísta. Abandonando el estilo barroco con el que compuso El quinteto de Mogador, Ruy Sánchez narra con más sencillez, con cierta soltura. Expediente Ajmátova se compone, podría decirse, de varios fragmentos de novela, pues cada página es el inicio de una nueva historia.

Alfred Hitchcock presenta: Cuentos que mi madre nunca me contó (Blackie Books, 2021). A la manera de lo ocurrido con Borges y Cortázar con sendos libros sobre cuentos que les fascinaron, ahora se hace un muestrario de relatos que pusieron en la mente del maestro del suspenso algunos gramos de horror e intriga. Los 20 relatos compilados son significativos, entre ellos: El viento, de Ray Bradbury; Los años amargos, de Dana Lyon; Nuestros amigos los pájaros, de Philip MacDonald; Los veraneantes, de Shirley Jackson; Los hijos de Noé, de Richard Matheson; Adiós, papá, de Joe Gores; Onagra, de John Collier. Es una excelente vitrina iniciática para quienes desean entrar en el universo del terror y el suspenso literario. Qué hace esta antología diferente a otras de este mismo perfil, sencillamente que son cuentos recomendados por Hitchcock.

El hombre prehistórico es también una mujer (Lumen, 2021). En este sesudo ensayo, Maryléne Patou-Mathis da pistas sobre las labores que las mujeres realizaban en la época de las cuevas y cavernas y desmitifica la vieja usanza de barrer cuevas o preparar comida que se le acredita a las mujeres, pues a decir de la autora francesa, ellas también estaban en el ejercicio de cazar animales, fabricaban armas y herramientas, construían viviendas y se lanzaban en avanzada a la exploración de territorios. Con esta investigación arqueológica, Patou-Mathis pone de manifiesto la jerarquización de géneros y sus implicaciones en la vida social posterior.

#Opinión: Ampuero, la violencia rutinaria

Volveré a los temas que hace tiempo había tratado: la literatura escrita por mujeres en América Latina. Entonces, regreso a un sitio acechado y lúgubre, el universo cuentístico de María Fernanda Ampuero, acaso la escritora ecuatoriana que mejor entiende el caos y la violencia como verdaderos detonadores literarios. Entonces, sí, retomo a María Fernanda pues este 2021, en medio de una pandemia, publicó un nuevo libro: Sacrificios humanos (Páginas de espuma).

¿Qué hace tan atractivo el trabajo de la ecuatoriana? Sin temor a equivocarme es su penetrante mirada de periodista trasladada a la ficción breve. Si algo caracteriza Sacrificios humanos es lo bien calibrado que está todo el conjunto narrativo, además de la certera trasmutación de una realidad atroz (como ocurre en el relato “Biografía”) en un juego de apariencias e invenciones. Con la apertura de este cuento, el lector entiende que está por ingresar a un territorio salvaje, incómodo, lleno de guiños al cine de terror ochentero y, sin duda, la más viva de las crónicas periodísticas, acaso exagerada, pero real y contundente.

Sacrificios humanos no es un libro adjetivo, sino sustantivo, no está lleno ni de ornato ni de festividades, sino de palabras justas, bien colocadas. A María Fernanda el adjetivo no se le resbala, lo contiene, y va, con una narrativa bien dominada, dejando que las situaciones se sucedan con naturalidad, no hay descripciones vastas ni desequilibrio en el telón de fondo producto de una sobreadjetivación de ambientes. Lo social se vuelve un tesoro incrustado que relumbra en el fondo, pues los personajes de este libro de cuentos carecen de juicios de valor, son directos, frontales, saben herir salvajemente, arrancan el abrazo de una palabra.

Evidentemente, es una cuestión de gustos, pero Pelea de gallos, su primer libro de este género, me parece más equilibrado. En Sacrificios humanos hay un puñado de relatos superiores a otros, como es el caso de “Biografía” –el mejor de todo el volumen-, así como “Elegidas”, “Freaks” y “Sacrificios”. En Pelea de gallos (Páginas de espuma, 2018), los 13 cuentos son devastadores, comenzado por Subasta –también el primero y creo el mejor. Entonces, queda claro que María Fernanda Ampuero sabe muy bien elegir la obertura de la música que es toda su oda al terror y la violencia.

Creo que aún estamos por ver en el futuro a la mejor María Fernanda, cuando sus obsesiones e ideología tomen rumbos, me refiere al de la poesía, género del que no está nada lejana, pues cada cuento suyo tiene incrustadas esquirlas poéticas del filo de César Vallejo y Alejandra Pizarnik.

Foto: Páginas de Espuma

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Agradezco a Martha Rojas y a RegeneracionMX por el espacio que me otorgan para tratar temas sobre literatura y cultura. Así como la confianza para considerar que mi voz tiene algo importante y trascendente que decir en cuanto al ámbito cultural y artístico de nuestro país. Vaya, pues, para los lectores este espacio donde intentaré dar a conocer novedades literarias, así como obsesiones de autores y autoras a quienes vuelvo una y otra vez, como el río intentando gastar la piedra.