Por Miguel Martín Felipe

Las fiestas patrias que acabamos de vivir sientan un precedente inédito. Hay sin duda un cambio de paradigma al que ya nos vamos acostumbrando.

Se siente raro un clima de fiestas patrias donde la campaña promocional no emana de forma invasiva de la televisión y de los anunciantes que la sostienen. Recuerdo que durante la década de los 90 y primera de los 2000, Televisa era la entidad encargada de recordarnos que debíamos celebrar a “nuestro bello país”, “nuestro querido México”, “la tierra que nos vio nacer” y otros clichés que ahora, no sin lamentarnos un poco, nos damos cuenta de que eran palabras huecas que nos reivindicaban no como ciudadanos patriotas, sino como simples consumidores sumisos ante un producto más que era nuestra noción de mexicanidad.

Esa mexicanidad que poco a poco se va deconstruyendo, estaba basada en tres pilares principales que sostenía la fallida industria cultural con la anuencia del régimen neoliberal. Las coberturas de Televisa para los mundiales de futbol han estado siempre encaminadas a que se consumiera todo lo relacionado con dichos eventos y con el pretexto nacionalista de por medio. Existía una cierta intención de elevar a la selección nacional (siempre cribada y manejada por Televisa) al rango de un representativo heroico, y la producción de dichos eventos con canciones tradicionales y motivos tricolor por todos lados hacía que las pasiones se desbordaran y que, pasado el trago amargo de la inexorable eliminación, se dijera: “ahora sí comienza el Mundial”.

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El maquiavélico manejo de la religiosidad durante los festejos a la Virgen de Guadalupe era otra puesta en escena, donde el estado laico y la diversidad de culto pasaban a segundo término mientras que Televisa (antes de que media plantilla de su star system se refugiara en el protestantismo para que “Cristo los alejara de los excesos”) echaba toda la carne al asador para convencernos de que nuestra mexicanidad radicaba en la práctica religiosa.

Las celebraciones del Grito de Independencia eran toda una institución en Televisa, que a través de sus pantallas y gracias a la deferencia de sus anunciantes, llevaba hasta nuestros hogares una noche llena de cantantes ataviados de charros y chinas poblanas interpretando música vernácula, así como sketches en los que se vituperaba a la figura del “indito” en favor de una mexicanidad que solamente reconocía el mestizaje. Asimismo, el punto álgido de la transmisión era el Grito de Independencia, que el presidente en turno celebraba junto a su corte integrada generalmente por empresarios, políticos y sus respectivas familias, y que culminaba con banquetes opíparos a los cuales nunca podría aspirar el mexicano que abarrotaba el zócalo con su banderita y su impermeable de plástico delgado que le era insuficiente para aguantar la lluvia septembrina en el tortuoso regreso a casa vía transporte público.

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Sin duda que las cosas van cambiando para bien. Ante los ojos del mexicano promedio se abre un mundo totalmente nuevo, donde Quetzalcóatl, Huitzilopochtli y Coyolxauqui son los protagonistas de la iluminación que adorna un zócalo donde se ha instalado una recreación del Templo Mayor de Tenochtitlán. En otros días se representó el ancestral juego de pelota azteca, con el festivo y cómplice público gritando “¡gol!” a cada anotación de los participantes caracterizados como dioses, en un partido donde venció Mictlantecuhtli.

La nueva mexicanidad que se va gestando nos hace sentir no solo orgullosos, sino conscientes de la responsabilidad de recuperar tradiciones ancestrales y profundas que pueden resultar en un antídoto para combatir al nocivo pensamiento individualista que las décadas de neoliberalismo nos dejaron.

Por supuesto que es válido gritar “¡Viva México!”, pero reconociendo plenamente que este grito viaje por el universo proveniente del ombligo de la luna, y nace en el pecho de un pueblo digno y bondadoso que ahora vive plenamente para sanar sus heridas con base en el desagravio.

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