Béla Tarr ya no filmará más silencios. El titán del cine húngaro falleció este lunes. Tenía 70 años y mucha historia encima
Regeneración, 6 de enero de 2026.– Murió en un hospital de Budapest. Sufrió enfermedades «prolongadas y graves», confirmó su hijastra.
Reka Gaborjani dio la noticia con tristeza. La Academia de Cine Europeo también lo despidió. El mundo pierde a un rebelde inquebrantable.
De los astilleros a la cámara

Béla no nació en cuna de oro. Empezó a filmar a los 16 años. Trabajó en astilleros y como humilde recepcionista.
Su cine siempre miró a los olvidados. Nido familiar fue su debut en 1979. Capturó la asfixia de la clase obrera. Era un «tallador de piedra medieval» con cámara.
Así lo definió con tino A.O. Scott.

El tiempo como arma política
Sus películas no eran para comer palomitas. Sátántangó dura siete largas y crudas horas. Es su obra maestra de 1994. Muestra pueblos que caen ante falsos mesías.
O sea, una metáfora de nuestra realidad.

Tarr odiaba la política populista de Orbán. El sistema húngaro siempre quiso callar su voz. En la década de los 80, el gobierno cerró su estudio.
Pero Béla nunca bajó la mirada ante nadie.
Legado de un hombre radical
Se retiró joven, a los 56 años. «Habíamos hecho todo lo que queríamos», afirmó. Lo dijo con la calma de los grandes.
Su última joya fue El caballo de Turín. Ganó el Gran Premio en Berlín 2011.

László Krasznahorkai, Nobel de Literatura, lo describió mejor: «Un artista «imparable, brutal e inquebrantable».
Sin él, el cine será terriblemente aburrido.

«Béla Tarr fue un gigante que esculpió imágenes tan míticas que resulta difícil expresar sus logros con palabras. Un talento que marcó toda una época.»

Nos queda su blanco y negro eterno. Descanse en paz, compañero de las sombras.












