Por Tania Campos Thomas

En 1516, el humanista inglés Thomas Moro publicó su Libro de oro tan inútil como divertido, sobre la mejor condición del Estado y sobre la nueva isla Utopía. Desde entonces la palabra utopía se utiliza para referir al ideal de sociedad, aunque por supuesto no se considera del mismo modo que en el siglo XVI.

Derivado de los vocablos griegos “u” y “topos” (“en ninguna parte”), en casi todas las definiciones la utopía es asociada a la imposibilidad. Es así que para concepciones políticas diversas la utopía es, con absoluta simpleza, imposible: es decir, inexistente e irrealizable.

Quienes se identifican con eso que conocemos en el ámbito de las filias y fobias políticas como “derecha” aseguran que lo que no es capitalismo (único camino viable según su concepción socioeconómica) es utópico, de manera que no hay forma alguna de que exista y, claro está, ni el intento valdría la pena.

Desde el origen de la idea en la que se fundamenta, se atribuye la utopía a las posturas de “izquierda”. Sin embargo, tantas izquierdas como utopías habremos de encontrar si hacemos caso a aquello de que no hay una sola manera de concebir el mundo, por tanto tampoco hay un único modo ideal en la aspiración de transformarlo.

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Algunas de las concepciones que se asumen más lejanas al capitalismo rampante comparten con los defensores de éste último la idea de que la utopía es imposible de realizar. La paradoja habita ahí donde hablamos de la intención de crear una sociedad menos injusta, al mismo tiempo que la condenamos a la imposibilidad.

Sin embargo, como indica el doctor Enrique Dussel, el tema de la utopía es más bien el de la posibilidad. En otras palabras: la utopía no se trata de una alternativa perfecta, sino de la posibilidad presente de transformación del sistema.

El lugar de la utopía es en el horizonte, indica Eduardo Galeano, ahí donde es ideal hacia el que nos dirigimos aunque nunca lo alcancemos porque sirve para caminar. Pero la caminata continua transforma, lo mismo a quien camina que a los lugares por los que pasa; como dice Antonio Machado: “se hace camino al andar”.

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A las “derechas” les falta el ideal humanista, ya lo sabemos. Lo que a veces desconcierta es que haya “izquierdas” que, tratando de instalarse en la utopía, terminan en la residencia del “pero” a cuenta de restarle méritos al gobierno actual. Lo imperfecto como argumento para dejar, diría Silvio Rodríguez, sillas en el medio del camino, peligrosas porque invitan a parar.

La utopía es rumbo y da sentido, pero lo necesario es la transformación. La invitación no es a la renuncia del ideal ni a dejar de ser críticos, sino a andar haciendo el sendero de la posibilidad. Como dice el doctor Dussel: “hay que ser realistas críticos: ni críticos idealistas, ni realistas sin crítica”.

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