¡Muera el clasismo!

El clasismo nos afecta a la tremenda mayoría de los mexicanos, hasta a quienes lo niegan. Sumémonos al clamor: ¡Muera el clasismo!

El clasismo nos afecta a la tremenda mayoría de los mexicanos, hasta a quienes lo niegan. Sumémonos al clamor: ¡Muera el clasismo!

Por Gerardo Salas

RegeneraciónMx, 20 de septiembre de 2022.- Por más inconcebible que pueda parecer, hay un grupo de la población a quien le desagradó mucho el que el presidente Andrés Manuel López Obrador haya reconstruido el tradicional grito de independencia el pasado 16 de septiembre, y, en mayor grado se sienten ofendidos, por haber incluido las frases: ¡Muera la corrupción!, ¡Muera el clasismo! Y ¡Muera el racismo!

Primero decir que Miguel Hidalgo, en el histórico grito de dolores, tuvo un formato muy cercano al expresado por AMLO. Si bien no hay un consenso entre los historiadores, la versión mas aceptada de las expresiones que hizo el cura aquella noche de 1810 es la siguiente: «¡Viva la religión!, ¡viva nuestra madre santísima de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII!, ¡viva la América y muera el mal gobierno!». Es decir, hubo mensajes a favor de la religión, en pro de la corona (ya habrá espacio para analizar ello) y en contra de lo que el pueblo reconocía como un mal gobierno.

Ahora bien, lo que más alboroto ha causado entre los conservadores es el hecho que se haya mencionado al clasismo y al racismo. No dudo que también les molesté que se denoste la corrupción, origen de la riqueza del PRIANismo, pero eso lo han de reservar para sus pensamientos.

¿Por qué les molesta?

En su lógica, mencionan que López Obrador es quien promueve el clasismo y racismo al nombrar como “fifís” a los acaudalados.

Como acertadamente mencionó la doctora Viri Ríos en un tuit, el decirle fifí a alguien no es clasismo. En todo caso es un apodo o una mofa. Lo que sí es clasismo es el mecanismo de opresión sistémico con consecuencias directas en la vida del pueblo.

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AMLO no esta creando al clasismo al decir fifís. Él solo está evidenciando una marcada división entre las clases sociales, separadas por influyentísimo y los privilegios inasequibles para el resto.

Clasista sí es el continuo repudio a Obrador por venir de un pueblo que en su vida habían escuchado, por tener un color de piel que representa al grueso de la población, por burlarse porque no domina un idioma extranjero.

Clasista es creer que el pobre es pobre porque quiere, como si el hambre y la miseria fuera una opción gratificante de elegir.

Clasista es llamar “mantenidos” a quienes reciben algún apoyo social.

El presidente solo le da nombre a lo ya existente. La división de clases ha sido promovida, consciente o inconscientemente, por los creyentes del modelo neoliberal, a quienes ahora les molesta que se hable de las consecuencias desastrosas que ha traído.

Hay que promover la unidad, dicen los ofendidos, porque consideran que antes no había divisiones. Se equivocan, las divisiones en el pasado no solo ya existían, sino que lastimosamente se iban profundizando con el paso del tiempo. Un claro ejemplo resulta ser el movimiento Zapatista en los 90s, quienes alzaron la voz para dar luz a los rezagos que estaba generando el modelo neoliberal, sin embargo, fueron señalados de divisores y revoltosos. Aquí en Baja California hace apenas unos años unos jornaleros de San Quintín, hartos de los abusos laborales, tomaron vialidades y se declararon en huelga. Les llamaron flojos y exagerados.

La unidad a la que aspiran es una legislativa como el Pacto por México en tiempos de Peña Nieto o la aberrante alianza electoral del PAN-PRI-PRD, concordias que solo promueven la retención de privilegios de su elite. Es claro que los conservadores realmente no quieren “unidad”, solo quieren un pueblo silenciado ante las injusticias sistémicas.

Ahora con el surgimiento de nuevas formas de difundir las opiniones, y no solo de las voces que consideran aptas los medios de comunicación de la época, es que se ha podido escuchar con fuerza los temas que afectan de los mas desfavorecidos como lo son el racismo y clasismo.

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Los dolidos creen que son producto de la meritocracia, consideran que lo obtenido es gracias a que su esfuerzo  es mayor al de “los pobres”. En su ideología no está el hecho de que son consecuencias con condiciones estructurales a su prioridad. Claro, han de tener su merito, pero es solo un factor en una sopa de variables externas a ellos. Ni los logros nos pertenecen ni la desventaja nos debe estigmatizar.

Y ojo, el problema no son los privilegios per se, sino que el grueso de la población no pueda acceder a ellos, aunque se esfuerce arduamente.

¿Cómo combatir el clasismo?

Hace siglos les llamaban divisores a quienes pedían por lo menos un día de descanso en su semana laboral, o apenas hace unas décadas en México se les consideraba desunificadores a quienes defendían el derecho al voto de la mujer. Hoy son temas aceptados.

Quisiera decir que dentro de un coto plazo se logrará erradicar el clasismo, pero la vía no es sencilla: es indispensable combatir las diferencias estructurales entre clases. Un primer paso es aceptar que existe, y el segundo sería generar conciencia de clase. Al menos que pertenezcas a esa elite fifí que literalmente tiene millones de pesos de ingresos al mes, te tengo noticias, eres pueblo. Eres parte del sector que por más que te esfuerces, estudies y trabajes, ni tu, ni tus hijos, ni tus nietos, ni tus bisnietos, lograrán pertenecer a un sector donde los privilegios abundan.

El clasismo nos afecta a la tremenda mayoría de los mexicanos, hasta a quienes lo niegan. Sumémonos al clamor: ¡Muera el clasismo!