Davos 99, fin de siglo

Discurso de por Laura Esquivel  en el Foro Económico Mundial Davos, enero de 1999

Por Laura Esquivel

 Hace algunos años Bob Dylan, en voz de Peter, Paul y Mary lanzó al mundo estas interrogantes: “How many roads must a man walk down, before they call him a man? How many seas must a white dove sail, befote she sleeps in the sand? How many times must the cannon balls fly, before they’re forever banned?….”
Laura-Esquivel
 
Las respuestas siguen flotando en el aire y yo quisiera ahora, en este año inmediatamente anterior al final del siglo XX, preguntarles: ¿cuánto tiempo ha pasado desde que el hombre conquistó el fuego? Demasiado. Demasiado camino se ha recorrido desde que el ser humano dejó la recolección, la vida nómada y la depredación meramente instintiva. Demasiado tiempo ha pasado desde que organizamos rituales sociales, familiares y personales para recordarnos a cada momento que la vida tiene un sentido. Y mucho tiempo ha pasado ya desde que aprendimos a transformar los alimentos naturales en platillos suculentos y altamente civilizados. Fue alrededor del fuego donde se dio el paso fundamental que nos diferenció para siempre de la naturaleza salvaje, del puro instinto. Gracias a su utilización se pudo transformar un vegetal o un trozo de carne cruda en alimento cocido. Con la conquista del fuego, el hombre convirtió un acto elemental de supervivencia en algo superior. El fuego civilizador, actuando al servicio del deseo humano, logró la creación de aromas, de texturas, de proporciones, de combinaciones que, a la manera de la ciencia y el arte, le dieron un sentido a la actividad alimenticia. El sentido mismo de la historia: la búsqueda del bien. Todo acto gastronómico es un acto comunitario ya que siempre se trabaja para el bien del otro, aunque en algunos casos ese otro sea uno mismo. Es un acto que busca compartirse para resultar pleno. 
 
Por ello toda gran cocina es el producto de una tradición y representa el gusto de muchas generaciones heredado a través de un acto sensible, de un acto ritual. Me pregunto cuántos caminos se anduvieron, cuántos encuentros se dieron, cuántas conquistas tuvieron que pasar antes de que el jitomate americano y los fideos chinos llegaran a Italia y surgiera el espagueti. ¿O el chocolate americano llegara a Europa y sedujera los paladares de los suizos? ¿Cuántos días y noches alrededor del fuego hay atrás de cada uno de los platillos de la comida china, francesa, italiana, mexicana o de cualquier parte del mundo? ¿Se imaginan cuántos conocimientos, cuántos sueños, cuántos deseos, cuánta poesía encierran? ¿Cómo puede entonces hablarse de competencia o leyes de mercado frente a un platillo, por demás sofisticado y elaborado? ¿Cómo equiparar los logros en el campo de la gastronomía con los de la economía? ¿Cómo hablar de progreso, de desarrollo, de democracia, de bienestar, cuando millones de personas mueren en el mundo por falta de alimento? ¿ se puede hablar de civilización frente al alarmante crecimiento de la pobreza? Tal parece que no. El liberalismo a ultranza nos remite a la ley de la selva, a la supervivencia del más fuerte, a que las empresas grandes devoren a las pequeñas, a que un país abusivo y usurero pretenda dominar el destino de los otros. Los defensores de las economías de competencia despiadada piensan que esa barbarie es sana para lo que ellos llaman “competitividad”, pero, que a mi ver, tal práctica lo único que pretende es ponernos los unos contra los otros con el único fin de obtener mayores ganancias económicas. El resultado ha sido catastrófico. Porque nadie me puede decir que so pretexto del desarrollo económico es saludable destruir bosques, contaminar ríos y acabar con la capa de ozono. Como si el universo estuviera atomizado, como si se ignorara que estamos interconectados y que una catástrofe ecológica nos afecta a todos, igualito que cuando cae una bolsa de valores y contagia a las de los demás países. Por lo mismo nunca he entendido la razón por la que se pone un tope al salario mínimo de los obreros pero no uno a la ganancia máxima que sus patrones van a obtener con el producto de su trabajo. ¿En serio nadie se da cuenta de que la acumulación del capital en manos de unos cuantos le quita oportunidades de desarrollo a la gran mayoría? Y si lo saben, ¿por qué lo permiten? Yo quisiera preguntarles a esos apologistas de la brutalidad ¿cuál es el sentido entonces de la historia humana? Porque si alguien considera que la historia de la cultura universal se reduce a un proceso de competencia absurda por la posesión de la riqueza y del poder absoluto, tendríamos que enfrentar el hecho de que aquello que llamamos civilización es, y ha sido, una gran mentira. Tendríamos que sostener que todos los esfuerzos civilizadores, incluido este World Economic Forum, no han sido mas que formas disfrazadas de perversión en la mente del hombre, mas que una trampa para satisfacer su insaciable sed depredadora. Tendríamos que hablar de incapacidad que tiene el ser humano para superar su condición cazadora y de su enorme imposibilidad para pensar, al menos por un instante, en el bienestar de sus semejantes. Si llegamos a creer esto, realmente sería forzoso responder: ¿Para qué han servido las universidades? ¿Para qué han servido las religiones? ¿Para qué los lazos familiares, amistosos, sentimentales, incluso políticos? ¿Para qué ha servido fundamentalmente el arte? ¿Fue la modernidad la culpable de que nos distanciáramos de la sensualidad? ¿ Fue el progreso el asesino de las emociones? ¿En qué momento nos insensibilizamos ante el dolor humano?
 
El poder sentir forma parte del poder existir. Siento, luego existo. Mientras más siento, más conciente estoy de mi propia presencia en el mundo y de lo delicioso que es formar parte de un todo. Al tocar, al oler, al saborear, al admirar un paisaje, al sentirse parte de él, uno experimenta una placentera armonía. En ese sentido, la sensualidad nos lleva al disfrute del vivir, a estar en paz con uno mismo y, yendo más allá, a sentir la presencia de quien nos creo, démosle el nombre que le demos. Un minuto de paz se multiplica aritmética y progresivamente en horas de bienestar. Lo malo es que el consumismo nos ha hecho cree que uno obtiene paz por medio de la obtención de bienes materiales: si tengo, me siento bien. ¡Esto crea una total confusión! Si uno busca obtener satisfacción a través de la posesión de bienes materiales, en lugar de paz obtiene intranquilidad, pues uno se convierte en el guardián de la riqueza personal. Y entonces uno vive para producir, consumir y cuidar pertenencias del alcance de los otros. Y yo me pregunto ¿para qué? Si lo importante no es la producción en sí, sino el hombre que produce. Luego; lo primordial debería ser el bienestar del hombre. ¿Qué tipo de bienestar? El más elemental. Según entiendo, el hombre, para vivir, necesita aire, agua, sol y alimentos. El agua escasea y cada día está más contaminada con desechos industriales. El aire que respiramos en las grandes ciudades está envenenado. Los campesinos abandonan la siembra y emigran a las capitales en busca de mejores oportunidades dentro de una fábrica maquiladora. Millones de obreros que producen riqueza con grandes esfuerzos ni siquiera tiene acceso a la supervivencia digna que da la alimentación civilizada, que fue el sentido original del esfuerzo humano. Y la pregunta obligada es: ¿en verdad la idea del progreso es el bienestar del hombre o su prioridad es buscar el crecimiento del capital? Tal parece que lo segundo pues el capital cuenta con todo tipo de privilegios. AL capital se le es permitido viajar de un país a otro en busca de bancos que le produzcan mayores intereses, pero a un obrero no se le permite ir a trabajar a donde mejor le paguen.
 
La miseria es generalizada, pues el que no carece de dinero lo tiene en abundancia y sufre porque tiene que cuidarlo. La calidad de vida tanto de los grandes empresarios como de los obreros que sostienen la economía es lamentable. Ninguna tiene tiempo de comer como Dios manda pues se pasan la vida produciendo incansablemente en busca de la riqueza. El discurso de la riqueza es el de la economía. Si se piensa, se actúa y se sueña basándose en el discurso de la riqueza se está anulando la posibilidad de pensar en los demás y cada vez queda más lejos aquel tiempo en el que nos interesaba compartir nuestra mesa con los otros. Nos hemos alejado de la cocina y con ello hemos perdido la conexión con lo que somos. La modernidad no nos deja tiempo para las actividades culinarias porque le aterra el pasado, le desagrada la memoria, quiere partir de cero y perseguir una idea de progreso que ya a nadie convence, quiere volvernos seres al servicio de una maquinaria de riqueza para unos cuantos desmemoriados, olvidadizos y sin gusto. ¿Se puede evitar la catástrofe? Espero que si, si no ¿cuánto tiempo creen que nos va a tomar acabar con el planeta? ¿A qué nos va a saber el cemento cuando no haya nada que comer? ¿Aprenderemos a respirar del capital especulativo? ¿De qué va a servir que la Bolsa de Valores esté a la alza el día que estalle una guerra nuclear? ¿ A qué sabe la riqueza?
 
Tal vez la única salida que nos queda es rescatar el fuego civilizador y convertirlo nuevamente en el centro de nuestro hogar. No creo que la idea de Prometeo fuera que lo utilizáramos en fábricas de armamento, mucho menos para destruirnos entre nosotros. Reunámonos junto a él para reflexionar sobre el verdadero rumbo de nuestros actos, de nuestras luchas, de nuestra relación íntima con la vida. Nadie que verdaderamente entienda el sentido de la civilización a través del acto cotidiano de la cocina, que representa una entrega desinteresada, puede seguir viendo el mundo desde un ángulo de mezquindad y avaricia. 
 
Recuperemos el culto a la cocina, para que dentro de ese espacio de libertad y democracia podamos recordar, más allá de todas las torpezas, cuál es el significado que queremos dar a nuestra existencia.
 
Los invito a organizar una cruzada por la recuperación del fuego sagrado. Cocinemos en los talleres, en los campos, en las fábricas, en las casas de bolsa, en las maquiladoras. Si lo hacemos con amor, quien quita y hasta logremos el milagro de conmover los corazones de los inversionistas, quien quita y en un éxtasis de placer el Fondo Monetario Internacional le condona a los países del tercer mundo la deuda externa, quien quita y los patrones decidan compartir sus ganancias con los obreros, quien quita y los hacedores de la guerra renuncien a su lucha antiterrorista, a su política de miedo, quien quita y los fabricantes se den cuenta de que la riqueza no les garantiza la permanencia de la vida en el planeta y se decidan a acabar con el hambre y la destrucción ecológica, quien quita y los adinerados del mundo, en lugar de invertir su dinero en la bolsa de valores, decidan hacerlo en seres humanos, en darles comida, casa y educación. Bueno, ¿se imaginan que ya en un ataque de lujuria los gobernantes renunciaran al negocio de la guerra y se pusieran a hacer el amor? ¿Se imaginan? ¿Te imaginas John Lennon? ¿lo llegaremos a ver? O alguien matará nuestro sueño como mataros el tuyo. ¿Será posible cambiar antes de que termine el siglo XXI? ¿Podremos hacer un mundo mejor? Creo que apenas estamos a tiempo. ¿Cuánto falta para que el hombre voltee y se dé cuenta de que su vecino sufre de hambre? ¿Cuánto tiempo falta para entender que no sólo de capital vive el hombre? Y como diría Bob Dylan: “How many times must a man look up before he can see the sky? How many years must one man have, before he can hear people cry? How many deaths will it take till he knows that too many people have died? ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo falta?

A Bob Dylan, quien acaba de vender sus partituras para seguir viviendo.

Foro Económico Mundial
Davos, enero de 1999