La lluvia en el desierto: «Bendición o Calamidad» para los saharauis

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    Esta es una breve crónica en los campamentos de refugiados saharauis cuyas viviendas fueron destruidas por lluvias torrenciales de los últimos días, provocando una emergencia humanitaria “Los saharauis nada tienen y la nada te dan”: proverbio

    Luna Yedra

    Regeneración, 26 de octubre de 2015. La mañana del viernes me despertaron los fuertes vientos y el sonido de la lluvia que golpeaba contra las frágiles paredes de la casa de adobe que mis padres habían construido con mucho esfuerzo unos años atrás. El ruido que provocaba ese choque era aterrador. Nunca en estos nueve años que tengo de vida me había encontrado con una situación así. Antes pensaba que la lluvia siempre escasa traía bendiciones y regocijo, yo jugaba con mis amigos en los pequeños charcos que dejaba. Al jugar imaginábamos enormes oasis, sobre todo en la lluvias después de los largos veranos de hasta 50 grados a los que nos vemos sometidos con regularidad.

    La lluvia aumentaba y con ella el sonido que golpeaba las paredes, quise ir a refugiarme a nuestra jaima (1) ese espacio cálido y fresco en el que comúnmente toda la familia se reúne, en donde recibimos a los invitados, preparamos el té, comemos y charlamos. Antes de ese día siempre me había parecido el lugar más seguro del mundo, aunque mi mundo se reduzca a las secas piedras color ocre que me rodean. Al salir vi nuestra hermosa jaima destruida. Mi corazón se destrozó. Pensé que el mundo entero se destruía con ella. Quise llorar pero no pude, en realidad no sé como es eso. Mi abuela siempre ha dicho que somos refugiados pero que no debemos hablar de nuestro dolor y que algún día regresaremos al mar. Yo no sé como es el mar pero cada noche sueño con él y lo imagino. Quise imaginarlo pero el sonido de la lluvia convirtió la imagen en un gran e inmenso torrencial de agua en el que me ahogaba y en él nuestra jaima y mi familia y las cabras y los camellos.

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    “¡Las cabras y los camellos!” pensé y corrí a buscarlos. La arena se me pegaba al cuerpo por el agua y me entraba por los ojos, dolía mucho. Cuando por fin pude reponerme y logré abrir los ojos, vi a nuestras cabras y a nuestros camellos en el piso, estaban muertos, ahogados en los grandes charcos, pensé que no podía ser peor. Me equivoqué.

    Pasaron así cinco, seis y hasta siete días, cada vez era peor, ahora ya son diez días. Mi familia y yo fuimos a casa de nuestros vecinos porque nuestra casa estaba a punto de desaparecer. Después todos tuvimos que ir a la casa de otros vecinos, no había nada que pudiera detener las tormentas que acababan con todo. La electricidad, el gas y la comida también se fueron con la lluvia.

    Todos intentaban ayudar a todos, sin embargo a todos la desgracia alcanzaba. Miles de cabras, camellos, casas, jaimas y comida desapareció en estos días. Cuarenta años esperando a regresar al mar y sólo cuatro días para quedarnos sin nada.

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    Nuestras sonrisas esconden el miedo y la tristeza, si, también los saharauis tenemos miedo y nos invade la tristeza. Tenemos miedo de que la lluvia borré nuestro esfuerzo, tenemos miedo de quedar enterrados en el tiempo, tenemos miedo de permanecer aquí como lo hemos hecho desde hace cuarenta años.

    Los más viejos tienen miedo de morir aquí; los más jóvenes tienen miedo de más hijos jugando en el exilio y nunca conocer el mar.

    ¡Alhamdulillah, alhamdulillah, alhamdulillah!(2) resonaba por todo el campamento. -Hemos tenido una gran perdida material- dijo mi madre al besarme. -Ninguna humana-, continuó. Y sonrió como lo hace un saharaui ante la adversidad.

    Los mayores dicen que es una catástrofe y que hoy más que nunca estamos frágiles y necesitamos ayuda. Todas las provincias de los campamentos de refugiados saharauis se han visto afectadas y hay una destrucción masiva.

    Mientras, yo intento imaginar como se encuentra mi amigo Ahmed, su familia, sus abuelos, su papá, su mamá, sus hermanos, sus cabras y sus camellos y su jaima. Me pregunto si ellos también estarán viviendo lo mismo que estamos viviendo nosotros. Y si sus cabras habrán muerto como lo hicieron las nuestras. Si las mías estuvieran vivas se las daría para que pudieran comer y ser alegres y recibir a sus invitados y darles de comer. Pienso mientras sigue lloviendo.

    ¿Será que tendremos que volver a alzar nuestras casas en estos campamentos o será que con todo el campamento destruido podremos por fin regresar a nuestro territorio ocupado por Marruecos y encontrar ahí nuestra libertad?

    Informe: Desde el viernes 16 de Octubre hasta ahora fuertes lluvias azotan los campamentos de refugiados saharauis en el noroeste de Argelia. Las últimas notificaciones calculan que casi 12,000 familias saharauis han sufrido perdidas totales y parciales. Son 168 mil refugiados que el Polisario estima hay en los campamentos. Se hace un llamamiento internacional a todas las ONG´s y los gobiernos para apoyar al pueblo saharaui en su lucha contra la resistencia, el olvido y la adversidad natural a la que se están viendo sometidos. Las casas que aún siguen en pie en todos los campamentos son un peligro para sus habitantes, ya que en cualquier momento pueden destruirse. Además del riesgo que corren a desatarse epidemias por el agua estancada.