Los otros problemas de Morena

Nuestro partido, pese a los avances irrefutables, ha vivido un desgaste que más que intenso, es profundo, es decir, que ha herido el interior del movimiento y que molesta a la militancia lopezobradorista

 

Los otros problemas de Morena.

Adrián Peralta Márquez, 21 de mayo del 2020.

Siendo recientes las celebraciones del día del maestro, bien cabría recordar a la más noble y, a la vez, la más dura de las maestras: la Historia. La realidad pauperizada, ya antes acuñada como posmodernidad, ha sido brutal en su influencia sobre el escenario político y la opinión pública. Nuestro partido, pese a los avances irrefutables, ha vivido un desgaste que más que intenso, es profundo, es decir, que ha herido el interior del movimiento y que molesta a la militancia lopezobradorista.

Sin soslayar la urgente necesidad del cambio de dirigencia, hay que destacar otra variante y causa del malestar militante. Los temas que ocupan el centro de las conversaciones entre compañeros y compañeras son los mismos desde los últimos cuatro años: la imposición de candidaturas, el nepotismo e influyentismo, así como el favoritismo por el externo adinerado, siempre en detrimento del militante formado en el partido movimiento, repitiéndose esto con mayor énfasis en contra de las mujeres.

No debería sorprendernos que estos sean los problemas de Morena, pero sí debemos ser atentos al señalamiento que hacen sobre cuál es el obstáculo primario: la tibieza y la ambigüedad. Como juventudes del movimiento se nos educó y formó en el ideario lopezobradorista, nos construimos una identidad a partir del pensamiento crítico y así es como nos pronunciamos por la visibilización del malestar orgánico de la militancia.

Los casos que más han ofendido y mellado la esencia del partido pueden distinguirse entre sí, sin embargo, todo se resume a la putrefacción de los valores militantes, al corrompimiento del espíritu transformador de su militancia.

Por un lado, la vacuidad de la ignorancia feudal de Lilly Téllez y Claudia Balderas en el Senado, y de no pocos diputados federales en Cámara baja. Compartiendo esa naturaleza anacrónica y pétrea, hay docenas de legisladores locales que accedieron a los espacios de representación a través de las siglas de Morena, pero que en los hechos han declarado la guerra frontal a la agenda progresista del movimiento. Tal situación ha sido criticada de norte a sur, siendo particularmente reaccionarios en Nuevo León, el Bajío y la península de Yucatán, pues además de confrontarse con la esencia del lopezobradorismo, no han faltado los pérfidos que se arrodillan ante los gobiernos estatales corruptos, sirviendo de peones para golpear al nuevo régimen democrático y a su marca principal.

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Por otra parte, el partido se halla infestado por una plaga que ya trastoca sus órganos internos: la caterva de agentes promotores de la corrupción. Su característica esencial es el oportunismo, la miseria moral y el cinismo inescrupuloso de sus actos. Se comportan como los adversarios que ya enfrentamos antes, cuando la victoria era sólo una luz en el horizonte. Ahora tenemos que lidiar con el enemigo en casa, y para no sucumbir deberemos estar unidos e instruidos, porque nuevamente la circunstancia nos coloca en desventaja. Hoy nuestra lucha es por limpiar al movimiento en su vida orgánica y su vida en la función pública.

Para obedecer y consagrar nuestra voluntad colectiva al cumplimiento puntual del axioma “Primero los pobres”, será fundamental e imprescindible depurar al movimiento de aquellos que en lugar de legislar a favor de la salud del pueblo, lo hacen en contubernio con la mafia de la farmacéutica o promoviendo los abyectos intereses de la industria de la comida chatarra; de los que les niegan los derechos a las mujeres y a la diversidad sexual; de los que con dinero público corrompen a la militancia; de los que se alían a los intereses de la opulencia frívola y se olvidan de su origen de carencias; será importantísimo acendrar a aquellos que no remaron ni una legua, pero hoy están más cerca del timón que las propias bases, tan cerca que ya se saborean la capitanía de una nave que no les pertenece.

Para fundar la nueva política que propone el presidente López Obrador, habrá que sacudirnos a esas garrapatas corruptas y conservadoras, que hace solo unos años celebraban la humillación a personas tan honorables y valiosas como nuestras maestras y maestros.

Una vez dicho lo anterior, cabe señalar que el único camino que responde con autenticidad a la necesidad histórica que se aprecia infranqueable, es la formación política y la reconexión organizativa con la labor militante que hizo posible el triunfo en 2018. Esta ruta crítica se revela cuando se conoce que los problemas y malestares ya mencionados ofenden y lastiman esencialmente a ese trabajo que construyó la estructura del partido y le dio vitalidad al movimiento, y que se realizó con austeridad, con un esfuerzo titánico que muchas veces se tornó en sacrificio. La ofensa se corona porque otros personajes viles gozan de los frutos de esa siembra.

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Así son las cosas: cuando somos testigos de la corrupción denigrante que carcome los espacios del movimiento, la mera satisfacción de la victoria de un proyecto y el avance paulatino en su concreción son poco para el espíritu. El daño moral y ético que se inflige sobre la militancia ya no sólo se reduce a los candidatos externos, impuestos y corruptos, sino que trasciende a los nombramientos en la alta burocracia. Estas asignaciones parecen repetir la lógica de favorecer al fuereño opulento, pero presentan una variante: el entronamiento de un segmento dirigente del movimiento, cuya posición privilegiada desde el mismísimo perredismo, terminó por descafeinar su espíritu transformador. En otras palabras, estos personajes se han traicionado a sí mismos, a su militancia y son un obstáculo en la reorientación de las políticas en beneficio sustancial de las mayorías empobrecidas y dolientes. Hoy, ocupando las altas direcciones de dependencias e instituciones públicas, ejercen su poder, desentumen los anquilosados tentáculos del influyentismo y el amiguismo, del compadrazgo y el nepotismo. Mas no solo de esta forma se distancian del pueblo, también han optado por defender algunas posiciones propias de sus privilegios, por ejemplo, la reducción de salarios a los altos mandos de gobierno, la efímera reducción del 30% al salario como una medida crítica frente a la pandemia, y la generación de nuevos estándares para la medición de la riqueza, para conocer lo abismal e insondable de la desigualdad entre los ricos y los pobres de México. Ni siquiera secundan las más tibias propuestas, menos aún lo harán con toda nuestra actividad política, pese a que ésta tenga las miras puestas en el fortalecimiento de la idea del Estado de Bienestar como un referente posible en la búsqueda de un nuevo paradigma político, social, económico y cultural.

Como hemos podido observar en los últimos meses, negar estos problemas sólo agravará la crisis del partido y condenará al espíritu transformador del movimiento lopezobradorista al marasmo y la muerte, convirtiéndose así Morena en la desesperanza de México.