Por Miguel Martín Felipe

El neoliberalismo nos dejó una sociedad totalmente mercantilizada y donde ciertos intereses de nicho son intocables en más de un aspecto dentro de las redes; un panorama donde la ostentación de lo que sea es una marca de prestigio, una bandera que se defiende con la vida, porque, parafraseando a Gustavo Adolfo Bécquer en El monte de las ánimas, se convierte en la divisa de sus almas.

Resulta triste que mucha gente se aferre a sus gustos en un afán de reivindicar su autenticidad y superioridad. Considero a esa vanidad un signo inequívoco del pensamiento individualista. Ha habido una tendencia, incluso dentro de personas que se identifican como progresistas, de replicar esta conducta.

Una de las máximas del pensamiento progresista fue siempre pugnar por la cultura; a ser posible la alta cultura, pero también la recuperación de aquella emanada de los pueblos originarios. Era común en los años 90 ver entrar a las librerías de viejo a aquellos estereotipos del “rojillo” clásico, con un ejemplar de La Jornada doblado bajo el brazo y en busca de alguna pieza a buen precio para ir a hojearla en un establecimiento de penetrante olor a café.

Por supuesto que las generalizaciones son riesgosas y hasta perjudiciales, pero ciertamente sí me encuentro ahora a muchas de esas personas -que, por mi edad, no fueron mis contemporáneos- en franco desacuerdo con el gobierno actual, pues dicen que “no es auténtica izquierda”. Logro entrever que debajo de eso subyace la sensación de que ya no son especiales, que la izquierda se volvió mainstream y la chusma dio portazo, por lo que ellos se deben diferenciar de alguna forma y terminan prodigando odio a la llamada 4T, al presidente (a quien acusan de falsario) y a quienes lo apoyamos no nos bajan de ignorantes. Por otro lado, muchos de los que encajan en la descripción del párrafo anterior, pero que decidieron tomar partido del lado de AMLO, no pueden abandonar prácticas como la vanidad, el aspiracionismo y el clasismo. Se evidencia que aún somos una sociedad que adolece de empatía, humildad e inteligencia emocional.

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Ahora bien, en diversos ámbitos está siempre presente la ostentación de la pertenencia a una institución educativa como marca de prestigio. El culto a la profesión es una práctica igualmente individualista más vieja que el propio neoliberalismo. Las loas a la carrera propia o ajena en un contexto de perenne desigualdad, donde una muy pequeña parte de la población tiene la oportunidad de estudiar una licenciatura, me parecen algo incongruente y hasta inmoral.

Asimismo, suscribo totalmente lo que dice el presidente, pues ciertamente la UNAM dejó desde hace mucho tiempo de ser el bastión de pensamiento crítico que fue en otros tiempos. Nadie me va a contar, pues he impartido clases y compartido aulas con estudiantes y egresados de la UNAM que están totalmente despolitizados y que se formaron como profesionistas con una visión totalmente utilitaria acerca de sus carreras, donde sería impensable ya no lanzarse hacia una cruzada romántica por desfacer el gran entuerto que constituye el conflicto social (como algunos hacemos), sino al menos tomar conciencia de que hay desigualdad y de que no solo fue su celebrada “inteligencia” lo que los puso en el camino del estudio.

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Y es inevitable remitirse al presidente una vez más como modelo a seguir. Egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, lejos de presumir que es “azul y oro”, crea nuevas universidades en las que actualmente 29 mil jóvenes se forman en diversas carreras con un enfoque comunitario y humanista. Las siempre saturadas universidades públicas ya no tienen cabida para estos jóvenes y están contaminadas de individualismo, así que la solución era obvia.

Rechacemos totalmente el culto a la profesión y la ostentación de las instituciones como si eso nos hiciera superiores. Solo cuando la educación sea para todos, cantaré mi primer Goya. Hasta entonces, trabajo arduo y bajo perfil. Si a AMLO le funciona, a nosotros también.

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