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Por Jesús González SchmalCon una irresponsabilidad sorprendente, calderonismo todavía festina el crecimiento exponencial de la actividad depredatoria
 
No hay espacio para enumerar los casos patéticos de destrucción de antiguos pueblos mineros

El auge minero en el mundo capitalista tiene un atractivo compulsivo por los grandes rendimientos sobre el capital invertido. Tal como lo tuvo en sus tiempos la Revolución Industrial, con la proletarización del trabajo. No obstante, hoy, la explotación minera tiene otro ingrediente, que es el de que la rentabilidad estratosférica que se logra es, siempre, en detrimento y con el costo de la absoluta depredación tridimensional del medio ambiente (agua del subsuelo, corteza terrestre y atmósfera). La depreciación del trabajo humano al rivalizar con las máquinas tuvo la respuesta de las movilizaciones sociales comunistas y sindicalistas que a la fecha atemperan, aunque no resuelven todavía, en forma general, la injusticia en la relación laboral.
 
Las consecuencias de la actividad minera, lejos de poderse, siquiera, paliar, son, en cambio, ya, un hecho irreversible en sus consecuencias devastadoras. A diferencia de la explotación minera tradicional, de la horadación por túneles subterráneos para extraer, de las vetas localizadas, los minerales deseados, ahora se practica un método de obtención de estos a través de la explosión, con dinamita, de gigantescas porciones de nuestra orografía, pulverizando inmensos volúmenes de materia terrosa y rocosa. Sin poder jugar con la exageración o dramatización de las palabras, el avance de este exterminio de flora, fauna y consistencia de la corteza terrestre, el caso es, simplemente, la muerte de la naturaleza, que es el ecocidio.
 
Por si fuera poco lo reseñado, para su cabal comprensión debe agregarse que, después del trance destructivo descrito, se requerirá procesar la materia pulverizada a través de un proceso de lixiviación en extensos terraplenes con base en agua y cianuro para lograr los minúsculos sedimentos de metales preciosos cuando los hay. El consumo hídrico fenomenal y la contaminación de los mantos freáticos del subsuelo son efectos irremisibles, generalmente, en zonas semidesérticas.
 
Es evidente el que un gobierno como el de Calderón, frente a la ausencia de una política coherente para promover el empleo y el desarrollo, sacrificados por la prioridad de la militarización nacional, recurre al camino fácil, dando continuidad a lo que había hecho Fox, es decir, a la oferta de concesiones de amplísimas superficies (se calcula, ya, una tercera parte del territorio nacional) para su exploración y explotación bajo el método de “tajo a cielo abierto” que se ha descrito en líneas anteriores.
 
Con una irresponsabilidad sorprendente, el calderonismo todavía festina el crecimiento exponencial de éste tipo de minería depredatoria, producto de la fiebre por los aumentos excepcionales del precio del oro, la plata y el cobre que han atraído, sobre todo, a negociantes canadienses, invadiendo, ya, el territorio por la ventaja de que sus empresas mexicanas pueden ser propiedad total de extranjeros. De 250 millones a 7 mil 647 millones, en los 12 años neopanistas, ha crecido la inversión en el rubro. Desde luego, no se cuantifica la pérdida de capital natural y los perjuicios sociales que tales negocios dejan como saldos irrecuperables a la nación.
 
No hay espacio para enumerar los casos patéticos de destrucción de antiguos pueblos mineros y un vasto entorno arrasado, como es el caso, emblemático, del Cerro y Mineral de San Pedro, en San Luis Potosí, con más de cinco años convirtiendo en ruinas el otrora majestuoso paisaje montañoso. Ni con esta evidencia, las secretarías del Medio Ambiente y Economía han dejado de firmar las concesiones.
 
Es ineludible, en estos históricos momentos en la lucha por la defensa de la democracia, mencionar que el único candidato con un programa para prohibir la explotación minera de “tajo a cielo abierto” fue Andrés Manuel López Obrador, del Movimiento Progresista. También, a propósito de la última tragedia del crimen industrial de siete mineros del carbón en Muzquiz, ofreció no sólo el rescate de los restos de 65 mineros sepultados en Pasta de Conchos desde hace 6 años, sino, ademas, la modificación radical para el respeto a la seguridad de los trabajadores, para no pagar con sangre y dolor los trabajos infrahumanos de precaria retribución e inmensos riesgos, que son evitables.
 
Por ello, la decisión de dar continuidad en políticas de minería a cielo abierto y de aceptación a condiciones infrahumanas de trabajo en las minas de carbón, o de cambiar a una inquebrantable voluntad de preservar la integridad física y ecológica del territorio nacional, así como la observancia de la ley en el trabajo minero, estarán en juego en la resolución que dicte el Tribunal Federal Electoral.
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