El federalismo en México y los nuevos coordinadores

Importa subrayar el contexto original de la decisión: adelgazar una burocracia excesiva para asegurar que el presupuesto llegue a la gente de México

por Federico Anaya-Gallardo

Regeneración, 7 de Agosto de 2018. El pasado 11 de julio de 2018, el ganador de la elección presidencial mexicana anunció la simplificación del sistema de enlace entre la administración federal y los gobiernos de los Estados.

Al igual que en nuestros vecinos septentrionales (EUA y Canadá) cualquier cuestión relacionada con los derechos de las entidades federativas produce escozor y disputa.

Importa subrayar el contexto original de la decisión: adelgazar una burocracia excesiva para asegurar que el presupuesto llegue a la gente.

En conferencia de prensa, Andrés Manuel explicó que durante la campaña pudo constatar cómo en algunas entidades existen hasta veinte delegaciones federales, representando a diversas dependencias.

Se trata de concentrar en una sola persona esas funciones de enlace. Una lista de las 32 coordinaciones se distribuyó a los medios en ese mismo momento. (https://morena.si/archivos/19413)

De inmediato, en las redes sociales se empezó a hablar de una “pretensión centralista”.

Se aventuró que los nuevos coordinadores serían quienes administrarían los recursos federales y que, por lo mismo, muchas entidades federativas quedarían prácticamente en manos de ese nuevo funcionario.

El tema apareció justo antes de la reunión de López Obrador con la CONAGO, por lo hubo quien lo interpretó como un ataque directo a los gobernadores.

Se afirmó con alarma que una coordinación de programas federales de desarrollo en el Estado que controlase el presupuesto significaría la anulación de facto de los gobiernos democráticamente electos en cada entidad federativa.

Cabe aclarar que la conferencia de prensa del 11 de julio tenía por objeto informar acerca de la reunión que el virtual presidente electo tuvo con legisladores y otros funcionarios electos de Morena.

Uno de los temas centrales en esa reunión fue la agenda legislativa.

En esta, que AMLO leyó completa, no había ninguna modificación a la Ley de Coordinación Fiscal.

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En otras palabras, la supuesta pretensión centralista era simple especulación.

El dinero que la federación envía a cada Estado, tanto en participaciones (impuestos de la entidad recaudados por Hacienda federal) como en aportaciones (ingresos federales que se donan a los Estados) seguirán siendo depositados en la Tesorería Estatal correspondiente.

Las y los coordinadores no tocarán ese dinero. Lo único que se centraliza son las funciones de enlace.

Cabe reflexionar acerca de esto.

Las personas encargadas del enlace entre federación y Estados siempre han tenido influencia.

Por lo mismo, esos cargos siempre han estado en la mira de las élites políticas regionales.

Hay entidades en las que, si una persona no logra la gubernatura, se puede conformar con una diputación federal o senaduría.

O bien, puede contender por la rectoría de la universidad Estatal, formar una bancada en la legislatura de la entidad, o asegurarse una presidencia municipal importante.

En este mismo abanico de posibilidades están las delegaciones federales en el Estado.

En el viejo régimen priísta, dependiendo de la complejidad de cada lucha electoral, se podía pactar que si un grupo se quedaba con la gubernatura, a otro le tocarían las senadurías e incluso a otro más las delegaciones federales.

Por supuesto, dada la dureza de las disputas estaduales (en el siglo XIX terminaban en verdaderas guerras civiles regionales), el árbitro final de estas negociaciones era la Presidencia de la República.

Más allá de la superficial caracterización de Enrique Krauze, esta era una función verdaderamente “imperial” de los presidentes mexicanos: el imperio absorbe y resuelve las contradicciones entre élites opuestas en el territorio que domina. (En esto, sigo a Stephen Kotkin, “Mongol Commonwealth?”, en Kritika, Vol. 8 Num. 3, 2007: http://muse.jhu.edu/article/219582)

Precisamente por lo anterior es que los cargos de delegado federal no solían otorgarse dentro de la misma entidad federativa.

Si ya de por sí era complejo que un contendiente se quedase con un escaño en el Senado o con diputaciones federales, (cargos que el gobierno estadual necesita para funcionar), el titular de la gubernatura refería que otros contendientes ejerciesen sus cargos fuera del territorio. Se trataba de una especie de exilio dorado.

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En el largo plazo, este tipo de arreglos produjo extrañas especializaciones: podía haber élites de Estados marítimos expertas en minería y élites de Estados sin costas especialistas en pesca en alta mar.

Esta costumbre también aseguraba a la federación que sus delegados no se coaligarían con el gobierno estadual en contra de los intereses generales de la República.

(En el sigo XIX no faltó enviado federal que se levantaba en armas apoyando a una facción regional).

Cosa interesante, esta práctica empezó a ser abandonada por los presidentes panistas (2000-2012), quienes empezaron a nombrar delegados federales a correligionarios que hacían oposición a los gobernadores del PRI.

Así, que López Obrador haya nominado a Delfina Gómez Álvarez (excandidata de Morena a gobernadora) como coordinadora de programas federales en el Estado de México no es en realidad una novedad, sino parte del nuevo juego democrático que todas las fuerzas políticas están jugando desde hace veinte años.

Llevo el último argumento a su extremo.

Todo-mundo en la Academia y en los “círculos rojos” de comentaristas ilustrados ha manifestado en alguna ocasión su admiración por el parlamento británico.

Inglaterra es “Mother of Parliaments” y, en su cámara de los comunes, se sientan frente a frente los partidos políticos.

A la derecha del presidente de la cámara, quienes ganaron la elección; a la izquierda, quienes quedaron en segundo lugar.

Encabeza cada una de esas bancadas su gabinete.

Uno es el gabinete que gobierna el país, el otro es un gabinete-sombra.

Como los asuntos esenciales de la administración pública pasan por la legislatura, el partido de oposición debate “en tiempo real” y con un equipo alternativo completo, las propuestas del gobierno.

De este modo,

(1) la oposición está siempre preparada para asumir la administración;

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(2) se obliga de manera efectiva al gobierno a transparentar sus decisiones; y

(3) se naturaliza-legitima la oposición razonable al gobierno.

La austeridad republicana ha llevado al próximo gobierno federal a unificar sus delegaciones en los Estados en una sola figura (la nueva coordinación).

La conveniencia política señala a los y las políticas más destacadas en cada entidad para asumir esa tarea, pues son ellas y ellos quienes mejor conocen la realidad del Estado así como los defectos y vicios de quien ocupa la gubernatura.

Las y los coordinadores no tendrán el control de los presupuestos, pero representarán de manera uniforme las políticas de la Federación.

¿No estamos ante un fenómeno análogo al gabinete de sombra británico?

En octubre de 2011, la revista Nexos se quejaba amargamente de que “la democracia mexicana diluyó el poder central.

Previsible, aunque inesperadamente, repartió sus demasías entre los gobiernos estatales y los otros poderes de la República…” (https://www.nexos.com.mx/?p=14508)

Entre 2012 y 2018 hemos visto con horror lo que esta feudalización del arreglo federalista ha causado de un extremo a otro de la República.

Del Duarte veracruzano al Duarte chihuahuense, elección tras elección, el Pueblo en cada entidad federativa ha ido sustituyendo a estos nuevos señores feudales.

Como en un sistema federal la fuerza centrífuga de la feudalización siempre estará presente, tienen mucho sentido mecanismos como las coordinaciones federales únicas y, sobre todo, poner esas coordinaciones en manos de personas que representen la alteridad democrática en cada entidad.

No se trata de imponer “virreyes” o “veedores” a los gobernadores democráticamente electos, sino de fomentar la práctica de gabinetes de sombra que obliguen a quien ocupa hoy la gubernatura a actuar responsablemente.

Por supuesto, conviene recordar que estos juegos de la pluralidad lo pueden jugar todos.

Como los seres humanos no son ángeles, no faltarán coordinadores federales que demuestren ser peores que sus gobernadores.

Como sea, quien gana es el Pueblo –quien manda, pone y quita … en democracia.