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El imperialismo financiero lleva décadas librando su batalla contra Venezuela, pero ese ataque, sirviéndose de medidas financieras, se ha intensificado recientemente a medida que los neoconservadores e imperialistas estadounidenses han acelerado sus planes para lanzar una agresión más directa por medios políticos, incluido el ejército, para forzar el cambio de régimen en Venezuela

Por Jack Rasmus
jackrasmus.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

¡La invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos y sus aliados está a la vuelta de la esquina! La semana pasada, el vicepresidente Pence voló a Colombia una vez más –por quinta vez en las últimas semanas- para llevar las instrucciones finales a las fuerzas locales de EE. UU. y a sus aliados y representantes, siguiente paso del plan estadounidense de cambio de régimen.

La prueba de que la “luz verde” para el cambio de régimen y la invasión está ya encendida es la declaración pública de apoyo por parte del expresidente Barack Obama y ​​de varios políticos y candidatos de alto nivel del Partido Demócrata de EE. UU., que están atacando directamente al régimen de Maduro y que han expresado el apoyo del Partido Demócrata a la invasión y al cambio de régimen. Los acontecimientos van a acelerarse ahora, quizá justo a tiempo para hacerlos coincidir con la publicación del informe de Robert Mueller sobre Trump.

Entre bambalinas estaba claro, lleva meses estando claro, que los neoconservadores estadounidenses han vuelto a hacerse cargo de la política exterior de EE. UU. y que están lanzando el país hacia otra guerra e intento de cambio de régimen de un gobierno extranjero.

Resumen de la estrategia estadounidense

La estrategia dirigida por los neocon estadounidenses es cada vez más transparente: establecer una “cabeza de puente” en la frontera colombiano-venezolana (y venezolano-brasileña) con el pretexto de proporcionar ayuda humanitaria. Utilizar la ayuda para situar a los venezolanos en la frontera dando la bienvenida a las fuerzas aliadas de EE. UU. para que entren en el país. A partir de ahí, establecer estructuras políticas y militares justo dentro de las fronteras de Venezuela con Colombia y Brasil, desde las cuales se lanzarán acciones similares adentrándose en el territorio venezolano. Repetir estos hechos provincia a provincia, paso a paso, penetrando en el espacio venezolano hasta conseguir que suficientes unidades locales del ejército venezolano cambien de bando y convenzan a uno o más integrantes de la jerarquía militar para que se unan a ellos. De esta forma, establecer un Estado y un gobierno escindidos en el interior y a lo largo de la frontera del Estado venezolano. Un Estado disidente y un poder dual dentro del país. Hacer que parezca, manipulando a los medios de comunicación, que el pueblo venezolano se está alzando contra el gobierno de Maduro, cuando en realidad son las fuerzas de poder de EE. UU. las que invaden y utilizan a políticos locales oportunistas, al ejército y otros en las zonas “conquistadas”, a la vez que los medios de comunicación van cubriendo su invasión.

La principal justificación ideológica aplicada para la invasión y cambio de régimen es que el gobierno de Maduro ha hecho una mala gestión de la economía venezolana y ha llevado a su población a la pobreza. Ahora que los demócratas se han unido a Trump y a los republicanos en apoyo de la invasión, los medios de comunicación liberales estadounidenses, así como los medios alternativos de derecha, están defendiendo la misma línea para acallar a quienes en EE. UU. se oponen a la invasión y a otra guerra antes de lanzar el asalto militar final .

De un modo u otro, las elecciones democráticas de hace menos de un año, que devolvieron el poder al gobierno de Maduro, no representaron la “voluntad del pueblo”. Por otra parte, las explicaciones de por qué no fue así son escasas y poco convincentes. Tampoco se explica que las políticas y acciones de EE. UU. han desempeñado un papel central en la destrucción de la moneda y la economía de Venezuela. Y que las medidas financieras utilizadas para desestabilizar la economía son especialmente opacas.

Imperialismo financiero: El caso de Venezuela

Venezuela es en estos momentos un caso clásico de cómo el imperialismo estadounidense del siglo XXI utiliza medidas financieras para aplastar a un Estado y a un país que se atreve a separarse del imperio económico global estadounidense y a seguir un curso independiente fuera de la red de relaciones económicas y financieras del imperio de EE. UU.

Así es cómo el “imperialismo financiero” estadounidense ha funcionado y continúa funcionando con objeto de auspiciar el cambio de régimen en el caso de Venezuela:

En un mundo donde el capitalismo estadounidense es la hegemonía dominante, la moneda estadounidense, el dólar, es la pieza central del imperio económico global estadounidense. El dólar sirve como moneda comercial global, así como moneda de las reservas bancarias mundiales. Más del 85% de todo el comercio global (exportaciones e importaciones) se realiza en dólares. Ciertos productos, como los contratos de petróleo y de futuros del petróleo, se negocian prácticamente solo en dólares. Hemos visto recientemente que hay más países que han comenzado a vincular su propia moneda con el dólar, lo que les permite moverse en tándem con esa divisa. Algunos incluso han eliminado su moneda por completo y ahora solo usan el dólar estadounidense como moneda nacional. Además, hay cada vez más países que emiten sus bonos nacionales en dólares (es decir, bonos denominados en dólares). Y sus bancos centrales siguen la política del banco central de EE. UU., la Reserva Federal, a medida que aumenta o baja las tasas de interés de EE. UU., lo que a su vez hace que el dólar suba y baje. Lo hacen así aunque el aumento de las tasas de interés en EE. UU. signifique un aumento de las tasas en sus propias economías, algo que precipita las recesiones y el desempleo masivo. Todos estos son ejemplos de la creciente integración financiera con el Estado imperial y la economía de EE. UU.

Pero incluso aquellas economías que mantienen su propia moneda están también a merced del dólar estadounidense. Dado que el dólar es la moneda de las operaciones comerciales y las reservas mundiales, siempre que el dólar aumente de valor debido a los cambios de la política monetaria de EE. UU., o a las presiones inflacionarias de EE. UU., o a los cambios en la oferta o la demanda del dólar, las divisas de otros países disminuyen de valor. A medida que el dólar sube de valor, otras monedas caen. Así es como funcionan las tasas de cambio mundiales en el imperio global estadounidense del siglo XXI, donde el dólar es la moneda de las reservas comerciales. Otras monedas -la libra esterlina, el euro y aún menos el yen japonés o el yuan chino- siguen siendo en gran medida insignificantes como reservas o divisas comerciales. Y parece muy poco probable que pronto reemplacen al dólar, uno de los pilares fundamentales del imperio estadounidense.
Estados Unidos tiene poder para diseñar un colapso en la moneda de un país. Ese colapso significa que el precio de los bienes importados aumenta rápidamente, especialmente aquellos bienes que solo pueden obtenerse mediante importaciones, a saber, medicamentos, productos alimenticios básicos, bienes de negocios intermedios necesarios para la fabricación nacional, etc. La aceleración de la inflación de las importaciones hace a su vez que las empresas nacionales reduzcan la producción debido a la falta de recursos, productos básicos o piezas de recambio. A los recortes en la producción les siguen los despidos masivos. La inflación creciente provocada por el desplome de la moneda va acompañada por un aumento del desempleo. Los ingresos salariales y el consumo se colapsan a su vez y, posteriormente, la economía en general.

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La escasez generalizada de importaciones clave, la inflación y el declive de la producción nacional y el desempleo provocado por la escasez y la inflación conducen a su vez al descontento social y a la pérdida de apoyos hacia el gobierno. Los grupos de oposición y los partidos proclaman que estos problemas se deben a la mala gestión de la economía por parte del gobierno, a la corrupción de sus líderes o simplemente a las políticas socialistas en general. Pero en realidad la crisis económica -es decir, la escasez, la inflación, la producción, el desempleo- pueden rastrearse directamente hasta la causa-raíz del desplome de la moneda pergeñado por las políticas imperialistas estadounidenses para derribar la economía como preludio al cambio de régimen y la reintegración económica del país al imperio económico global estadounidense.

EE. UU. dispone de muchas vías para causar el desplome de la moneda de un país. Hay todo un conjunto de medidas diseñado para causar una grave escasez de dólares en la economía del país que se convierta en blanco.

La escasez de dólares eleva el valor del dólar estadounidense en esa economía, lo que reduce a su vez el valor de la propia moneda del país. EE. UU. ha estado diseñando el colapso de la moneda venezolana, el bolívar, desde hace años: en primer lugar, provocando que los dólares que hay en Venezuela salgan del país y, en segundo lugar, a través de medidas que impiden que Venezuela obtenga dólares del extranjero.

La política de EE. UU., al menos en los últimos años, ha consistido en obligar a las empresas estadounidenses que hacen negocios en Venezuela a repatriar sus dólares a EE. UU. o, de no hacerlo, a desviarlos a otras partes del mundo entre sus filiales. O a salir simplemente de Venezuela llevándose sus dólares con ellos. La política de EE. UU. ha consistido también en publicitar y promocionar a los venezolanos más ricos con dólares para que los saquen del país y los inviertan en Colombia, donde EE. UU. ha organizado una firma de inversión online con la ayuda de su aliado, el gobierno colombiano. También han alentado a los venezolanos ricos a que trasfieran su dinero a los bancos de Miami. O a que se muden allí en un gran número, como han hecho, llevándose sus dólares o deshaciéndose de sus bolívares a cambio de dólares. La fuga de dólares de Venezuela ha elevado el valor de los dólares que quedan en el mercado negro venezolano, lo que deprime aún más el valor del bolívar en Venezuela.

Sin embargo, estas medidas palidecen ante los esfuerzos imperiales estadounidenses para impedir que Venezuela obtenga dólares en los mercados globales en un esfuerzo por intentar compensar la fuga de dólares de su economía.

Por ejemplo, EE. UU. ha adoptado medidas para evitar que los bancos estadounidenses y del mundo presten dólares a Venezuela, o que participen en la suscripción y aseguramiento de emisiones de bonos venezolanos, que también recaudarían dólares para Venezuela si se permitiera. Los préstamos bancarios y los fondos de bonos se agotan, privando al gobierno de fuentes alternativas de dólares. Cuanto mayor es la escasez de dólares, mayor colapso de la moneda nacional, el bolívar, es decir, importaciones más caras, más inflación, más escasez, disminución de la producción, aumento del desempleo y… más descontento.

EE. UU. está centrando principalmente sus esfuerzos para privar de dólares a Venezuela imponiendo sanciones a los países que intenten comprar petróleo venezolano. Las ventas de petróleo son la fuente número uno de las adquisiciones en dólares del país, ya que todo el comercio del petróleo se realiza en dólares y Venezuela depende para el 95% de todos los ingresos del gobierno de la venta de su petróleo. EE. UU. impone sanciones a los compradores y, por tanto, recorta el acceso a los dólares, ya que al mismo tiempo, a través de otras políticas, promueve la fuga de dólares de Venezuela y la suspensión de préstamos bancarios y emisión de bonos por parte del país. Y si los bonos y préstamos anteriores estaban “denominados en dólares”, entonces la falta de dólares para pagar los intereses y el capital adeudados conduce directamente a los incumplimientos y, a su vez, al colapso de las empresas y, aún más, al desempleo.

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Venezuela se ha volcado en vender su petróleo a China, Rusia y otros países. Se ha visto obligada a recurrir a pagar sus intereses y capital sobre préstamos del pasado ​​de estos gobiernos con envíos de petróleo en lugar de pagos en dólares. A medida que EE. UU. ha recurrido a las sanciones como “arma” económica para hacer cumplir su voluntad en otros países, como ha estado haciendo en los últimos años, más países se han dado cuenta de esa táctica y están adoptando contramedidas deshaciéndose de los dólares (o reduciendo sus compras de dólares en los mercados mundiales) y comprando oro. China y Rusia están liderando esta vía mientras experimentan con el comercio no dependiente de la moneda.

Otro movimiento reciente de EE. UU. para negar dólares a Venezuela y colapsar su moneda ha sido apoderarse de la compañía que distribuye el petróleo venezolano en EE. UU., CITGO. Sus remesas a Venezuela eran en dólares. Al apoderarse de CITGO, EE. UU. priva al país de otra fuente de dólares, con la cual Venezuela podría haber podido comprar importaciones de alimentos, medicamentos y otros bienes económicamente fundamentales. En este caso, los venezolanos están claramente obligados a renunciar a estas importaciones críticas debido a la política estadounidense y no a causa de la mala gestión económica de su gobierno. Además, por si todo esto fuera poco, los fondos en dólares de CITGO incautados por EE. UU. se entregan a los opositores del gobierno venezolano y al aliado escogido por EE. UU., Guidó. La oposición puede ahora financiar su contrarrevolución con el dinero anteriormente enviado a Venezuela. La contrarrevolución se financia a expensas de bienes y servicios fundamentales que de otro modo podrían haberse puesto a disposición del pueblo venezolano.
La incautación de los activos de CITGO no es el único ejemplo de privación del dólar. Otros activos en forma de inventarios, inversiones, efectivo en bancos estadounidenses, etc. también están siendo incautados. Y no solo los del gobierno venezolano. También se han estado confiscando los activos en EE. UU. de empresas individuales venezolanas y de ciudadanos individuales. Y EE. UU. está incrementando su presión sobre los gobiernos extranjeros para que también incauten y confisquen los activos del gobierno, de las empresas y de los ciudadanos venezolanos.

El embargo y las incautaciones se han extendido recientemente también a las reservas de oro de Venezuela que se encuentran en otros países, en violación directa del derecho internacional. Hace poco, la compañía estadounidense y megabanco, Citigroup, se ha visto obligada a retener el oro venezolano en violación de sus contratos con el país. Al Bank of England se le ha pedido también que cumpla la exigencia estadounidense de congelar el oro venezolano depositado en el Reino Unido, demanda que ha aceptado. Y a países como Abu Dhabi, donde el oro se comercializa a nivel mundial, se le ha pedido que dejen de comerciar con oro venezolano. El oro es dinero sustitutivo del dólar estadounidense. Por tanto, impedir que Venezuela tenga acceso al oro es como impedirle también el acceso al dólar. Con su oro, Venezuela podría comprar dólares más fácilmente, o intercambiar bienes directamente, que utilizando bolívares que están perdiendo valor y por ello es menos probable que los vendedores los acepten como pago.

Los países con economías cuya moneda está disminuyendo gravemente de valor pueden obtener un préstamo para estabilizar su moneda del Fondo Monetario Internacional, el FMI. Ejemplos recientes son Argentina, Turquía, Sudáfrica e incluso Pakistán. Pero el FMI es una institución creada por EE. UU. en 1944 y ostenta, con sus aliados europeos, un voto mayoritario sobre sus decisiones. El FMI no hace nada que EE. UU. no apruebe. Su misión es prestar a países que necesitan estabilizar sus monedas. Sin embargo, el FMI, que es una especie de apéndice del imperio global estadounidense, se ha negado a prestar a Venezuela cualquier cosa que le ayude a estabilizar su moneda.
Esto contrasta, por ejemplo, con el préstamo récord de más de 50.000 millones de dólares recientemente otorgado a Argentina tan pronto como ese país puso sus actuales empresas en manos del gobierno de Macri, tan amigo de EE. UU. (Por cierto, el préstamo récord del FMI fue para que Argentina pudiera pagar sus deudas con EE. UU. y otros especuladores a principios de la década de 2000. Por lo tanto, Argentina ha visto muy poco de esos 50.000 millones. Lo que sí permitió ese pago fue que Macri y otros banqueros argentinos fueran a Nueva York para obtener nuevos préstamos de los bancos estadounidenses una vez satisfechos los especuladores, algo de lo que Macri y sus amigos, sin duda, se beneficiaron en gran medida.

A medida que la moneda venezolana se desploma debido a la escasez de dólares, Venezuela debe emitir aún más bolívares que le permitan comprar los productos que aún pueda en el extranjero. Una moneda desplomada significa que el precio de los bienes importados aumenta proporcionalmente. Por lo tanto, se necesitan más bolívares para comprar productos que aumentan continuamente de precio. La emisión de más bolívares se suma a la oferta de bolívares en la economía, lo que eleva aún más la inflación de los precios internos. Pero el exceso de emisión es una respuesta al colapso de la moneda pergeñado ante todo por la escasez de dólares y la caída del tipo de cambio. El exceso de oferta de bolívares no se debe a una mala gestión; se debe a la escasez de dólares y al esfuerzo desesperado del gobierno venezolano para pagar de algún modo la inflación de los bienes importados.

La caída del precio del crudo en 2017-18 añadió más presión sobre el bolívar. El colapso de los precios del petróleo a nivel mundial no parecía estar relacionado con la política estadounidense. Pero lo estaba. El petróleo que Venezuela ha podido seguir vendiendo, principalmente a China o Rusia, disminuyó su precio en un 40% en 2018. La deflación mundial del petróleo en 2018 generó menos ingresos para el país procedentes del petróleo y, por tanto, menos dólares.

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Pero eso también se debió indirectamente a la política y condiciones económicas de EE. UU. El colapso del precio del petróleo en 2018 se atribuye directamente a los productores de petróleo de esquisto de EE. UU., que aumentaron su producción en más de un millón de barriles por día, lo que incrementó la oferta mundial de petróleo y deprimió los precios mundiales del petróleo. EE. UU. trató de manipular la producción mundial de petróleo con Arabia Saudí, y eso agravó aún más el problema de la sobreproducción y la deflación. Esto se llevó a cabo de la forma siguiente: EE. UU. intentó imponer sanciones al petróleo iraní en 2018. Arabia Saudí creía poder capturar a los clientes que Irán iba a perder y, por lo tanto, Arabia Saudí también aumentó su producción de crudo a medida que los productores de esquisto de EE. UU. aumentaban la suya. Pero Irán pudo continuar vendiendo su petróleo ya que las sanciones estadounidenses se debilitaron. El resultado de la sobreproducción de esquisto en los EE. UU., más la sobreproducción en Arabia Saudí supuso un desplome del 40% en los precios mundiales del petróleo en 2018, lo que privó aún más a Venezuela de los tan necesarios ingresos gubernamentales, además de las sanciones estadounidenses a sus ventas de petróleo.

La política monetaria de EE. UU. en 2018 agravó aún más la crisis monetaria en Venezuela, como sucedió en otras partes de América Latina y en los mercados emergentes en general. En 2017-18, el banco central de EE. UU. lanzó una política de aumento de las tasas de interés. Como otros bancos centrales mundiales se adaptaron al banco central de EE. UU., las tasas mundiales también comenzaron a subir. El aumento de las tasas de interés en EE. UU. motivó un aumento en el dólar estadounidense, y al aumentar el dólar en 2017-2018, las monedas de los mercados emergentes cayeron. Lo mismo ocurrió en Venezuela debido en parte a este efecto, pero también por el resto de causas mencionadas.

Las monedas que caen precipitan lo que se llama “fuga de capitales” de los países. Menos dinero significa menos capital disponible para la inversión y, por lo tanto, menor producción y más desempleo. Así pues, el colapso de la moneda precipita no solo la inflación sino también la recesión. Para impedir la fuga del capital, las economías de los mercados emergentes elevan sus propias tasas internas de interés. Esto llevó a la recesión, por ejemplo, en toda América Latina en 2017-18. La fuga de capitales de Venezuela ha sido significativa desde 2016, ya que los venezolanos ricos sacaron más dólares del país enviándolos a Miami, lo que agravó la escasez de dólares en Venezuela y redujo aún más el valor del bolívar.

Las sanciones de EE. UU. contra otros países, bancos y compañías en el extranjero están diseñadas no solo para impedir que Venezuela acceda a dólares y dinero en efectivo por esa vía, se dirigen también al comercio de bienes reales, como el petróleo y otros productos básicos. Pero hay otro instrumento mediante el cual EE. UU. cierra el flujo de bienes reales hacia y desde un país causando una escasez de bienes fundamentales. Es el sistema de intercambio de pagos internacionales controlado por los EE. UU. llamado SWIFT. Es aquí donde los bancos estadounidenses organizan el intercambio y la transferencia de pagos por bienes y servicios al convertir una moneda en otra y transferir los fondos de un banco a otro en todos los países. Estados Unidos han estado impidiendo que Venezuela utilice normalmente el sistema SWIFT. Aunque otro país esté dispuesto a comprar bienes de Venezuela, incluido el petróleo, y cambiar bolívares por su propia moneda, el sistema SWIFT controlado por los bancos estadounidenses no lo permite.

En resumen

El imperialismo financiero lleva décadas librando su batalla contra Venezuela, pero ese ataque, sirviéndose de medidas financieras, se ha intensificado recientemente a medida que los neoconservadores e imperialistas estadounidenses han acelerado sus planes para lanzar una agresión más directa por medios políticos, incluido el ejército, para forzar el cambio de régimen en Venezuela. En el centro de la guerra financiera en curso por parte estadounidense, ahora en proceso de intensificación, se hallan las medidas diseñadas para destruir la moneda venezolana.

A menudo se considera el imperialismo como colonialismo y conquista militar. Así fue en los imperialismos británico y europeo del siglo XIX. Pero el imperio estadounidense en el siglo XXI no necesita del colonialismo. Cuenta con un sistema más eficiente para forzar la integración de otras economías y para extraer valor y riqueza del resto del mundo. En el siglo XXI, el imperio estadounidense está cada vez más interconectado a través de una profunda red de relaciones financieras que le permiten múltiples niveles de poder económico de los que puede echar mano cuando desee. Y cuando esas palancas económicas y financieras resultan insuficientes para derrocar a las fuerzas internas y los gobiernos que continúan teniendo la intención de seguir un camino más independiente fuera de las relaciones económicas y políticas del Imperio, se ataca más directamente a ese Estado separatista una vez que se ha conseguido que su economía esté suficientemente destrozada. Tal es el caso de Venezuela hoy. El imperialismo financiero ha allanado el camino para una acción política y militar más directa.

* El Dr. Rasmus es autor del libro “Central Bankers at the End of Their Ropes: Monetary Policy and the Coming Depression”, Clarity Press, agosto 2017, y está a punto de publicar “The Scourge of Neoliberalism: US Policy from Reagan to Trump”, Clarity Press, 2019. Es presentador del programa de radio semanal Alternative Visions, en la Progressive Radio Network de Nueva York.

Blog: jackrasmus.com; Twitter: @drjackramus.
Página web: http://www.kyklosproductions.com/
Fuente: https://jackrasmus.com/

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