Por Ramiro Padilla Atondo

RegeneraciónMx.- Si hay algo que caracteriza a Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires; 24 de noviembre de 1941) es su absoluta capacidad de entendimiento de la literatura en todas sus formas.

Mi primer acercamiento a su obra sería de manera curiosa en forma de hallazgo hace algunos años. Buceando entre algunos estantes encontré un libro que releería varias veces, un tratado sobre el oficio de lector.

Lo titularía (no sin cierto trasfondo borgeano) El último lector, un análisis profundo sobre tiempo y formas del arte de leer a través de lectores heterogéneos en los que se destacan, sin lugar a duda, tres: Kafka, Borges y el Che Guevara.

De Borges (cuyas conferencias acerca de él pueden catalogarse como verdaderas joyas) escribe de manera extensa. Lo ve en una fotografía enmarcada en la biblioteca nacional intentando descifrar un libro. Lo imagina perdiendo la vista leyendo. Y dice que esa imagen puede representar indiscutiblemente la imagen del último lector: “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.

Y el análisis de los lectores, unidos-separados, parte de la misma estirpe, sigue con Kafka, un tipo obsesionado con las lecturas, sobre todo con las lecturas que hace alguien de sus escritos. Piglia habla de manera certera de esa compleja estrategia, una guerra de posiciones bastante típica de la obra de Kafka. En este caso, Felice Bauer encarna al lector en su estado más puro, el lector cuya vida (imagina Kafka) cambia a raíz de la lectura de sus textos. Kafka construye a Felice, la idealiza a través de la relación epistolar, la imagina leyéndolo.

Es claro que detrás del ensayo se desvelan las obsesiones del lector. Como tal Piglia no deja de releer los libros que de alguna manera se han convertido en sus libros-guía. El Finnegans Wake y el Ulysses de Joyce, se pasean muchas veces por las páginas del libro. Pero de manera curiosa otro lector, quizá el lector némesis de Borges aparece allí, justo en el mismo libro. Un personaje llamado a la acción, cuyo ideario estaría justo en el extremo opuesto de Borges, el Che Guevara.

Piglia lo observa de lejos y de cerca, lo ve como descifrador y como intérprete, la lectura para idealizar la realidad. La indecisión del intelectual siempre será la incertidumbre de la interpretación, las múltiples posibilidades de lectura.

Hay una escena en la vida de Ernesto Guevara sobre la que también Cortázar ha llamado la atención —escribe Piglia—, El pequeño grupo de desembarco ha sido sorprendido y Guevara herido, pensando que muere, recuerda algo que ha leído. Ese relato es un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado sobre el tronco de un árbol se dispone a acabar con su vida.

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Guevara encuentra en el personaje de London el modelo de cómo se debe morir. No estamos lejos del Quijote, que busca en las ficciones que ha leído el modelo de vida que quiere vivir.

También es cierto, como escribe Piglia refiriéndose a Leonel Grossman, que la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal.

Volvamos a Borges. El genio argentino cuyas expresiones certeras no dejan de maravillar a sus lectores, diría que podemos leer la filosofía como literatura fantástica, es decir, podemos convertirla en ficción por desplazamiento.

Y en el que quizá sea su mejor cuento, Tlön Uqbar Orbis Tertius, la enciclopedia británica se lee como ficción, la ficción que nos lleva al mundo de Tlön. El relato plantea dos movimientos del lector, la lectura es a la vez la construcción de un universo y un refugio ante la hostilidad del mundo.

En el otro extremo el Che Guevara hace una lectura radical del mundo. Piglia recuerda a Ósip Mandelshtam, el poeta ruso que muere en un campo de concentración de Stalin. Dice que lo recuerdan frente a una fogata, en Siberia, en medio de la desolación, rodeado de un grupo de prisioneros a los que les habla de Virgilio. Y esa es la última imagen del poeta.

Y esa radicalidad que va acorde con la lectura sería plasmada en una foto inmortal, el Che, subido en un árbol, lee. Lee en medio de la desolación, lee para tener esperanza. Lee. Reconoce durante su campaña en el Congo que busca aislarse para ejercer de lector, porque hay ciertos aspectos de su carácter que le hacen difícil el acercamiento con otros hombres.

Y es quizá este aspecto escindido de su personalidad lo que lo ha hecho tan popular. Guerrillero de día, lector de noche.

Al contrario, en Borges el acto de leer articula lo imaginario y lo real. Mejor sería decir —palabras de Piglia— la lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer.

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Muchas veces, el lugar de cruce entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, entre lo real y la ilusión está representado por el acto de leer.

Kafka enviaría un poema chino del siglo XVIII a Felice Bauer, que encerraría en sus versos la pasión por la lectura, su lectura:

En la noche profunda
En la noche fría, absorto en la lectura
de mi libro, olvidé la hora de acostarme.
Los perfumes de mi colcha bordada de oro
Se han disipado ya y el fuego se ha apagado
Mi bella amiga, que hasta entonces a duras penas había dominado
Su ira, me arrebata la lámpara y me dice, ¿sabes qué hora es?

Queda claro que ese poema es una forma de advertencia. Un movimiento firme en la red de sus desplazamientos y vacilaciones, dice Piglia. Kafka se da a leer para mantener la distancia.

En el Che Guevara se encierran dos cosas, persistencia y enfermedad. Infancia y enfermedad van de la mano. Lectura y enfermedad se convierten casi en sinónimos. El joven Guevara no puede ir a la escuela por causa del asma. Su madre lo enseña a leer. Le da el golpe al libro como diría Daniel Salinas. Se vuelve un lector incontinente que se encierra en el baño para leer a pesar de las quejas de su hermano.

Borges consigue un trabajo en la biblioteca nacional. Sus compañeros juegan dominó mientras él devora libros en el sótano. Tres casos extremos de lectores. Dos que leen para vivir y uno que quiere ser leído por la misma causa.

Esa es la razón por la cual el último lector se convierte en un manual de lectura para lectores. Y de manera coincidente, estos últimos lectores que navegan en diferentes derroteros, son hermanados por un objeto de papel.

Termino con algo de Borges:

“De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.

Narrador y ensayista ensenadense, es autor de México para extranjeros, Poder sociedad e imagen y El pequeño chairo ilustrado.