Por Ramón Cuéllar Márquez

Durante décadas la democracia mexicana estuvo supeditada a lo que los “representantes populares” resolvieran, pues partían del argumento de que el pueblo los había elegido para la toma de decisiones. Pensaban que el pueblo no decidía, sino los políticos en las dos cámaras y en la presidencia de la República porque “para eso los habíamos elegido”. La afirmación pudiera parecer cierta y legítima, pues se supone que les conferimos esa facultad al votar por ellos, pero sabemos que en México la mayoría de esos representantes terminaron traicionando a sus electores y se volvieron comparsa y pregoneros de empresarios corruptos, permitiendo todo tipo de acciones y cambios constitucionales en beneficio de los que los colocaron —y pagaron— en ese cargo, que consideraban una “inversión” que debía regresárseles modificando la Constitución a modo, es decir, que a esos “inversores” les significara mayores ganancias a sus arcas.

Ya todos conocemos los famosos “moches”, que en esencia eran sobornos que permitían que esas medidas importantes y que afectaban a todos los ciudadanos, excepto a los grupos de intereses, las tomaran únicamente desde las cámaras de senadores y diputados. De este modo, la ciudadanía, el pueblo, quedaba fuera, que nomás observaba cómo se ponía a la Nación en manos de particulares sin escrúpulos y sin sentido de justicia y bienestar social.

Así, los ciudadanos solo éramos instrumento electoral cada tres o seis años, fuera de ahí no se nos requería para otra cosa. El presidente Andrés Manuel López Obrador impulsó desde su entrada al gobierno la participación del pueblo mexicano, con el objetivo de que nuestra democracia no fuera solamente representativa, sino también participativa, que es fundamental para la sanidad social de la democracia que todos deseamos.

Apenas estamos aprendiendo, poco a poco la gente comienza a involucrarse, a entender la importancia de ser tomado en cuenta y de que nuestra participación sí influya en la toma de decisiones. El camino será largo, tomará años educarnos y acostumbrarnos, hacerlo consciente; encontraremos seguro piedras que impidan esa necesaria participación de todos —ya lo hemos visto en estos dos años y medio—, pero sin duda debe ser una prioridad de nuestra convivencia social. De nosotros depende que estemos alertas y de que no permitamos que nunca más nos dejen fuera en los grandes cambios, proyectos, planes que tarde o temprano impactan para bien o para mal, aunque la idea es que el beneficio sea para todos.

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Actualmente se está impulsando la consulta para enjuiciar a los expresidentes de México, con el objeto de que los ciudadanos se conviertan en protagonistas y en testigos de lo que ha sido significado la debacle nacional, que comenzó hace casi cuarenta años. Ello no quiere decir que seremos jueces o tribunal sin respetar el debido proceso, sino denunciar, revisar, impulsar, informar públicamente al pueblo de México lo que fueron treinta años de saqueo y corrupción, la importancia de que estemos al tanto de la vida pública y de que nos hagamos cargo de nuestra propia Historia, que la Fiscalía General de la República tome en sus manos los procesos legales correspondientes.

La pegunta de origen que hizo el presidente AMLO fue: “¿Está de acuerdo o no con que las autoridades competentes, con apego a las leyes y procedimientos aplicables, investiguen y en su caso sancionen la presunta comisión de delitos de los expresidentes, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña antes, durante y después de sus respectivas gestiones?” Sin embargo, tras la votación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) sobre la constitucionalidad de la consulta, la pregunta se sustituyó por: “¿Estás de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes con apego al marco constitucional y legal para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las probables víctimas?”

Aunque las palabras fueron cambiadas para suavizar la controversia y darle un carácter legal y legítimo, el fondo sigue siendo el mismo: convocar a todo el pueblo de México a que decida e indique lo acontecido durante cinco sexenios con un simple SÍ o NO. La importancia de este acto público e histórico tiene una profunda convicción democrática: los instrumentos de la participación ciudadana, como el plebiscito, el referéndum, la revocación de mandato, la consulta, la denuncia social deben ser parte de la vida pública de México, para que el ciudadano pase de ser un simple elector, a un ciudadano con capacidad de voto y decisión. Que el pueblo sea el que mande siempre.

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Con ello se instrumenta y se empodera para que todos seamos vigilantes y observadores de que los servidores públicos sean públicos y no sirvientes privados al servicio de una élite que no mira más que por sus propios intereses. Sin la participación de todos, nuestro futuro estaría siempre en la incertidumbre porque no tendríamos la capacidad de instrumentar para que el rumbo de México tuviera un proyecto definido en pro de la mayoría. Por eso todos debemos tener voz y voto, con la debida mayoría de edad, que la revolución de la Cuarta Transformación sea más que una anécdota, sino antes bien el más importante acontecimiento histórico de los últimos tiempos.

Entiendo que sin esa democracia participativa nos estarían dejando fuera del espectro político, nomás mirando por la televisión o redes sociales, sin crítica ni derecho a réplica, además de ser consumidores de articulistas y comentaristas pagados y vendidos para que se tenga la visión de un solo sector. También con la participación ciudadana mandamos el mensaje de que la telecracia, la comentocracia, los abajofirmantes no deben estar por encima de los destinos de la nación. Esta democracia apenas empieza: que la podamos ejercer y mirar como un hecho de la vida cotidiana.

BALANDRA: La cosecha que hoy recogemos es producto de años de abonar la tierra y de irrigarla en búsqueda de justicia.

* Nació en La Paz, en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente se desempeña como locutor, productor y guionista en Radio UABCS. Es autor de los libros de poesía: La prohibición del santo, Los cadáveres siguen allí, Observaciones y apuntes para desnudar la materia y Los poemas son para jugar; de las novelas Volverá el silencio, Los cuerpos e Indagación a los cocodrilos; de Los círculos (cuentos) y De varia estirpe (ensayo).

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