Cuarentena en Buenos Aires I

Les compartimos esta crónica de la cuarentena desde Buenos Aires, Argentina

 

11/05/2020

Buenos Aires, Argentina

 

Cuarentena en Buenos Aires I

Autora: Mónica Alcántara Navarro*

Migrante y doctorante en historia reciente en Argentina

 

El alcohol en gel volvió a las estanterías de las farmacias, volvió, pero a precios exorbitantes, además, la presentación líquida aún es escasa y difícil de conseguir. La noche del jueves 19 de marzo, el presidente Alberto Fernández decretó oficialmente el inicio de la cuarentena obligatoria en Argentina por quince días, a partir de ese momento, solo nos fue permitido salir para comprar alimentos en los locales cercanos a nuestras casas, a la farmacia o al cajero bancario. Con el transcurrir de las semanas supimos que cada vez que está cerca de vencerse el plazo de cuarentena, se decreta una nueva extensión de 15 días. Escribo este texto el once de mayo y ahora sabemos, que los habitantes del área metropolitana de Buenos Aires, que representamos cerca del treinta por ciento de la población total del país, seguiremos quedándonos en casa hasta el día veinticuatro del mes, sin descartar la posibilidad de que se extienda durante junio.

Durante los primeros días experimentamos una preocupación intensa que nos hacía preguntarnos si llegaría el momento en que tuviéramos que pelearnos unos con otros por la comida, los anaqueles de los supermercados estaban casi vacíos y pocas carnicerías, pollerías o verdulerías, permanecieron abiertas. Los vendedores hablaban del desabasto de productos básicos y de la posibilidad del saqueo de sus comercios. En esas tardes de confinamiento, un vehículo oficial que nunca alcancé a ver, alteraba el silencio del encierro con un anuncio casi inaudible del que podíamos distinguir las palabras, cuarentena, covid-19, salir, no, quédate, casa, con eso bastaba para reafirmar la prohibición de salir.

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El miedo mezclado con la incertidumbre se sentía apenas salir a las calles, casi sin gente, ocupadas por el sonido de las aves y los árboles en otoño, no hay quien recoja las hojas secas acumuladas sobre las banquetas y las avenidas. Lo que ha sido abundante son las fake news y las teorías conspirativas. En esos días también fueron los más restrictivos del encierro, estar en la calle sin justificación nos ponía en riesgo de ser intimidados, multados o detenidos por las fuerzas policiales, aún hoy, es necesario portar un permiso de tránsito. No tardamos en enterarnos de abusos por parte de las fuerzas policiales en los barrios pobres de la capital o de la zona metropolitana, acá les llaman villas. Como si la condición de clase y el color de piel representaran una mayor amenaza.

En esta ciudad, las personas aplauden con frecuencia, lo hacen cuando ven el futbol, si un niño o niña se pierde en la calle o un espacio público, para acrecentar sus protestas políticas, al aterrizar un avión en territorio argentino o simplemente, cuando algo les conmueve y no tienen otro modo de expresarlo. La historia política de Argentina ha originado otras formas de protestas sonoras que pueden ser cacerolazos o ruidazos (si, así, una mezcla de ruidos y gritos a modo de reclamo) y en esta cuarentena, no podían faltar.

Al principio se establecieron aplausos de apoyo agradecimiento al personal de la salud pública a las nueve de la noche. Con el transcurrir de los días comenzaron las tensiones entre los sectores que en defensa de la economía se enfrentaron al gobierno nacional y presionaron por el fin de la cuarentena, el presidente le respondió a los empresarios que ahora les tocaba ganar menos. Entonces, se promovieron más aplausos, pero de los grupos económicos que se sintieron aludidos para discutir a quién le tocaba ganar menos, a las nueve y media tendrían lugar los aplausos para exigir que los políticos se bajaran el sueldo y lo donaran a la salud pública. Los feminicidios no se detuvieron con el inicio de la cuarentena obligatoria, la violencia de género aumentó con el confinamiento, a partir del treinta de marzo, se sumó un cacerolazo (en algunos sitios fue un ruidazo) en contra de la violencia de género.

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Cuando ya contábamos con cuarenta días de encierro, las noches en Buenos Aires estallaban en una fusión de cacerolazos, aplausos, cornetas de futbol o de carnaval (acá les llaman vuvuzelas) y gritos a todo pulmón, a veces eran vivas para Alberto Fernández o “a la Argentina”, otras eran para putear al gobierno nacional o al peronismo, dependiendo de la simpatía política de los gritantes. El origen de los sonidos se hizo menos importante (al menos hasta ese momento) que la posibilidad de asomarse desde las terrazas, los balcones y jardines, quienes habitan viviendas más pequeñas y menos cómodas, se resignan a las ventanas, lo primordial era acceder a esos minutos que dejan pasar la ansiedad, el tedio, el enojo, la frustración por los planes que ya no serán, la desesperación o la energía sofocada para que burlen el encierro.