Por Ricardo Sevilla

RegeneraciónMx.- Lejos de aquella mueca irónica que desencajaba su rostro siempre que escupía un sarcasmo, V. S. Naipaul casi nunca sonreía. Y las pocas veces que lo hacía, dejaba escapar un sibilante gruñido debido al asma que lo aquejaba. A los cuarenta años, este hombre hosco dijo que su vida era un auténtico suplicio y que escribir, más que regocijarlo, le producía un enorme tormento.

La mayoría de las noticias biográficas —repetitivas y superficiales— informan que, en 1966, el novelista vivió en Uganda, en calidad de escritor residente, y fue docente en la universidad de Makerere, en Kampala. Pero eso sólo es una verdad a medias. Lo cierto es que Naipaul rara vez aparecía por el campus universitario. Él mismo, en La máscara de África: Un viaje por las creencias africanas, apuntó: “Mis obligaciones no estaban muy definidas, y vivía más o menos retirado, absorto en un libro que me había llevado, en el que trabajaba a diario con ahínco, y prestaba menos atención de la debida a África y a los estudiantes de Makerere”.

En su calidad de profesor visitante, Naipaul llegó a gozar de una sustanciosa beca económica concedida por la Fundación Fairfield, un oscuro patronato auspiciado por la CIA. Pero, haciendo caso omiso de los supuestos compromisos académicos que debía cumplir, el escritor prefería empeñar su tiempo recorriendo el continente “desde la costa oriental, a través del continente, hasta el centro”, a bordo de un Peugeot, tal como él mismo cuenta en la novela Un recodo en el río.

Pese a lo que muchos sostienen, África nunca le gustó. Aunque durante sus viajes tuvo oportunidad de observar de cerca el vasto y exuberante paisaje que divide a Europa del mar Mediterráneo, Vidiadhar Surajprasad Naipaul jamás se sintió compenetrado con el espectáculo que ofrecía aquel lugar: “a medida que me adentraba en África, me decía: ̔Pero si esto es una locura. Voy en dirección equivocada. No puede haber una vida nueva al final de todo esto̕”.

En otras ocasiones dijo que temía que la jungla —un lugar que describió como “pestilente, lluvioso y atestado de gorilas, culebras y cocodrilos”— se lo devorara. Mientras exploraba “el África tropical, una región horrendamente inhóspita”, manifestó que, a diferencia de la mayoría, él no sentía “tanta ternura hacia la gente de la selva”. La gente que vivía en aquella espesura, de hecho, lo intimidaba.

Cuando se vio obligado a establecerse en Uganda, por motivos estrictamente económicos, se negó a interactuar con los naturales y con los emigrados y, en líneas generales, calificó al país como “absolutamente soso y carente de interés”.

Durante su estancia, se mofó de los políticos regionales, se burló de la moneda local e ironizó a la prensa africana. Cuando observaba a los diplomáticos envueltos en el típico Kanzu, el traje nacional de Uganda, su mordacidad se desbordaba: “¿Cómo se atreven estos señores a aparecer vestidos así, con esas ridículas indumentarias? ¿No se dan cuenta de que su ropa es una horripilante parodia de los kaftanes?”

Dueño de un indomable carácter virulento, también satirizaba a los expatriados que, recibiendo sueldos excesivos, se prestaban a tratar condescendientemente a aquellos jóvenes africanos y “aparentaban darles una educación que jamás alcanzarían”. Se burlaba de los otros profesores y de las ideas políticas que esgrimían. Juzgaba que eran socarronas y poco sinceras. Le causaba gracia que aquellos señores se consideraran liberales e intelectuales cuando, según él, “eran realmente homosexuales que se dedicaban a corretear por todas partes a los jovencitos”. Detestaba el deporte y se burlaba de los corredores sudorosos y le resultaba extraño que hubiera gente que se sometiera a aquellos suplicios.

Lo curioso es que, al día siguiente de su muerte, ocurrida el 11 de agosto de 2018, las notas de prensa salieron a decir que, durante su estancia en Kampala, capital de Uganda, el escritor trinitario había sido un intelectual y un hombre de letras muy querido y respetado en aquella región. Agregaban —como si en esa nimiedad existiera un mérito intrínseco— que el narrador había soportado con gran estoicismo el caluroso clima tropical.

Pero ambas cosas eran falsas.

Los profesores que tuvieron ocasión de tratarlo aseguraban que durante su estadía en el continente, Naipaul no sólo se comportó con la arrogancia de un colonizador, sino que, además, era un sujeto burlón y quejoso que, a la menor complicación, puso pies en polvorosa. El clima, por otra parte, le pareció “pésimo”. Y agregó: “El calor húmedo hacia que el aire pesara como plomo. Las nubes sombrías cubrían el cielo… Los relámpagos se encendían y se apagaban a los lejos; en alguna parte del bosque estaba lloviendo. ̔Yo me dije: ¡Vaya un lugar para vivir!… No es posible convertir estas tierras en bienes raíces. Todo esto no es más que un matorral̕”.

Pero su clamor, en realidad, era un melodrama. La verdad es que el autor de El curandero místico no padeció ninguna suerte de inclemencias meteorológicas. No se necesita haber viajado a Uganda para saber que mentía. Basta hacer un breve recorrido geográfico para descubrir sus chapucerías. Cualquiera que tome un mapa u observe la tabla climática, podrá notar que, debido a su altitud, la capital ugandesa mantiene una temperatura media anual de 27.1 ° C. Es decir: esta nación, ubicada en la parte más cálida de África oriental, goza de un clima inmejorable.

Por lo demás, la frontera con Ruanda, donde Naipaul decidió fijar su residencia —y donde habitaba una casa amplia y bien sombreada—, estaba rodeada por una hermosa cadena de volcanes y era vigilada por un cielo amplio y azulado. Las onduladas colinas y las exuberantes zonas húmedas de la región, donde incluso era posible admirar una gran variedad de antílopes, propició que los ingleses le encontraran grandes semejanzas con los montes de Donegal, en Irlanda.

Pese a todo, a V. S. Naipaul continuaba refunfuñando. Alguna vez llegó a decir que durante su estadía había padecido en carne propia “el desprecio y el ultraje por ser un indiano”. Pero era una más de sus añagazas. No fue así. Por el contrario: durante su estancia en el viejo y desaparecido Reino de Buganda, el novelista no sólo recibió un trato hospitalario, sino hasta deferente. De hecho, Uganda, que jamás había sido colonia sino un protectorado, era un lugar, hasta cierto punto, apacible que acogía bastante bien a los inmigrantes y a los refugiados. A diferencia de lo que había ocurrido en otras partes del continente, a nadie se le había ocurrido echar a los blancos a patadas. Pese a todo, Naipaul —que jamás pudo desprenderse de su esnobismo— se sentía confinado y se quejaba de la reclusión en que vivía. Pero más allá de este supuesto ostracismo, al autor de Los simuladores le complacía —y aprovechaba bastante bien— aquella fama de proscrito y exiliado.

Pese a su popularidad de escritor multicultural, este hombre nacido en la vieja y polvorienta provincia de Chaguanas, uno de los municipios más recónditos de Trinidad y Tobago, jamás logró encajar bien en ninguna parte. Y en África menos que en ninguna otra parte.

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* Escritor, periodista y traductor. Es coordinador de Opinión e Investigaciones en RegeneraciónMx.

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