Por Víctor Manuel Guerra García-ENAH

El festival de rock y ruedas de Avándaro se conmemora cada año como el momento cumbre del rock mexicano y a la vez el inicio de un calvario para las bandas de ese entonces, a medio siglo no se ha abordado realmente de manera puntual la diversidad de significaciones y conflictos en torno a este festival ¿es real la represión al rock en México? ¿este festival permitió que la juventud mexicana dejara de lado los agravios hacia ella? ¿a 50 años Avándaro es lo que sucedió o lo que se construyó en torno a dicho evento?

Este festival, sin lugar a dudas, fue una fiesta de un sector de la juventud ya que no todos eran simpatizantes del rock, que era considerado como un elemento distractor creado desde el imperialismo estadounidense, sin embargo, hay que entender que tan sólo tres meses atrás se había perpetrado un crimen de Estado en contra de la juventud politizada en la Ciudad de México, el 10 de junio de 1971 en las inmediaciones de la Escuela Normal un grupo paramilitar denominado los Halcones agredió a jóvenes manifestantes que apoyaban a sus compañeros de la Universidad Autónoma de Nuevo León que buscaban la derogación de su nueva Ley Orgánica y el respeto a su autonomía. Este acontecimiento puso en perspectiva el proceso de vida y lucha de muchos jóvenes, seguir estudiando o sumarse a la clandestinidad por un cambio real y necesario de la realidad, de ahí que varios de los militantes de izquierda asumieran que este festival era una forma de desarticular a la disidencia juvenil construida en las escuelas.

Hay que decir que quienes acudieron a Avándaro, jóvenes de sectores sociales diversos, tenían una percepción de la política y de las autoridades que no se fundamentaba en ideología alguna, por lo que el festival no tenía como objetivo siquiera desmovilizar a la juventud, pero el Estado si  mantenía especial vigilancia a la efervescencia juvenil a través de su policía política, la entonces Dirección Federal de Seguridad,  de esto da cuenta el trabajo de Federico Rubli Estremécete y rueda, loco por el rock.

El Woodstock mexicano, caracterizado así por algunos, no fue pensado inicialmente como un festival cultural, más bien fue el complemento de una carrera de autos que sucumbió ante la fiesta extendida por los jóvenes, es decir, la iniciativa privada fue el cerebro y patrocinador detrás del festival, ciertamente no existieron percances mayores o de consideración, pero a partir de este suceso el señalamiento hacia el rock fue de magnitud amplia pero, también hay que decirlo, se construyó un discurso de victimización en el cual el Estado prohibió el rock a partir de Avándaro y que este fue relegado a los hoyos fonquis, más que prohibirlo el Estado cerro filas junto a un importante sector de la sociedad para que los jóvenes construyeran una identidad con base en el estereotipo construido y reproducido por las jerarquías del poder: Estado, Iglesia y Familia.

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El rock mexicano no fue prohibido por sí mismo, sino que, al criminalizar a la juventud en general, da la impresión de que iniciaba una persecución a los músicos de rock, sin embargo, las estrategias pensadas desde las estructuras de gobierno para silenciar o sacar del mapa al rock fueron más finas y en ellas intervino la familia y sus valores, así como sectores conservadores de los medios de comunicación principalmente el radio, en cuanto a la TV se ha dicho de las cintas grabadas que tenían en su poder personajes como Luis de Llano o Carlos Alazraki fueron enlatadas por el entonces Tele sistema mexicano, en contraposición la cinematográfica Marco Polo realizó grabaciones del festival para la cinta La verdadera vocación de Magdalena, por lo que si existen imágenes de Avándaro que se difundieron, aunado a este trabajo un grupo de cineastas grabaron en formato súper ocho imágenes del festival y dicho material se ha convertido en un trabajo de culto, Alfredo Gurrola, Sergio García, Héctor Abadie y David Celestino documentaron desde el público la llegada, el ambiente y convivencia de los asistentes, por lo que no hubo un rastreo tan férreo de las autoridades por borrar la imagen del festival.

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Es momento de analizar y ver a Avándaro en su justa medida, no fue un espacio de perdición y extravío de la juventud sino una fiesta, única e irrepetible. No es tampoco el inicio de la satanización del rock sino una parte de este proceso, quizás el momento cumbre, pero no el inicio. Mucho menos fue una estrategia del Estado para desarticular la movilización juvenil, más bien a partir de lo visto en la convivencia en el festival construye un discurso de desprestigio hacia el rock y sus diversas manifestaciones y prácticas que es asimilado y reproducido por la sociedad en turno.

A 50 años del Festival de Rock y ¿ruedas? de Avandaro redescubramos la música, escuchemos a quienes lo vivieron y construyamos una nueva historia acerca del mismo.

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