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Por Guillermo Castillo Ramírez

Rebelión, 7 de noviembre.-Los migrantes centroamericanos y la crisis humanitaria

Los millares de centroamericanos, principalmente hondureños, que en semanas pasadas ingresaron a México, son mucho más que una caravana. Son la viva imagen y la encarnación de la crisis humanitaria de miles de personas que, escapando de la aguda precariedad que viven en sus hogares y comunidades, huyeron en éxodo masivo. Son dos principalmente las causas de su salida: 1) la violencia estructural y constante (del crimen organizado, las pandillas y el Estado); 2) y la aguda y generalizada pobreza como condición permanente de vida. No se trata de criminales, como deliberada y alevosamente miente el presidente norteamericano. Por el contrario, son migrantes forzados, que tuvieron que salir para tener una existencia, no se diga ya digna, sino por lo menos vivible fuera de sus países.

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La migración, correlato de la exclusión y la violencia estructural

Honduras, El Salvador y Guatemala, de donde son la mayoría de los migrantes, son de los países más violentos del orbe (con elevadísimos índices de homicidios) y de los más pobres del continente. La violencia y la pobreza extrema, entre otras causas, han estado relacionados a la intromisión de Estados Unidos (EU) en la región en las últimas décadas. EU con sus políticas intervencionistas y de control regional, no sólo ha propiciado la acentuación y generalización de los procesos de desigualdad económica y exclusión en dichos países (con el consecuente correlato del crecimiento acelerado de la extrema pobreza), sino que también ha contribuido a desestabilizar la región, apoyando regímenes políticos autoritarios y golpes de estado, generan climas proclives a la violencia generalizada y constante.

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Un éxodo con historia

Estos migrantes han estado ahí por años. La migración centroamericana empezó desde el siglo pasado, pero desde por lo menos un lustro atrás, el promedio de centroamericanos que anualmente intentan transitar por México para llegar a EU es de centenas de miles. Huyen de la falta de trabajo y de los salarios de hambre, pero también de la violencia de ser extorsionados, agredidos y asesinados por las pandillas y los grupos del crimen organizado de la región. Escapan de sus países porque ahí sus vidas no son ni respetadas ni valoradas. Huyen de una tierra que, no sólo les niega la promesa de un futuro, sino que, día a día, les escamotea el presente y ni siquiera les garantiza la supervivencia. ¿En qué momento tratar de (sobre)vivir dejó de ser un derecho y se volvió un delito?

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Si quieres informarte más, visita: Regeneración

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