Por: Miguel Martín Felipe

Durante la segunda mitad del siglo XX, el mundo estuvo dividido por una pugna que básicamente se reducía a dos modos de producción antagónicos. Socialismo y capitalismo se acusaban mutuamente de suprimir las libertades individuales y cubrir esta supresión con un discurso hegemónico. La verdad de las cosas es que nosotros siempre hemos estado invadidos ideológicamente por una eterna reivindicación de la postura capitalista por medio del manejo de la información y de la industria cultural.

Cadenas como CNN y Fox, pero sobre todo Univisión en tiempos recientes, se han encargado de brindarnos una narrativa de tiranía y Estado fallido con respecto a una Cuba que inequívocamente sufre los estragos de una postura sumamente intransigente por parte de Estados Unidos, la cual, se basa en la absurda premisa de que, al no ser compatible el modo de producción y de gobierno imperantes en Cuba con el capitalismo “libertario” yanqui, nuestro voluntarioso vecino del norte impone a la isla un embargo económico que consiste en la aplicación de sanciones en contra de cualquier país que se atreva a comerciar con Cuba. El estado paupérrimo de la sociedad cubana se acentuó tras el desmembramiento de la Unión Soviética en 1991, que hasta entonces subvencionaba al único país de América que mantuvo un régimen de corte socialista sin interrupciones.

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He mencionado a Univisión, cadena que originalmente fue fundada como una extensión de Televisa, pero que en las últimas dos décadas ha ido recrudeciendo su discurso en contra de la Revolución Cubana, toda vez que el medio es un importante instrumento propagandístico del lobby de cubanos disidentes que anida en Miami. Una de sus puntas de lanza, a quien algunos califican de valiente y otros de formas menos halagüeñas es Jorge Ramos, el periodista mexicano que ha salido de problemas con Donald Trump y Nicolás Maduro, debido a su actitud altanera, con la cual pretende erigirse en “portavoz de la libertad”. Precisamente ese concepto de libertad es uno de los principales estandartes con los que un cierto sector de los medios estadounidenses difunde mensajes que estigmatizan a quienes disienten de la defensa perenne del individualismo y el mercantilismo que los medios hegemónicos estadounidenses se adjudican.

En México realmente no nos atañe la lucha “libertaria” de los yanquis, al grado de que los gobiernos priistas siempre mantuvieron relaciones diplomáticas cordiales con el régimen castrista. Las cosas cambiaron cuando, paradójicamente, en aras de ser parte del círculo selecto de los defensores de la libertad, Vicente Fox nos restó bastantes puntos en lo que a diplomacia se refiere cuando se sometió al capricho de George W. Bush en el penoso episodio del “comes y te vas”.

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Como consumidores irredentos de la industria cultural hollywoodense y reivindicadores del pensamiento individual, los detractores de AMLO han utilizado a Cuba y Venezuela para espantar con el petate del muerto a una población que afortunadamente les da la espalda en su enorme mayoría y confía en la política exterior de la denominada Cuarta Transformación, así como en el hermanamiento de los pueblos que nos propone.

Imaginemos qué hubiese pasado si, durante infames mandatos como los de Fox o Peña, en un hipotético país del llamado primer mundo, de cara a una próxima elección de presidente o primer ministro, hubiera contendido un candidato que tuviese fama de inepto y corrupto. Pensemos qué nos hubiese parecido si sus opositores utilizaran como parte de su discurso la aseveración: “cuidado con x candidato, porque nos puede convertir en México”.

Las redes sociales y una circulación mucho más orgánica de la información han propiciado que pierda cada vez más fuerza el discurso conservador que los medios hegemónicos jamás dejarán de verter. Por supuesto que se vale disentir, pero eso no faculta a nadie para mancillar la soberanía y la autodeterminación de otros pueblos. El presidente lo entiende y nosotros también.

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