Por Omar Delgado

RegeneraciónMx.- Pasó que, en algún momento, hace algunas décadas, te volviste intelectual.

Ya fuera que hayas escrito uno o muchos libros, que pintes y que te compren (increíblemente, en la mayoría de los casos) tu obra o simplemente que seas heredero de un capital cultural que te permite presentarte en los círculos de producción de discurso como parte del gremio. Al final, te inscribiste en esa categoría gelatinosa que es la de intelectual. Eso fue lo mejor que te pudo pasar, pues entraste a un mundo que te ha permitido, en estos años, vivir de manera decente gracias a tu red de contactos y a las chambitas y negocios que de cuando en cuando te caen, apapachado por las secretarías de estado y admirado por las multitudes (entran risas grabadas).

Por supuesto, por mucho tiempo, para mantener esa etiqueta debías de decir, o por lo menos, militar, en esa corriente política, aún más brumosa, llamada “Izquierda”. Por principio de cuentas, esta categoría parecía ya algo demodé hace treinta años, especialmente luego de la caída del muro de Berlín y de la Perestroika. De cualquier manera, vendía. Sólo tenías que recordar lo mal que trató la academia sueca a Jorge Luis Borges por andar de “nalgasdulces” con la dictadura latinoamericana como para convencerte de que era mejor fingir ser rojo, aunque sea rojo tono kool-aid.

Creíste que, para serlo, que la onda era apoyar revoluciones (que no fueran en este país, preferentemente), ir a peñas, aprenderte las canciones de Silvio de memoria, firmar manifiestos a favor de presos políticos, apoyar a movimientos nacionales (tal como los, ejem… Zapatistas) que, si bien, pecaban de radicales, eran demasiado inocuos en el fondo como para mover las estructuras del poder. Además, como intelectual de izquierda podías darte el lujo de departir con Saramago y cachondear al ritmo de Manú Chao con [email protected] [email protected] pro-zapatistas ansiosas de turismo erótico-político. Ser intelectual de izquierdas, además, era muy cómodo, pues aquí en México, la cosa era apoyar a proyectos políticos que no tenían demasiado futuro, como el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, que supo muy bien capitalizar el fracaso sistemático. Siempre se le puede sacar provecho a la indignación.

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Lo mejor de tu militancia de intelectual de izquierda sugar-free es que, a diferencia de otras épocas, en donde sí te paraban frente al paredón por andar con los rojos (pobre de García Lorca y otros ilusos que no conocieron las mieles de la dictadura perfecta), aquí sólo tenías que fingir un poco de rebeldía para gozar de los parabienes del ogro filantrópico. Sabías que, en el fondo, el gobierno era como una piñata a la que había que darle unos cuantos golpes para que soltara sus golosinas en forma de becas, fideicomisos, viajes, agregadurías culturales y demás dones pródigos. Eran buenos tiempos, maestro.

El único riesgo era que, algún día infausto, llegara al poder un proyecto político que trajera auténticas ideas de izquierda (entendida como redistribución de ingreso y no sólo como frases bonitas). Esa pesadilla se materializó en el 2018. Recuerdas ese triste despertar; te quedaste pasmado, maestro, no podías creerlo. Ya desde hace tiempo te hacía repelús esa ola de nacos que acompañaban al sureño ese al que el ingeniero Krauze y el doctor Aguilar Camón definían como un híbrido entre Chávez y Lucifer y que no escuchaba a voces racionales y mesuradas como la tuya. Muy al contrario, ese pelado se tomaba demasiado en serio eso del “primero los pobres” y eso, más alarmante, del “separar al poder económico del poder político”.

Tú, al principio, lo tomaste a broma. Después de todo, creciste con esos eslóganes de “renovación moral”, “Bienestar para la familia” o “Mi compromiso es con México” y sabías que, en el fondo, habían servido para lo mismo que se le unta al queso. Sin embargo, cuando te diste cuenta que las políticas públicas de este gobierno en verdad se iban a dirigir a los más pobres, sudaste frío. Sabías que, en el fondo, tú no lo eras, que por mucho que te quejaras en foros y redes sociales de tu miseria, el hecho de que para ganarte el pan no tengas que pegar tabiques o cultivar granos de café te sacaban de inmediato del sector favorecido por este gobierno populista. Peor aún, tú, que siempre fuiste de Izquierda, que cantaste trova hasta que se te acabó la garganta, que tienes tus posters del Che Guevara… ¡No te tocó ni una sola aviaduría en la Secretaría de Cultura! ¡Qué repinches faltas de solidaridad son esas, compañeros!

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Esa cuestión de la austeridá (así como lo dice aquel) de plano que no es negocio para tesoros nacionales como tú, que has tenido que hacer labores tan indignas como trabajar en correcciones de estilo o dar talleres de creación. ¡Tú, un cuasi premio Rómulo Gallegos! ¡A ti, que te publican en El País y te traducen al checo y al suajili! ¡Tú, que has tenido cinco veces en veinte años la beca del Sistema sin sudar! Por eso, maestro de maestros, renovador del lenguaje literario, adelantado de la plástica mundial, en estos tres infaustos años, te has dado cuenta dolorosamente, que no hay mejor negocio que ser intelectual de izquierdas en un gobierno de derechas.

Así, que no te de pena tu voto por el PAN ni tus acercamientos con Quadri y con Samuelito García. Todo sea por la democracia y por la alacena.

* Narrador, editor y ensayista mexicano. Licenciado en Creación Literaria por la UACM y Diplomado en Literatura Fantástica por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Autor de cuatro libros, obtuvo el VIII Premio Internacional de Narrativa Siglo XXI-UNAM-COLSIN 2010.