Por Miguel Martín Felipe

La consumación de la Revolución francesa en 1799 significó el triunfo de una ideología que fue adquiriendo prestigio histórico con el paso de los años: el liberalismo. Filosóficamente, el liberalismo está sostenido por el movimiento llamado la Ilustración, que básicamente buscaba dejar atrás el oscurantismo para dar prioridad a la razón, al pensamiento crítico y al método científico. Buscaba precisamente liberar al individuo de las instituciones que lastraban el avance de la razón y las libertades individuales, así como fortalecer al Estado democrático para poder ejercer un poder alejado de presiones oligárquicas o eclesiásticas. Por ello, el hito histórico de haber acabado con la monarquía y acotado a la iglesia, se considera al día de hoy el principal legado de la Revolución francesa y de los pensadores que delinearon el Liberalismo y la Ilustración.

Después de la Revolución francesa pasaron muchos eventos en Europa y América. Haciendo un poco de metaescritura, un solo artículo de opinión no sería suficiente para hacer un repaso de todos los acontecimientos históricos que nos llevaron al panorama actual.

Durante el último cuarto del siglo XX se afianzaría en Europa y Estados Unidos lo que se conoció como neoliberalismo, que debería ser una palabra tanto o más estigmatizada que el comunismo. El neoliberalismo parte de la idea de que el Estado adquirió con el paso del tiempo un poder excesivo que lastra el desarrollo del individuo y de la libre empresa. Ya se logra ver una defensa de estos últimos dos conceptos en detrimento de un Estado que sería el único que pensaría en la colectividad y el bien común. El pensamiento colectivo no logra pasar por el tamiz neoliberal y se le da preponderancia a una meritocracia que desconoce totalmente el conflicto social y estigmatiza a quienes tratan de visibilizarlo o paliarlo.

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Desde las universidades estadounidenses fue importada la idea de que había que reducir el Estado a lo mínimo de funciones, porque ahora se le consideraba una especie de constructo social obsoleto e inherentemente corrupto. En este panorama se envolvió a los empresarios de un halo de sabiduría e incorruptibilidad, y a través de la narrativa mediática prácticamente se les legitimó como los gobernantes de facto ideales. Este proceso se afianzó con la sistemática privatización de las empresas para que el Estado se quedara no solo con menores funciones, sino con mucho menor presupuesto que manejar.

Al tomar posesión, irrumpiendo en un contexto totalmente neoliberal y con la firme convicción de recuperar lo perdido, AMLO ha lanzado diversos proyectos y programas sociales que tienden a revertir el proceso neoliberal en la medida de lo posible. Tampoco va a recuperar los ferrocarriles o Telmex, pero la reciente propuesta de reforma energética tiene la vista puesta en el presente y en el futuro. Se basa en dos ejes de acción principales: reducir la participación de empresas privadas que en regímenes anteriores seguían un proceso que terminaría en dominar de facto la paraestatal; y procurar el convertir el litio en un bien nacional como lo hizo Cárdenas con el petróleo.

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Habrá lluvia de amparos y el caótico aviario de analistas conservadores se va a alborotar en sobremanera, pero sin duda se trata de acciones valientes y ruptoras que plasman lo que yo llamo la doctrina Obrador: “México para los mexicanos”, que llega tal vez in extremis, pero que es parte de un curso de seis años sobre soberanía y pensamiento colectivo. Hay que apreciarlo, tomar nota y recomponer el camino. Como cantaba Bob Dylan, “háganse a un lado si no están dispuestos a ayudar, porque los tiempos están cambiando”.

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