POR VÍCTOR BACA

Hace más de un cuarto de siglo, comencé a leer a Roberto Calasso, escritor –en toda la expresión de la palabra- italiano, a insinuación, la literatura se alimenta siempre de insinuaciones, de mi querido y terrible maestro –que con el tiempo nos hicimos amigos-, Julián Meza. Digo insinuaciones porque nunca me dijo como con otros autores que lo leyera, aunque fue en una charla con él con quien escuché su nombre, mientras platicaba por qué no moriría la novela y, nuestro extinto editor, entre nombres como Magris, Kundera, Hrabal, Penac o Barnes convivían con singular alegría.

Las bodas de Cadmo y Harmonía fue mi primer acercamiento a él y ahora, me entero por las redes sociales de su muerte. Triste noticia anunciada por un triste escritor, que aunque parece no entiende mucho de estas artes, su pasión por revelar sus conocimientos y vida -a través de las redes sociales-, lo confunde y, en efecto, manifiesta su inexplicable tristeza, acto semejante a que manifiesta cuando firma contra el Presidente, su antiguo sello de -supuesta izquierda- o su torpeza por sentirse liberal como muchos de sus amigos y establecer su error pasado, pues ahora no es beneficiado por programas gubernamentales, o publica con sus amigos, sus no menos tristes libros.

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Hace quince años, editaba el libro de ensayos de mi maestro, El carnaval de las letras (2005), y en él, no solo podemos descubrir lo que se leía sino profundizar en aquello que Julián apreciaba de la novela: la vida, no sus estereotipos o sus torpezas intelectuales y sabía que el complejo académico de clasificar todo, impedía ubicar a Calasso, ¿la razón? Era un verdadero escritor.

No solo eso sino era un exquisito editor, como en estos momentos pueden coincidir –costumbre de las esquelas luctuosas-, donde los adjetivos superlativos y elogiosos se multiplican, en ocasiones hasta el cansancio, sin embargo, esta vez considero que los más rebuscados serían insuficientes: la muerte del autor de 49 escalones, lo merece.

Su erudición queda establecida con sus obras, su amor y pasión por la defensa de sus propias lecturas es lo que forja el carácter del editor.

Recuerdo a Calasso de la mano de Julián Meza, porque de la misma manera que las charlas con mi maestro, con el escritor italiano conversaba a través de sus libros y éste lo hacía de tal manera que, más que un ensayista o narrador, era un terrible seductor de las obras más extrañas y hermosas de la gran literatura: asimismo, esto obligaba a pensar que Calasso nunca sería premio Nobel, la Academia “no premia talentos, descubre valores”, afirmaba el enorme Borges.

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Durante las últimas dos décadas el nombre de Calasso se popularizó entre los lectores nacionales, algunos incluso, no advirtieron que la Editorial Eunadi, dirigida por él, era causante de la magnífica editorial de origen mexicana y, ahora al parecer española, Sexto piso, comandada por Luis Alberto Banco, un joven emprendedor y buen editor y amigo, de alguna manera de Calasso.

La muerte de Calasso a los ochenta años, es una verdadera pérdida para las letras italianas, europeas e incluso mexicanas, La ruina de Kasch (1989), sobre Telleyrand y el poder, K. (2005), sobre Kafka, La marca del editor (2014) o La folie de Baudelaire (2011), entre otras de sus obras, se convertirán con el tiempo en referencia obligada, “Su Majestad, la novela”, como solía llamarla mi maestro, se encuentra viva y con mucho vigor, gracias a escritores como Roberto Calasso, que sin duda, puede descansar en paz.

Filósofo, escritor y académico, estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Es autor del poemario Lampos (Cuadrivio) y de la novela Tiempos Libres (Premio Letras Confinadas 2020). Dirigió por más de una década la revista de literatura Tierra prometida.